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NARRATIVA
DOMINICANA |
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PEDRO PEIX
EN LA NARRATIVA LATINOAMERICANA
FERNANDO UREÑA RIB
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La escritura de Pedro Peix se inscribe (con las
dificultades y riesgos propios de cualquier clasificación) dentro de lo
que ha sido llamado la "nueva narrativa latinoamericana".
Sin embargo, la diversidad de influencias asimiladas, rumiadas y
regurgitadas en las páginas de Pedro Peix, si bien no son mínimas, son
cuidadosamente entretejidas y artesonadas en la estructura y el
desarrollo de sus obras, como si se tratara del delgado hilo de un
recuerdo, o de un sueño donde se mezclan lo plausible y lo inimaginable.
Las obras de Peix, generalmente relatos, poseen lo que podríamos
llamar dinámica del asombro. Esa dinámica que es la fuerza secreta tras
la narrativa de Pedro Peix, quien subyuga al lector con rebeldías,
sutilezas eróticas y los discretos encantos de un intelecto que inyecta
e insufla todo lo que toca con una sabia dosis de sensualidad y de
ironía.
Sensualidad asumida dentro de una cierta fatalidad
inexorable, al borde mismo de un precipicio de locura o de miedo, de
militares que aparecen de pronto en busca del guerrillero amante, en
iguales y superlativos grados, de su mujer y de su patria.
El fin trágico es con frecuencia un elemento de choque, donde el
verdadero protagonista es un destino subversivo que atrapa
irremisiblemente a los personajes y no les da respiro hasta que huyen o
mueren en una sociedad cruel e injusta. Lo que permanece en la obra de Peix es lo auténtico y rico de sus relatos que tratan con profundidad el
tema de las relaciones del hombre solitario en una sociedad moldeada al
gusto de unos cuantos.
FERNANDO UREÑA RIB
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EL FANTASMA
DE LA CALLE EL CONDE
Un lunes por la tarde vieron
a un hombre con armadura por la calle 'El Conde', con el yelmo cerrado,
arrastrando un pesado baúl y espada en mano, y luego lo sintieron subir
por las escaleras de un alto edificio y encerrarse de un sólo portazo en
su habitación.
Esa noche lo vieron con un traje de novia bajo el brazo, recorriendo la
calle de "Las Damas", tocando puertas y rompiendo cristales, hollando
paredes con su mazo de justas, excavando patios y cimientos, derrumbando
piedra por piedra cornisas y balcones en busca de la única mujer que lo
había amado y que lo había esperado durante 500 años para casarse.
Ya sonámbulo, lo vieron en la madrugada deambulando por el patio de la
Fortaleza y subir a la Torre y hurgar en cada celda con una vela
temblorosa en la mano y una espada gris en la otra, estocando la noche.
El martes, ya bien entrada la mañana, casi todo el mundo lo vio
atravesar el Parque y lanzar improperios frente a la estatua del
Almirante Cristóbal Colón, y luego lo oyeron mascullar una blasfemia
innombrable cuando contempló su mausoleo en la Catedral.
Atravesaba las calles a grandes zancadas, con una serenidad temeraria,
impertérrito a las bocinas de los carros, sordo a los pregones de los
venduteros de dólares y de los predicadores bíblicos, desdeñoso de los
letreros foráneos y las siglas impersonales que aparecían en las
fachadas, completamente ajeno a la multitud que lo seguía a cierta
distancia y ahora a lo largo de todo el malecón, oyéndolo despotricar
contra los hoteles, los turistas, los carteles políticos y contra las
mujeres sin pundonor que encontraba a su paso.
Así, arrojando imprecaciones y esputos, llegó al Castillo de San
Jerónimo, y al encontrar solamente sus escombros, empezó a golpear las
piedras mohosas con su guantelete, encolerizado al comprobar que otro
imperio había tomado la ciudad.
Entonces, desquiciado y fúrico, viendo en lontananza galeones con
enseñas desconocidas, y desconsolado porque jamás volvería a encontrar a
su novia, invocó el nombre de una morgana hambreada para que le
consiguiera un corcel y nuevas armas de honores y torneos.
Sólo tuvo que esperar segundos para verse montado en potro de caballero,
y lanza en ristre arremeter contra los altos y desnudos postes de
concreto armado que servían de tendido al alumbrado eléctrico,
vociferando obcecadamente que esos eran los enemigos de la ciudad.
Después de lancear cuatro o cinco columnas, se derrumbó con un estruendo
metálico y polvoriento, cayendo de bruces al asfalto con todo y rocín.
Inmediatamente lo rodearon, le quitaron el yelmo y la armadura, pero no
encontraron su cuerpo.
No lo pensaron dos veces para ir a su habitación de la calle "El Conde
#15". Forzaron la puerta de su domicilio aparente, y vieron sobre una
mesa de caoba sus borrosas credenciales: Generoso Balmoral,
contrabandista de rocíos en tierras de ultramar. Al lado de varios
planos y cartografías, encontraron y leyeron las cartas de amor que se
había intercambiado con su novia a lo largo de cinco siglos. En la
primera, fechada en 1498, ella le exponía la codicia y los desafueros de
los colonizadores, y en la última, fechada en 1987, le confiaba el acoso
sórdido que seguía manteniéndole el imbatible Caballero de La Moneda.
Fue debajo de la mesa que encontraron el pesado baúl. Sólo después de
una hora, arrancando cadenas y desportillando cerrojos, lograron
levantar la tapa y hallaron en el fondo, una isla recién cortada y de
engendrada pureza, fragante de silbos. Pensaron que ese era el regalo
nupcial que traía el hombre de la armadura. Pero, decepcionado al no
encontrar vellocinos ni joyas ni talegos, decidieron arrojar el baúl al
mar.
De repente, antes de dar media vuelta, escucharon la voz de la novia que
parecía venir de su osario de musgo: "Ahora estoy cubierta por los
despojos de una estirpe indeseable, sepultada por los héroes de la
usura, conjurada en mis idilios por los cofres negros del poder,
tiranizada en mis sueños por haber trasegado a mi pecho la púrpura
armada de aquella foresta aladina que no pudo pulir sus venablos, aún
embebida de la dote de mis banderas y corales, ya baldada de tantas
gestas, desahuciada en mis limos profundos".
Nadie volvió a ver jamás al hombre de la armadura. Pero todos
comprendieron que ella, su novia, era la ciudad.
PEDRO PEIX
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PEDRO PEIX
Nació en Santo
Domingo el 20 de marzo de 1952. Narrador, ensayista y abogado. Hijo de
Pedro Fernández Peix y María Isabel Pellerano. Licen-ciado en Derecho
por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (1976). En 1982 se
desempeñó como director inter-ino de la Biblioteca Na-cional y,
posteriormente, como sub-director de cultura de la Secretaría de Estado
de Educación. Fue columnis-ta del periódico Listín Diario. Ha re-cibido
varios galardones en el con-curso de cuentos de Casa de Teatro, entre
ellos: segundo lugar con “La despedida” (1977), mención de ho-nor con
“Responso para un cadáver sin flores” (1978), segundo lugar con “Los
hitos” (1979) y el primer lugar con “La quimera de la muerte” en 1992.
También obtuvo el Premio Na-cional de Cuentos en 1977, con el li-bro
Las locas de la Plaza de los al-mendros.
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BIBLIOGRAFIA ACTIVA
CUENTO.
Las locas de la Plaza de los Almendros.
Santo Domingo: Edi-tora Profesional, 1978. Pormenores de una
servidumbre. Santo Domingo: s. n., 1985.
NOVELA.
El placer está en el último piso. Santo
Domingo: Editora Cultural Dominicana, 1974. La noche de los buzones
blancos. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1980. Los despojos del
cóndor. Santo Domingo: Editora Taller, 1985. El brigadier o la fábula
del lobo y el sargento. Santo Domingo: s. n., 1981. El parnaso de la
memoria. Santo Domingo: Editorial CENAPEC, 1985.
ANTOLOGÍA.
La narrativa yugulada. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1981, El
síndrome de Penélope en la poesía dominicana. Santo Domingo: Editorial
Santo Domingo, 1986. [En colaboración con Tony Raful] |
| OTROS NARRADORES DOMINICANOS |
Emilio Cordero Michel, Bonaparte Gautreaux Piñeiro,
Juan José Ayuso, José Antinoe Fiallo Billini, Guaroa Ubiñas Renville,
Rafael Chaljub, Blas R. Jiménez, Orlando Objío, Juany Uribe de Báez,
Cecilio Díaz, Lipe Collado, Celedonio Jiménez Santos, Jesús Tellería
Castillo, Juan Francisco Martínez, Hugo Cedeño, Marisela Durán Pérez,
Manuel Pozo, Miguel Reyes Santana, Ariosto Rojas, Jorge Santana
Castillo, Francisco Guzmán Fernández, Julio César Vargas Ruiz,
Bienvenido Silfa Cabrera, César D. Santana, Juan López, Angel
Encarnación, Angela Carrasco, Freddy Aguasvivas, Víctor Víctor, María
Aybar, Roberto Rodríguez Marchena, Manuel García Cartagena, Pedro
Camilo, Rarfael García Romero, Pavel Núñez, Taty Hernández Durán,
Radhamés Reyes Vásquez, Arturo Victoriano, Marino Beriguete, Jesús Sosa,
Natacha Sánchez, Carmen Miranda, Pengsien Rafael Sang, Amauri Germán
Uribe Miranda, Gilda Pérez de Franco, Elka Schéker Mendoza, Aleyda
Núñez, Sergio Ramírez, Edgar Omar Ramírez Ruiz, José Bobadilla, Ramón
Marte, José Aracena, Modesto Encarnación. Franklin Gutiérrez, Norberto
James Rawlings, Néstor E. Rodríguez, José Acosta, Dagoberto López, Ruth
Elisabeth Espínola, Carlos Sánchez, César Sánchez Beras, Juan Matos,
Rafael Jacobo, José Figuereo, Pedro Cabiya, Pastor de la Rosa, Edgar
Omar Ramírez, Emilio Paulino Valdez, Juan Stanley Rondón, Miguel de Mena,
Zeneida Hernández.
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FÁBULAS URBANAS |
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