Rita Indiana Hernández y la
novísima narrativa dominicana
Néstor E. Rodríguez
University of Toronto
Aunque parezca un flagrante anacronismo,
la narrativa de la nación que dominó el
contexto inmediatamente posterior al
surgimiento de la República Dominicana
en 1844 ha permanecido prácticamente
inalterada como matriz retórica
fundamental hasta el presente, si bien
en diversos momentos históricos su
manifestación exhibe matices
particulares. Me refiero a la idea de lo
nacional elaborada por la
intelectualidad decimonónica, preocupada
sobre todo por teorizar la nación desde
una perspectiva hispanocéntrica que
obvia otros elementos importantes de la
cultura dominicana. Se puede argüir que
la violencia simbólica inherente a esa
matriz discursiva ha provocado una
especie de colonización interna en el
imaginario social, lo cual hace del
contexto dominicano un espacio idóneo
para el análisis de orientación
poscolonial. Por ser en la época de la
dictadura de Trujillo (1930-1961) que
este saber adquirió su formulación más
acabada, en adelante me referiré al
mismo como la “ciudad trujillista”.
Frente a semejante estado de cosas, la
literatura dominicana de los años
ochenta hasta el presente, especialmente
la narrativa, evidencia un asedio
frontal a los vestigios de ese saber
uniformador. La estrategia de
Chochueca (2000), de Rita Indiana
Hernández, forma parte de esta corriente
que ha procurado complicar las variables
epistémicas que sostienen la ciudad
trujillista en la actualidad. En la
poética literaria de Hernández, al igual
que en la de sus pares en Puerto Rico
(Pedro Cabiya, Juan Carlos Quiñones),
Cuba (Antonio José Ponte, Jorge Ángel
Pérez) y República Dominicana (Aurora
Arias, Rey Andújar), es posible
identificar una semiosis específicamente
urbana.En efecto, al tematizar el
espacio urbano y las complicadas redes
socioculturales que lo caracterizan, la
narrativa de Hernández aprovecha la
metáfora de la ciudad como laboratorio
en el cual se juega con la posibilidad
de una utopía política, una utopía
representada en la ciudad como espacio
englobador de posiciones de sujeto
diversas. En este sentido, la narrativa
de Hernández parecería proponer una
contundente redefinición del sujeto
dominicano que apunta por igual a la
conformación de un nuevo texto histórico
para el Santo Domingo de hoy.
Hernández pertenece al grupo de
narradores que empieza a publicar en la
década del 90. Sin embargo, en la
República Dominicana su obra no ha
disfrutado de la atención de la crítica
especializada académica ni periodística.
No resulta difícil relacionar el
silencio de la crítica insular sobre la
producción de Hernández al hecho de que
su obra ejemplifica, acaso más
puntualmente que otros textos de la
literatura dominicana reciente, el
impulso hacia una cartografía subversiva
de la identidad dominicana.
En
La estrategia de Chochueca, la
ciudad de Santo Domingo se convierte en
protagonista de lo narrado: la ciudad
funciona simultáneamente como referente
y eje vertebrador para los sujetos que
la habitan y que se articulan como tal
en esa íntima relación de
interdependencia con el espacio urbano
del Santo Domingo de fin de milenio.
El
personaje de Silvia domina la narración
de principio a fin. El acto
aparentemente trivial de la entrega de
unas bocinas robadas de un concierto
pone en evidencia la existencia de un
Santo Domingo subterráneo y marginal
habitado por identidades subalternas.
Estos sujetos de la diferencia--la
juventud dominicana de los años noventa
de diversos estratos sociales--pugnan
por afincar en el imaginario urbano a la
vez que escapan con narcóticos, orgías,
alcohol, música y misantropía de esa
cotidianidad social que no los apercibe:
[…]
siempre acababan echándonos de todos
lados, no es que fuéramos tan necios,
era algo en la forma de sonreír, como si
con nosotros y nuestro entrar en los
baños de tres en tres, nuestro besarnos
en la boca hombres y mujeres, nuestro
reír con la boca llena, salpicáramos a
los que nos miraban con una sustancia
insoportable […]. (16)
A
pesar de la aparente liviandad de sus
impresiones, la narradora demuestra un
obsesivo afán sociológico. Cada una de
sus andanzas por la ciudad capital viene
aparejada por algún tipo de reflexión
sobre la realidad urbana circundante y
los sujetos que la integran. En
ocasiones este gesto implica una postura
de cinismo frente a lo histórico,
mediante la cual se convoca el pasado no
para reconstruirlo a través de un
proceso exegético, sino para parodiar y
a la vez degradar el peso de ese
discurso matriz de la nación que lo
sustenta como monumento. La siguiente
cita es ilustrativa de esta tendencia en
el proyecto estético de Hernández:
El
local empezaba a llenarse de gente como
a la una, chamaquitos hermosos, todavía
sin barba, bailoteando en esta gelatina
absurda que nos han dejado nuestros
padres, después de tanto que queremos,
tanto we want the world and we want
it, tanta carcajada histórica,
tanto Marx y compañero para esto, esta
brincadera de pequeñas bestias sin idea,
este mac universo en el que o te tumbas
a contemplar burbujas en el
screensaver o te tumbas […]. (73)
La
narradora pasa juicio a la generación
precedente, que en su opinión debía
haber propiciado el cambio democrático y
así evitar la “gelatina absurda” del
presente histórico. Ahora bien, este
gesto de nostalgia hacia las utopías
políticas que no llegaron a cuajar en la
realidad dominicana de la postdictadura
viene acompañado en la imaginación de la
narradora de una actitud celebratoria de
la pérdida de la historicidad en el
imaginario de la juventud dominicana.
Este curioso contrapunteo entre la
añoranza típicamente moderna de la
memoria histórica y el carácter lábil,
escurridizo, de la historia como archivo
en la estética posmoderna se convierte
en el rasgo predominante de La
estrategia. Incluso se podría
interpretar el alcance de esa estética
en la factura de la novela como una
tentativa de plasmación de la
posmodernidad en la literatura, tomando
como marco la realidad socio-cultural
urbana del Santo Domingo de actual. Esta
hipótesis de trabajo obliga a vincular
la novela de Hernández a la más reciente
narrativa española e hispanoamericana.
Me refiero a textos como Mala onda
(1991) de Alberto Fuguet, Esperanto
(1999) de Rodrigo Fresán, y Tokio ya
no nos quiere (1998) de Ray Loriga,
en los cuales la historia se ve tamizada
por sistemas simbólicos de carácter
aleatorio que la emplean a su antojo
como un elemento más dentro de un
continuo de posibilidades estéticas.
En
La estrategia la historia dista
mucho de ser el elemento aglutinante
fundamental en la configuración del
ideal patrio que está supuesto a ser
asimilado por los individuos como un
principio irrefutable. Por el contrario,
el pasado monumental constituye, junto a
la jerga de la subcultura de la juventud
dominicana y los productos de la cultura
massmediática, uno de los elementos que
participan en el proceso cognitivo de la
narradora por la geografía urbana.
Tanto Silvia como las demás figuras que
pueblan el texto constituyen
subjetividades nómadas que acentúan la
prevalencia de lo híbrido y lo
fragmentario en sus esquemas vitales.
Puede que en ese modo de representar los
personajes radique el mayor acierto
crítico de La estrategia.
Ciertamente, la preeminencia de la
discursividad social, el lenguaje
callejero y la parodia de los íconos
culturales en esta novela evidencian la
presencia de nuevas figuraciones de los
sujetos surgidos en el proceso histórico
dominicano actual. Se trata, ante todo,
de una literatura abiertamente
subversiva que se resiste a la nulidad
al conferir presencia a subjetividades
históricas ignoradas por el imaginario
social. Un revelador ejemplo en este
sentido surge en el momento en que la
narradora describe el encuentro fortuito
de un grupo de turistas y un vendedor de
artesanías haitiano en Santo Domingo:
Luego el haitiano en la calle que viene
a ofrecerles una estatuica de madera,
que mejor comprársela que aguantar esa
mirada de niño que odia y que le llena a
uno como de miedos el pecho, no porque
un vecino me dijera que los haitianos se
comían a los niños, pues eso lo superé
después de que los vi construir la mitad
de la ciudad con sus brazos. (17)
Silvia, en tanto paseante urbana que
rastrea los signos del entorno físico
que la engloba, no parece comprender en
su aparentemente liviano deambular las
implicaciones de irreverenciade sus
desplazamientos por la ciudad: “La sola
acción de andar ofrece posibilidades
inevitables; se camina sin pensar que se
camina, más bien tintineamos las caderas
acompasando las piernas a la cadencia
autómata” (10). Lo cierto es que ese
acto casi reflejo del caminar por la
ciudad “transforma,” como señala Michel
de Certeau, “en otra cosa cada
significante espacial” (110). La
precisión de de Certeau, surgida de su
certeza en la textura “discursiva” de
los desplazamientos individuales por la
ciudad, viene a cuento con la lectura de
La estrategia como
contranarrativa de la nación dominicana.
Para
de Certeau el “andar” implica, ante
todo, un “espacio de enunciación” (110).
El paseante articula un texto propio y
siempre cambiante sobre la superficie
física de la ciudad; por medio de ese
desplazamiento que no cesa, el sujeto
que atraviesa la topografía urbana
afinca involuntariamente su persona
discursiva. El personaje de Silvia, al
igual que los demás personajes de la
novela de Hernández, activa este proceso
por medio del cual el paseante inscribe
las señas de su identidad en el texto
abierto de la urbe, en este caso una
ciudad atravesada por los ecos
autoritarios del pasado y el nuevo orden
llamado a superarlo. Esta coyuntura
histórica se representa en La
estrategia de diversas maneras. Una
de ellas es la descripción de la ciudad
de Santo Domingo como un “laberinto de
pelusas” (18), en donde las
connotaciones de exceso y suciedad
apuntan claramente a un proceso de
purgación inconcluso. Otro modo en que
se dramatiza la tensión simbólica entre
estas ciudades antagónicas que conforman
la realidad dominicana de fin de milenio
es la representación de Santo Domingo
como un organismo cuya perfección es
cotidianamente deshecha por los
desplazamientos individuales:
Se
sigue caminando hasta que todo vuelve a
partirse en pedacitos inconexos, como
siempre, es lo normal… la ciudad debería
quemarse pero no lo hace, bullendo,
silbando con una cosa de gato, de horno
medieval, mantiene su sábana de locos y
orangutanes, de corbatas mal amarradas y
travestis que se comen un mango
agarrándose las tetas, la ciudad
quemándose ciega, partiéndose en
pedacitos, deshaciendo su perfección
intolerable. (53)
La
agencia histórica conferida en la novela
al personaje de Silvia como paseante
urbana que mina con su paso la forzada
firmeza de la ciudad pone de relieve lo
que Fredric Jameson denomina en su
análisis del momento posmoderno la
“estética de la cartografía
cognitiva” (69). Con esto se
refiere, entre otras cuestiones, al modo
en que el sujeto se representa su
situación en el espacio tanto físico
como simbólico de la ciudad. En este
sentido, un “mapa cognitivo” dentro de
la cotidianidad urbana sería uno en “que
el sujeto individual, sometido a esa
totalidad mayor e irrepresentable que es
el conjunto de las estructuras sociales
como un todo, pueda representarse su
situación” (Jameson 70). Los personajes
de La estrategia simbolizan esa
forma de resistencia reservada al
individuo en la esfera de lo
micropolítico. En sus andares por la
topografía de la capital dominicana es
posible identificar un claro desfase
entre el paradigma de identidad cultural
surgido de la ciudad trujillista --ese
que sigue vigente como santo y seña de
la cultura política dominicana--, y una
ciudad distinta, marcada por el
entrecruzamiento de conductas, discursos
y niveles de comunicación heterogéneos.
Ciertamente, en la práctica de escritura
de Hernández, como en buena parte de la
imaginación literaria insular y
diaspórica, la correspondencia tensa
entre esas dos ideas de ciudad trae
aparejado el cuestionamiento de los
mores y la ética institucional de esa
cultura unificadora que ha definido
históricamente el ethos nacional
dominicano.
Obras citadas:
De
Certeau, Michel. La invención de lo
cotidiano I: artes de hacer. Trad.
Alejandro Pescador. México: Universidad
Iberoamericana, 1996.
Hernández, Rita Indiana. La
estrategia de Chochueca. Santo
Domingo, Rep. Dominicana: Riann, 2000.
Jameson, Fredric. Teoría de la
postmodernidad. Trad. César
Montolío y Ramón del Castillo.
Barcelona: Trotta, 1996.
CORTESÍA DE CIELONARANJA.COM