No
se puede mirar a las pinturas de
Ada
Balcácer con indiferencia. Resplandecen. Algo en ellas le
hala, le succiona y es preciso acercarse, tocarlas, meter la
nariz en la urdimbre de hechizos con los que ella conjura
maleficios y aleja malos espíritus. Desde detrás del lienzo
aparecen promontorios, hondonadas, rasgaduras, intaglios.
Usted advierte que hay algo de ritual en sus gestos
pictóricos.
No
es posible el letargo. Alerta, usted hurga esas texturas y
descubre que hay una sucesión de capas delgadas de color que
se superponen y atrapan la luz desde distintos ángulos. Son
redes que le atrapan en una especie de embrujo. ¿Cómo es
posible que el color se transforme ante sus mismos ojos? El
secreto es la luz. O más bien, la magia de la luz. Ella domina
el tema que estudia desde sus días tempranos, desde esa
adolescencia tumultuosa y lejana que le acechaba en las
riveras del Sur. Es la luz, que enceguece y cautiva, que
cambia y se transforma sin dejar de ser ella misma.
Ella
desintegra el color en partículas que se subdividen o en
trazos adyacentes y contrapuestos que van formando una
intrincada madeja, un haz luminoso.
Es
verdad que ya se fue de la isla, se fue de entre nosotros esa
hada luminosa que conjuraba maleficios.
Ada
Balcácer vive ahora en South Beach, en la Florida, rodeada
por los bártulos de su taller. Allí
Ada no
cesa de descubrir, de inventar, de arar sus lienzos y
sembrarlos como si fueran surcos. Todo lo que ella siembra
busca la luz, como semillas ávidas, urgidas. Siempre buscando
en su obra esa luz apasionada e intensa que es capaz de
conjurar maleficios y ahuyentar malos espíritus.
Así,
resuelta y eficaz, la pintura de
Ada
Balcácer resplandece, aún desde lejos. porque ella se adueña
de sus espacios y los reconstruye milímetro por milímetro y
sin embargo, no parece su obra el producto de una
racionalización de ese espacio sino la espontánea y creativa
aventura de la forma misma, de trazos, sombras y gestos
sugieren.
Hablamos pues de la pintura
de una mujer que ha sabido luchar y sobreponerse a la
adversidad, a la cotidianeidad y a la indiferencia mediocre
del medio circundante y así, afincada sobre una torpe
estructura de rituales burocráticos, ella se yergue altiva y
eleva sus banderas (Porque cada pintura de Ada Balcácer es
como una bandera, como un estandarte) y señala el camino que
han de seguir las nuevas generaciones del arte
latinoamericano.