LITERATURA HISPANOAMERICANA

 

MARÍA ZAMBRANO

Y LA TRADICIÓN

CHANTAL MAILLARD

 

 

 

Abstracciones de Fernando Urena Rib

 

 

 

 

Puede decirse que María Zambrano, como discípula que fue de Ortega y Gasset, y también de Zubiri y de García Morente en los años 1924-1927, es hija de su época y en absoluto ajena a las inclinaciones del momento (la filosofía existencial, fenomenológica y vitalista). Sin embargo, fue otro tipo de corrientes las que acapararon su atención, fundamentalmente, las que derivan de los griegos, de Plotino y Espinoza, de pensadores cristianos como Agustín de Hipona, y de autores que pertenecen al ámbito de la psicología, de la mística y de la antropología de la religión.

Con respecto a la psicología, es deudora, sobre todo, del psicoanálisis de Jung, del que quiso ser discípula y al que le debe en gran medida el armazón de su fenomenología de los sueños y su arquitectura de la persona. En cuanto a la mística, la lectura pausada de autores como Juan de la Cruz o Miguel de Molinos la marcaron fuertemente. Pero fue, no obstante, otra vía, aquella que la encaminaría hacia una crítica del ser en el ámbito de una antropología religiosa, la que le proporcionaron los exégetas de la llamada philosophia perennis como Massignon, H. Corbin, M. Eliade o R. Guénon (a pesar de la antipatía que éste profesaba hacia Jung), entre otros.

¿Podría considerarse a Zambrano como una autora «tradicional»? Y si así fuese ¿en qué medida? Para responder a esto, habría que tener en cuenta dos cosas. La primera: las características de la denominada «filosofía perenne» a la que Huxley definió como un tipo de pensamiento -y de proceso- a la vez metafísico, psicológico y ético: metafísico por su reconocimiento de una «realidad divina» en las cosas; psicológico, por su descubrimiento de una «realidad divina» en el alma humana; y ético porque se dirige al conocimiento del fundamento de todo ser. Lo segundo, el método. Según las tradiciones, esta «realidad divina» requiere, para ser aprehendida, de un método. Un método que pudiese no sólo despertar la latencia de lo sagrado en el fondo de lo humano sino también expresarlo. Zambrano trató, igualmente, de hallar un método mediante el que la palabra manifestara el logos escondido a la vez que procediese a la construcción de la persona. Un método constructivo y musical, un medio de construir por la palabra.

Considerar a Zambrano como autora «tradicional», sin embargo, debe hacerse con mucha precaución. No hay constancia de que ella siguiese algún tipo de práctica especial, aunque sí la hay de que se consideraba profundamente -entiéndase: en su sentido original- cristiana. No cabe duda de que hubiese estado plenamente de acuerdo con los principios teóricos de la filosofía tradicional, siempre y cuando la «realidad divina» de la que se hablase fuese entendida como «principio que hace ser en unidad». Pero, a diferencia de los autores de la «tradición», excepto en sus textos más poéticos, Zambrano siguió fiel a la razón indagadora que la filosofía occidental heredó de los griegos. Su camino consistía en caminar con la conciencia despierta, atenta al sonido de sus pasos. Y su caminar era escritura.

No todos los caminos tienen por qué recorrerse sobre huellas consagradas; muy al contrario. Como ella bien dijo, hay caminos que son sendas que se abren en el bosque y que se vuelven a cerrar apenas hemos pasado. Estas sendas casi siempre llevan a ninguna parte, se pierden en el bosque. Pero, a veces, desembocan en algún claro; entonces, ahí, la persona puede ser testigo del juego de la luz en el ámbito de la visibilidad. Ver, y luego describir la visión. Ser testigo. La filosofía que ella buscaba era, ante todo, un testimonio, el de ese andar titubeante, el de quien, perdido en el bosque, silba, como el filósofo, para alejar el miedo de saberse solo o canta, como el poeta, para hacerse la ilusión de estar acompañado. María Zambrano anduvo un camino personal; no puede decirse que ella lo inaugurara, pero sí que lo quiso convertir en método y proponerlo como tal, quiso describirlo mientras lo recorría. Ese camino es el de la razón-poética; su forma: la metáfora; su posibilidad: la disposición del espíritu; su materia prima: los símbolos. Y en esto último sí que se mueve Zambrano en terreno tradicional.

Los autores señalados, incluido Jung, dirían que si los símbolos nos abren alguna perspectiva es porque ellos conforman, a modo de arquetipos, una parte ancestral de nuestro ser y que, más que descubrirlos, los reconocemos, como por anámnesis reconoceríamos las Ideas, según Platón. Sólo que como Imágenes, no como conceptos. Su utilización no sería coincidencia nunca, sino recuperación; volveríamos a trazar una y otra vez, en diferentes épocas, mapas marcados con los mismos nombres y las mismas figuras y, al andar con el mapa en la mano, se nos presentarían los mismos obstáculos y obtendríamos los mismos resultados que aquellos que otros ya habían relatado. Y no es que exista de por sí esta geografía «mágica» o «sagrada» independiente de nosotros -hay quienes así lo creen- sino que son, digamos, señales del trabajo de la imaginación creadora. Una Imagen es un instrumento de conocimiento personal, un instrumento de trabajo interior, por ello es un error, demasiado frecuente por cierto, convertirla en «verdad» o darle un cuerpo concreto. Una Imagen debe quedar disponible, siempre, para su descubrimiento.

Henri Corbin, en su Historia de la filosofía islámica, señala la importancia del relato simbólico para la realización espiritual y la diferencia entre símbolo y alegoría, siendo producto, esta última, de la degradación de lo imaginativo en imaginario (ficticio). El valor de síntesis de la imaginación ha sido objeto de muchos y diferentes indagaciones, tanto en las vías prácticas de la espiritualidad tradicional (el sufismo de Ibn Arabi, la filosofía de la luz de Sohravardî, las escuelas tántricas del budismo tibetano o las técnicas de visualización del yoga) como en las divagaciones especulativas y críticas como las del psicoanálisis junguiano o la poética del ensueño de Bachelard. Ya se utilice como guía en la evolución mística o como instrumento de conocimiento personal, la imaginación activa se presenta como mundo intermedio entre lo sensible y lo inteligible, capaz, según Ibn Arabi, Dufrenne (Fenomenología de la experiencia estética, II) o Merleau-Ponty (Lo visible y lo invisible), entre tantos otros, de espiritualizar el cuerpo y corporeizar el espíritu.

Este valor de síntesis de la imaginación corre a la par con su valor noético. Al configurar sus propios símbolos, dice Corbin, el autor de este tipo de escritura le da sentido a «los acontecimientos de su alma» y redescubre entonces, en otro plano, el drama de su historia personal. Y no otra cosa es lo que pretende hacer María Zambrano. Su relación con la «filosofía perenne» sería, por tanto, doble: por un lado, su pronunciada simpatía por pensadores órficos y neoplatónicos, cuyos trabajos llegaron a formar parte de los cimientos metafísicos del Occidente y, por otro lado, la utilización metafórica de muchos de los grandes símbolos tradicionales.

Claros del bosque y De la aurora son el mejor ejemplo que pueda aportarse a este respecto. Cualquiera de sus páginas presenta una delicada exégesis, apenas pretendida, fluida y hermosa en su realización, de algunos de estos símbolos: el centro, el corazón, la fuente, el verbo, la palabra perdida, el despertar, el velo, la aurora, la caverna o el laberinto, y sobre todo, el ser, concepto, éste, cuya afirmación como centro sutil de la persona distanciaría a la alumna de su maestro Ortega. En efecto, el ser, para Ortega, no era ninguna entidad de por sí, sino una invención con la que el hombre pretende adueñarse de la realidad que como tal se le impone. La realidad, según Ortega la entiende, sería anterior al ser y anterior a cualquier concepto que pudiera tenerse de ella. El concepto «ser» surgió, según Ortega, cuando los griegos dejaron de creer en los dioses. Zambrano, en cambio, le devuelve a la noción de ser su carácter esencial y oculto, su disposición mistérica, no sin reconocer, sin embargo, su papel en el reto histórico de lo humano. El ser es centro germinal, pero ha de hacerse proyectándose en la acción: existiendo.

No sería correcto darle mayor importancia a las influencias exteriores que recibió Zambrano con mucha posterioridad a su formación inicial. Ortega no solamente le imprimió a su espíritu el sello de autenticidad del filósofo en el ejercicio discursivo, sino que también dotó su pensamiento de un horizonte y un paisaje, de un contenido. No son pocas las nociones y los temas que ella asimiló del maestro. La crítica al racionalismo (la «razón vital» es el punto de partida indudable, aunque refutado, de su «razón poética»), la incorporación al pensar de la vida como realidad que se impone y el perspectivismo son algunos de ellos. Cuando Zambrano insiste en la reforma del entendimiento, prácticamente reproduce el modelo propuesto por Ortega, pero no por ello dejó de considerar que él había errado el camino.

Con la «razón vital», Ortega quiso superar, aunándolos, el racionalismo y el vitalismo. A partir de la evidencia de que el hombre no puede considerarse independiente de sus circunstancias y de que la vida es la única realidad radical, la razón había de dejar de construir en el aire. Entendía que la razón forma parte de la vida por cuanto que vivir, para el ser humano, implica el acto de dotar de sentido su existencia. Pero Ortega no supo, o no quiso introducir el elemento de ruptura que hubiese marcado definitivamente el giro que elaboraba su pensamiento y, muy probablemente, aquél no era su cometido.

La dinamicidad de la vida, su multiplicidad había de reflejarse en un discurso que, sin merma de la racionalidad, atendiese al sentir en todas sus dimensiones y que, para ello, fuese capaz de adueñarse de los elementos propios de la poética en su sentido primigenio: la poiesis, el arte de la construcción mediante la intuición de las relaciones simbólicas y la visión del orden adecuado, razón e intuición unidos. Y, para ello, había de recuperar la impronta de la filosofía tradicional, metafísica, sin duda, y poética a un tiempo. Sólo así podía el pensar, ser, más que razón vital, razón viviente, una razón que alienta y respira; más que discurso, curso, abierto, descubridor del andar haciéndose y proyectándose la persona en todas sus dimensiones, la religiosa en primer término. La razón zambraniana es aquella que invita a quien escribe a bajar la cabeza hacia la página para escribir al dictado, humilde y «delirante», zigzageando fuera de los cauces demasiado rígidos y artificiosos. La razón zambraniana es aquella que atiende a la medida -el metron- musical, y recupera la escucha en la escritura, para la escritura.

CHANTAL MAILLARD

* Universidad de Málaga.

--------------------------------------------------------------------------------
RAZÓN POÉTICA Y CONFESIÓN

Por Isabel Gallego*


No es circunstancial que María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904-Madrid, 1991) titule La confesión: género literario uno de sus ensayos.1 Circunstancia y confesión se reúnen para marcar un camino de comprensión de su obra. La «circunstancia» era una realidad fundamental para entender las teorías de la razón vital de José Ortega y Gasset (Madrid, 1883-íd., 1955). María Zambrano había hecho estudios de filosofía con Ortega, que fue maestro de muchos miembros de la generación de la preguerra. María de Maeztu (Vitoria, 1882-Buenos Aires, 1947), cuya labor educativa fue tan importante durante las tres primeras décadas del siglo XX, lo corrobora, así como Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994).2 Tanto Rosa Chacel como María Zambrano censuraban la escasa confianza del maestro en el intelecto de la mujer para quien la brillantez de la mente femenina era una excepción, que, de hecho, encontraba en sus discípulas. No obstante, María Zambrano siempre reconocería su magisterio: «Su muerte me ha hecho ver que lo amaba aun más de lo que creía, que lo amaré siempre. Estoy hace muchos años alejándome de ciertos aspectos de su pensamiento, de la Razón Histórica, concretamente. Mi punto de partida es la [Razón] Vital, pero la he desenvuelto a mi modo. Eso no importa. Seré su discípula siempre».3

La razón vital ortegiana era ya una consecuencia clara de la decadencia de la filosofía racionalista que había marcado las pautas del pensamiento desde finales del siglo XVII. Lo dejaba claro Ortega en La rebelión de las masas (1929) con estas palabras: «Tres siglos de experiencia “racionalista” nos obligan a recapacitar sobre el esplendor y los límites de aquella prodigiosa raison cartesiana. Esta raison es sólo matemática, física, biológica. Sus fabulosos triunfos sobre la naturaleza, superiores a cuanto pudiera soñarse, subrayan tanto más su fracaso ante los asuntos propiamente humanos».4 El camino de la crítica y superación de la filosofía racionalista fue el que también emprendió María Zambrano. Los estudios de filosofía con Ortega se complementaron con las lecturas de la poesía mística de San Juan de la Cruz y de la poesía filosófica de Antonio Machado. Uno de los resultados de esta experiencia fue la entrada del espíritu literario en la filosofía en su llamada «teoría de la razón poética». Entre la razón vital y el más puro racionalismo cartesiano, que había derivado en el idealismo principalmente de la filosofía alemana, Zambrano esgrimía su «razón poética» que es un nexo de carácter trascendente que une la filosofía con la vida. Considera la pensadora que a la filosofía le había vuelto a llegar el momento de reencontrarse con la vida porque la razón pensante no debía ni podía ser autosuficiente. La necesidad de tender un puente entre la filosofía y la vida, que habían quedado separadas por la razón cartesiana, es evidente en estas palabras de Los bienaventurados: «La experiencia es desde un ser, este que es el hombre, este que soy yo, que voy siendo en virtud de lo que veo y lo que padezco y no de lo que razono y pienso».5 María Zambrano encuentra en el género literario que inaugura San Agustín con sus Confesiones, un vehículo clarificador de su visión filosófica del mundo, en una palabra de su «razón poética». Así lo va explicando en La confesión: género literario y método.

«Confesión» es una palabra que irrevocablemente conduce al lector a dos asociaciones: al obispo de Hipona y a Rousseau. San Agustín (Tagaste, 354-Hipona, 430) fue un hombre que sufrió la crisis del Mundo Antiguo y se dedicó a la búsqueda de una verdad que cambiara su vida, conversión de la que dejó constancia en sus Confesiones. Como incansable buscador de la verdad llegó a encontrar la respuesta en la iluminación que el pensamiento cristiano le aportaba al neoplatonismo en que San Agustín se había educado. Es fundamental para entender el pensamiento de Zambrano la consideración de que el descubrimiento de la verdad —en el caso de San Agustín la verdad cristiana— cambia la vida. Por su parte, Rousseau (Ginebra, 1712-Ermenonville, 1778) en sus Confesiones (1782;1789) es el envés de San Agustín, pues parte de su propia vida para llegar a la verdad, o dicho de otro modo, su vida es la verdad y no hay ningún principio trascendente de validez universal fuera de ella. Así, a él le debemos la sustitución del concepto de verdad con toda su connotación universal y trascendente por el concepto de sinceridad con toda su connotación individual, solipsista e inmanente. Su esfuerzo de sinceridad servirá como modelo de las autobiografías posteriores a la vez que abre el camino del pensamiento romántico europeo.

Rousseau es para María Zambrano una muestra de la crisis de trascendencia del mundo moderno, entendida esta como el acto de salir de la propia conciencia para encontrarse con la vida. Para Zambrano está claro que en el mundo moderno se había producido una crisis de trascendencia, explicada como el «divorcio entre la vida y la verdad filosófica» que le hace llegar a la conclusión de que la filosofía moderna «no ha pretendido reformar la vida».6 En verdad no podía prentenderlo porque se situaba en una esfera abstracta ajena a las manifestaciones vitales que además, siguiendo el modelo de Rousseau, tenían como meta una sinceridad egotista, y por lo tanto intrascendente y carente del espíritu de la conversión que es el que conduce el pensamiento hacia la vida. María Zambrano lo afirma de modo claro: «El drama de la cultura moderna ha sido la falta inicial de contacto entre la verdad de la razón y la vida. Porque toda vida es ante todo dispersión y confusión, y ante la verdad pura se siente humillada. Y toda verdad pura, racional y universal tiene que encantar a la vida; tiene que enamorarla (...) Y la verdad pura humilla a la vida cuando no ha sabido enamorarla».7 Esa verdad es la que hay que recuperar, la verdad no relativa y dispersa sino la verdad que es capaz de iluminar la vida y por lo tanto de mejorarla.

La confesión es la vía para que el pensamiento y la vida se entiendan, pero es a la vez un género literario que sólo se manifiesta en épocas de crisis que vienen marcadas, según Zambrano, por la separación entre el pensamiento y la vida. San Agustín inauguró el género para expresar la crisis del hombre antiguo mientras que Rousseau marca la crisis del hombre moderno y del pensamiento racional: «El género literario que en nuestros tiempos se ha atrevido a llenar el hueco, el abismo ya terrible abierto por la enemistad entre la razón y la vida. La confesión, en este sentido, sirve para amistar filosofía y vida, pero el proceso se hace ahora de una forma contraria, si la visión platónica servía para descubrir una verdad que cambiaba la vida, es ahora la vida que escrita en forma de confesión tiene que tener como resultado el descubrimiento de una vida que queda iluminada y revelada por el propio descubrimiento en sí».8

La verdad poética es todo lo que no entra en la razón y lo que se precisa para que la vida no se ahogue dentro de las propias figuraciones personales que parten de nosotros mismos y mueren también en nosotros mismos asfixiando al individuo en una soledad extrema e inquieta que no ve nunca realizarse en la vida lo que en su mente se figura. El deber del pensamiento es precisamente reconocer esa «razón poética» que debe recuperar las «cosas y los acontecimientos no traducibles en razones».9 Sólo así se podrá conseguir la unidad del yo con la vida, y lograr, como resultado, una nueva humanización del hombre libre de la propia tiranía que le ha impuesto al hombre moderno la supremacía de la razón y la anulación del diálogo con una Vida escrita con letras mayúsculas.

OBRAS CITADAS

Maeztu, María de, Antología-Siglo XX. Prosistas españoles. Semblanzas y comentarios [1943], Madrid, Espasa-Calpe, 1964.

Rodríguez-Fischer, Ana, ed., Cartas a Rosa Chacel, Madrid, Cátedra, 1992.

Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, Madrid, Austral, 1986.

Zambrano, María, Los bienaventurados, Madrid, Siruela, 1990.

______, La confesión: género literario, Madrid, Siruela, 2001.


NOTAS


 

 

LA OBRA DE MARÍA ZAMBRANO

"ESCRIBIR ES DEFENDER LA SOLEDAD"

ANTES DE LA OCULTACIÓN

Comencé a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavía no nacida, confundida con el gemido de la que nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida parturiente. Me sentí acunada por este lloro que era también canto tan de lejos y en mí, porque nunca nada era mío del todo. ¿No tendría yo dueño tampoco?
La música no tiene dueño, pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecía cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. Alguien me había enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarme.

Zambrano, M.: Diotima de Mantinea en Hacia un saber sobre el alma, Madrid,
Ed. Alianza, 1989, p. 196


 




CLAROS DEL BOSQUE

No me respondes, hermana. He venido ahora a buscarte. Ahora, no tardarás ya mucho en salir de aquí. Porque aquí no puedes quedarte. Esto no es tu casa, es sólo la tumba donde te han arropado viva. Y viva no puedes seguir aquí; vendrás ya libre, mírame, mírame, a esta vida en la que yo estoy. Y ahora sí, en una tierra nunca vista por nadie, fundaremos la ciudad de los hermanos, la ciudad nueva, donde no habrá ni hijos ni padres. Y los hermanos vendrán a reunirse con nosotros. Nos olvidaremos allí de esta tierra donde siempre hay alguien que manda desde antes, sin saber. Allí acabaremos de nacer, nos dejarán nacer del todo. Yo siempre supe de esa tierra. No la soñé, estuve en ella, moraba en ella contigo, cuando se creía ése que yo estaba pensando.
En ella no hay sacrificio, y el amor, hermano, no está cercado por la muerte.
Allí el amor no hay que hacerlo, porque se vive en él. No hay más que amor.
Nadie nace allí, es verdad, como aquí de este modo. Allí van los ya nacidos, los salvados del nacimiento y de la muerte. Y ni siquiera hay un Sol; la claridad es perenne. Y las plantas están despiertas, no en su sueño como están aquí; se siente lo que sienten. Y uno piensa, sin darse cuenta, sin ir de una cosa a otra, de un pensamiento a otro. Todo pasa dentro de un corazón sin tinieblas. Hay claridad porque ninguna luz deslumbra ni acuchilla, como aquí, como ahí fuera.

Zambrano, M.: "Los hermanos" en La tumba de Antígona, Madrid,
Ed. Mondadori, 1989, pp 79-80


 




EL TEMPLO Y SUS CAMINOS

Una tinieblas que prometen y a veces amenazan abrirse. Y es difícil creer que quien recorre tal camino no se vea acometido por el tempor y un temblor casi paralizantes. Es la luz de un viaje más bien extrahumano, que el hombre emprendía asomándose al lado dé allá, a ese lado al cual se supuso, cada vez con mayor ligereza, que sólo se asoman los místicos. Es la luz que se vislumbra y la luz que acecha, la luz que hiere. La luz que acecha en la inmensidad de un horizonte donde perderse parece inevitable, y que hiere con un rayo que despierta más allá de lo sostenible, llamando a la completa vigilia, ésa donde la mente se incendiaría toda.

Zambrano, M.: "La respuesta de la Filosofía", en Los bienaventurados, Madrid,
Ed. Siruela, 1990, pp. 80-81


 



GEOGRAFÍA DE LA AURORA

Y las piedras preciosas, esas grutas de esmeraldas que nacen en sueños y al soñante acogen tan de verdad que éste conserva en la vigilia las huellas del tacto, a veces hecho memoria tanto o más que un lugar simplemente natural; y el color que sin nombre sostiene la retina por años, por duraciones sin fin, ese color visto tan sólo en sueños y ese felicísimo estar en la gruta, y aun el poder volver a ella encontrándola en tierras lejanas bañadas por otra luz. ¿Cómo suceden, cómo están ahí asequibles aunque no enteramente, y sin sombra alguna de terror, cosa tan extraña a toda gruta desconocida, por insignificante que sea? Este no tener, y no esperar, este estar sin esfuerzo alguno, esta patria perdida o esperada, donde se ha entrado sin saber cómo ni por qué, sin esperanza ni temor. Y ese vivir sin anhelar, ni apetecer, sin añorar sin soñar, duerme al fin en su gruta sin soñar señor alguno, que le haya herido y sin soñarse él a sí mismo, olvidado de toda herida.
El ciervo reposa sin herida, apoyada su cabeza sobre una piedra, flor azul.

Zambrano, M.: "Geografía de la Aurora", en De la Aurora, Madrid,
Ed. Turner, 1986, p.106

 





LA LLAMA

Asistida por mi alma antigua, por mi alma primera al fin recobrada, y por tanto tiempo perdida. Ella, la perdidiza, al fin volvió por mí. Y entonces comprendí que ella había sido la enamorada. Y yo había pasado por la vida tan sólo de paso, lejana de mí misma .Y de ella venían las palabras sin dueño que todos bebían sin dejarme apenas nada a cambio. Yo era la voz de esa antigua alma. Y ella, a medida que consumaba su amor, allá, donde yo no podía verla; me iba iniciando a través del dolor del abandono. Por eso nadie podía amarme mientras yo iba sabiendo del amor. Y yo misma tampoco amaba. Sólo una noche hasta el alba. Y allí quedé esperando. Me despertaba con la aurora, si es que había dormido. Y creía que ya había llegado, yo, ella, él... Salía el Sol y el día caía como una condena sobre mí. No, no todavía.

Zambrano, M.: Diotima de Mantinea, en Hacia un saber sobre el alma, Madrid,
Ed. Alianza, 1989, p. 197



 





LA MIRADA

Sólo cuando la mirada se abre al par de lo visible se hace una aurora. Y se detiene entonces, aunque no perdure y sólo sea fugitivamente, sin apenas duración, pues que crea así el instante. El instante que es al par indeleblemente uno y duradero. La unidad, pues, entre el instante fugitivo e inasible y lo que perdura. El instante que alcanza no ser fugitivo yéndose.
Inasible. El instante que ya no está bajo la amenaza de ser cosa ni concepto. Guardado, escondido en su oscuridad, en la oscuridad propia, puede llegar a ser concepción, el instante de concebir, no siempre inadvertido.
Y así, la mirada, recogida en su oscuridad paradójicamente, saltando sobre una aporía, se abre y abre a su vez, "a la imagen y semejanza", una especie de, circulación. La mirada recorre, abre el círculo de la aurora que sólo se dio en un punto, que se muestra como un foco, el hogar, sin duda, del horizonte. Lo que constituye su gloria inalterable.

Zambrano, M.: "La mirada", en De la Aurora, Madrid,
Ed. Turner, 1986 p. 35

 




LA PENSADORA DEL AURA

Nacer sin pasado, sin nada previo a que referirse, y poder entonces verlo todo, sentirlo, como deben sentir la aurora las hojas que reciben el rocío; abrir los ojos a la luz sonriendo; bendecir la mañana, el alma, la vida recibida, la vida ¡qué hermosura! No siendo nada o apenas nada por qué no sonreír al universo, al día que avanza, aceptar el tiempo como un regalo espléndido, un regalo de un Dios que nos sabe, que nuestro secreto, nuestra inanidad y no le importa, que no nos guarda rencor por no ser...
...Y como estoy libre de ese ser, que creía tener, viviré simplemente, soltaré esa imagen que tenía de mí misma, puesto que a nada corresponde y todas, cualquier obligación, de las que vienen de ser yo, o del querer serlo.

Zambrano, M.: "Adsum", En Delirio y Destino, Madrid,
Ed. Mondadori, 1989, pp. 21-22

 




LO CELESTE

"En par de los levantes de la Aurora"

Por amplias que sean sus alas, la luz auroral que sigue al alba es como un boquete, un lugar que tiende a absorber y ofrecer al par la inminencia de que algo inconcebible aparezca. ¿Un ser? Un animal quizás, un ser viviente, se dibuja casi, está al dibujarse. Un ser viviente de aliento y de pasión, un fuego oscuro por indiscernible que luego resulta ser simplemente blanco. Un blanco inextenso, un ser sin extensión. ¿Pensamiento? Mira tan sólo. Es una mirada, ya que la mirada de todo aquello que se manifiesta visiblemente es lo único que no tiene extensión y, aun más, la borra.
Llega la mirada anulando la distancia, quien la recibe queda traspasado, raptado o fijado; fijado, si es la mirada de la luz. Y cuando la luz nos fija es que nos mira, y, al mirarnos, ¿se sabría decir lo que sucede? Y, por no saberlo decir, se borra: no crea memoria.
Y así, de esta mirada de la luz, nace, podría nacer, ha nacido una y otra vez un pensamiento sin memoria. Un pensamiento liberado del esfuerzo de la pasión de tener que engendrar memoria y, en su virtud, liberado también de toda representación y de todo representar.

Zambrano, M.: "Lo celeste", en De la Aurora, Madrid,
Ed. Mondadori, 1989, p.43


 

 

 

 
 

 

MARÍA ZAMBRANO

 

Pensadora, ensayista y poeta española nacida en Vélez, Málaga, en 1904. Hija del pensador y pedagogo Blas José Zambrano, hizo sus primeros estudios en Segovia. En Madrid estudió Filosofía y Letras con Ortega y Gasset, García Morente, Besteiro y Zubiri. Vivió muy de cerca los acontecimientos políticos de aquellos años, de cuya vivencia fue fruto su primer libro «Horizonte del liberalismo» en 1930. Entabló amistad con importantes poetas y pensadores de la época como Luis Cernuda, Jorge Guillén, Emilio Prados y Miguel Hernández, entre otros.
 

Finalizada la Guerra Civil, salió de España en enero de 1939, dejando atrás todo lo suyo, exiliándose inicialmente en Paris donde entabló amistad con Albert Camus y con René Char.

Posteriormente vivió en México, La Habana y Roma, desarrollando una gran intensidad literaria y escribiendo algunas de sus obras más importantes: «Los sueños y el tiempo», «Persona y democracia», «El hombre y lo divino» y «Pensamiento y Poesía» entre otros. Después de 45 años de exilio regresó por fin a Madrid en 1984.
En 1988 le fue reconocida su obra con el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Cervantes.
Falleció en Madrid en 1991.




 

 

 

PINTORES Y POETAS CUBANOS

AMELIA PELÁEZ

ana lidia vega serova

arístides fernández

CUNDO BERMÚDEZ

DOPICO LERNER

ELEOMAR PUENTE

FÉLIX GONZÁLEZ TORRES

fernández pequeño

josé maría mijares

JULIO LARRAZ

lopez dirube

luís martínez pedro

Mario Carreño

portocarrero

victor manuel

WILFREDO LAM

 

 

 

ARTISTAS LATINOAMERICANOS

 

FERNANDO URENA RIB

ART STUDIO

 

 

CONTACT INFORMATION

  

Revisado: May 20, 2013
Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib
Home Contact us Search for Artists profiles Latin Artists Directory