Ignacio Nova - 1/12/2008
SANTO DOMINGO.- El Banco Popular Dominicano, en la persona de su
presidente, el señor Manuel Alejandro Grullón, entregó a sus
relacionados comerciales el libro “Carnaval popular dominicano” de la
autoría de los apreciados Mariano Hernández y Dagoberto Tejeda,
fotógrafo y sociólogo, respectivamente, y se anuncia su presentación
pública para el próximo mes de febrero.
Es una publicación de 258 páginas, bellamente ilustrada con fotografías
de Mariano Hernández que exaltan su amor por la sorpresa, la
imaginación, el movimiento y el colorido de las imágenes carnavalescas.
El texto de Dagoberto Tejeda es un documento referencial, complementario
de la bibliografía existente sobre este tema motivador; redactado de
forma directa y llana; animado por el compromiso y el respeto a las
manifestaciones populares que ha caracterizado a este investigador y
promotor cultural a lo largo de su vida.
La vía de las máscaras
Claude Lévi-Strauss, de quien hablamos la semana pasada porque este
año celebra su centenario, dijo que el estudio de las máscaras —tan
presentes en todo carnaval— le planteaba “un problema que no conseguía
resolver” (“La vía de las máscaras”, Siglo XXI Editores, Primera edición
en español, 1981, pág. 16). Y que la factura de ciertas máscaras lo
torturaban “por su factura”: su estilo, su forma extraña... De modo que
su “justificación plástica” se le escapaba; es decir no podía
explicarlas desde el punto de vista euro céntrico, del desconocimiento
de las culturas que las produjeron.
Y aunque “profundamente escarbadas por el cincel del escultor y dotadas
de piezas añadidas, a despecho de aquellas partes salientes, [las
máscaras] ofrecían una apariencia maciza: hechas para ser llevadas
delante de la cara, sin que el revés, apenas cóncavo, se ajustase de
veras a esta”.
Por eso se preguntaba: “¿Por qué esta forma inhabitual y tan mal
adaptada a su función?” Finalmente comprendió que “ni más ni menos que
los mitos, las máscaras no se pueden interpretar en sí mismas y por sí
mismas, como objetos separados” de su sistema cultural y de su origen.
Lo mismo vale para explicar el carnaval.
Y es lo que hace en “Carnaval popular dominicano” Dagoberto Tejeda:
explicar la fenomenología carnavalesca como praxis social nacida de las
mezclas raciales y la creatividad; promotora de liberaciones y
subversión, como factor valioso de catársis del pueblo marginado. En el
libro Mariano Hernández nos entrega bellas y fascinantes imágenes del
carnaval dominicano dignas de un gran destino.
El origen del sentido liberador del carnaval Dagoberto lo explica así:
“De esta manera, la necesidad de una catarsis social de equilibrio
existencial se produjo a través del carnaval y de otras manifestaciones
carnavalescas como las mascaradas y las mojigangas, que tenían la virtud
de crear la magia episódica de la democratización y de la igualdad, en
el espacio de libertad que al mismo tiempo es contestatario y
subversivo, teniendo como escenario áreas públicas, las calles y las
Plazas de Armas”. ¡No puede ser mejor la síntesis de su criterio!
El carnaval, ¿acto subversivo?
Sin embargo, en vez de un carácter subversivo, que el autor acusa
como propio del hecho carnavalesco a lo largo de nuestra historia,
prefiero ver en estas manifestaciones una especie de ejercicio de la
“opinión pública” popular, un acto comunicacional-estético popular; el
ejercicio del criterio y de las convicciones individuales y colectivas a
través de praxis específicas: la estético, la lúdica y la festiva.
Es fácil argumentarlo gracias a las fotografías de Mariano Hernández. La
presencia satírica o laudatoria de mascaradas alusivas a gobernantes no
es, per sé, crítica sino divertimento; exhibición de habilidad o
celebración de atributos personales. La representación se corporiza en
un acto comunicacional de ejercicio igualitario, en lo que sí estamos de
acuerdo con Tejeda. El carnaval es ejercicio y fantasía de una igualdad
real, imaginaria o aspirada.
Este carácter es propio de todo carnaval en tanto sumatoria de comparsa
y mascaradas. En “Sueño de una noche de verano”, “Romeo y Julieta” y
“Hamlet” —por sólo apelar a algunos casos en los que Shakespeare trae
manifestaciones carnavalescas a la escena— los personajes asisten a un
encubrimiento que es revelación, que les permite obviar las normas
sociales, no en un acto subversivo sino en el espacio de tolerancia que
la sociedad ha creado para tales fines.
El espacio de la tolerancia es válvula de escape; permite que dos
jóvenes predestinados a la enemistad se acerquen e inicien una relación
amorosa que, aunque signada por lo trágico, liberará del odio a sus
familias.
En “Sueño de una noche de verano”, en otra festividad de mascarada y
convencionalismos que se apoya en lo que hoy denominaríamos psicológico
u onírico, Shakespeare libera de las normas sociales y morales a sus
personajes; los hace actuar, cubiertos por la fantasía, según lo que hoy
denominaríamos “pulsiones”, es decir sus necesidades psicológicas, lo
distintivo de sus caracteres.
En Hamlet es a través de la fiesta de disfraces que el príncipe
comprueba la culpabilidad del usurpador del trono, quien ha mancillado
la honra familiar al desposar a la reina.
Esta función liberadora del carnaval, su capacidad para revelar lo
verdadero, el alma oculta, la esencia de lo que se quiere ser, no opera
en el plano político o ideológico sino en el de la psicología colectiva
o la estético-lúdica (teatro, danza), porque es un fenómeno masivo que
se apoya en el reconocimiento de un espacio otorgado por la sociedad
para tal fin. Ese espacio y sus convencionalismos no son transgredidos
por la praxis carnavalesca ya que sus personajes y las acciones no
procuran sobrepasarlo. Contraria y fundamentalmente es un acto de
diversión, de aquí su atractivo para los jóvenes de todos los tiempos.
Acertadamente, Tejeda refiere el inicio de las fiestas carnavalescas
como resultado directo de la conquista española de la isla y, desde
allí, inicia una descriptiva evolutiva que fundamenta las raíces
híbridas del fenómeno, su mestizaje, para pasar a la “Criollización,
diversidad e identidad del carnaval dominicano” y a la creatividad que
lo caracteriza. Refiere que “Salvo el caso excepcional del carnaval
vegano, que ha ido en un proceso de homogenización que lo despoja de su
contenido subversivo, los personajes, los símbolos, las esencias de los
carnavales locales son las expresiones de las herencias culturales de la
diversidad creativa popular, en un proceso de criollización donde la
dominicanidad clandestina (sic!), negada e invisibilizada por el sistema
social, las élites y el poder tradicional, está presente”.
También habla de “negación de lo cotidiano”, de apertura de una
“estética comercial” en la que “prevalece «lo bello», «lo lindo»”; de
“secuestro de clase”.
PERSONAJES
Profesionalización, artesanía y carnaval El texto de Dagoberto es
educativo. Sin embargo contiene nostalgias y elementos indemostrables,
como podemos corroborar con las imágenes de Mariano Hernández. A nuestro
modo de ver, que lo bello prevalezca en el carnaval —lo que el autor del
texto entrecomilla— es positivo y aludiría dos realidades
incontrovertibles, propias del desarrollo experimentado por la sociedad
dominicana de 1900 a hoy: a) el acceso a la educación estética
consecuencia de la mejoría del nivel educacional y del consumo de
imágenes, muchas veces patrocinadas por el gobierno, los medios de
comunicación y las empresas (como este libro que comentamos); y b) la
participación de la clase media en el carnaval.
Junto a ello comprobamos que el carnaval se asume como espacio de la
praxis creativa popular: como hecho de arte popular concreto; como
sumatoria de las habilidades artesanales acopiadas por un colectivo en
un período histórico dado. Por lo que acontece en el país comprobamos
que el carnaval trasciende sus grupos sociales originarios y que a él se
suman, progresivamente, las clases medias.