VÍCTOR DELFÍN

El bestiario del
maestro
Por Lenin Oña
"Después de cerrarse la galería, vi a un hombre
que miraba a través de la ventana mientras yo montaba una
exposición. Golpeó con los nudillos pidiéndome que lo dejara entrar
y yo, un tanto irritado por la interrupción, abrí la puerta para ver
que quería. El caminar del hombre me recordaba a Toro Sentado, el
famoso jefe de los indios Sioux: no hablaba ingles y fumaba en pipa
con gran dignidad mientras se las arreglaba para comunicarme con
alguna dificultad que su nombre era
Víctor Delfín, que
era artista peruano, y que quería que yo viera fotografías de su
trabajo". Así recuerda el galerista neoyorquino Christopher Condon
su primer encuentro con el escultor.
El episodio es demostrativo del carácter decidido del creador de un
variado bestiario metálico donde descuellan las aves americanas y
los caballos. Es posible que sea uno de los últimos cruzados del
arte como signo de identidad de los pueblos. Su obra y su credo
siguen una misma línea: "Mi trabajo tiene mucho que ver con el arte
popular, de él se nutre y a través de él trato de manifestante".
Discípulo de uno de los maestros del indigenismo, Alejandro González
(Apurímak), asimiló la lección de este: "Hay que poner los ojos en
la tierra y buscar en nuestras raíces". Y es lo que hizo, como lo
hacían buena parte de los artistas latinoamericanos entre los años
treintas y los cincuentas, empeñados en la autoafirmación cultural
ante un mundo cada vez mas ancho y ajeno.
Originario de Piura, hizo su aprendizaje en la Escuela Nacional de
Bellas Artes de Lima y al concluir los estudios, ganó por concurso
la dirección de la academia de Puno, de donde pasó a desempeñar la
misma función en Ayacucho, entrando en contacto con las artesanías
de esas regiones.
El retablo ayacuchano es una de las piezas características del arte
popular andino. Tiene la apariencia de una caja, dimensiones
manuales, portezuelas y figuras en el interior. Parecería una
versión mestiza de los retablos medievales, peno los eruditos del
ramo piensan que se trata de una huaca de orígenes mas prehispánicos
que europeos. Los de
Delfín,
síntesis inicial de sus preocupaciones estético-ideológicas, le
permiten crear composiciones figurativistas, en las que menudean
personajes entresacados del costumbrismo, o abstractas.
Si aquí la fuente de inspiración es evidente, en los animales y aves
el referente es doble. El material -la chatarra- aparece como
símbolo de la modernidad, y la temática animalística, trasunto de la
idea del tótem, está ligada a las concepciones primitivas sobre los
ancestros de la humanidad. De esta manera resume la dualidad en la
que se debaten los pueblos que han heredado cosmovisiones antiguas y
que se han visto obligados a convivir con realidades y conceptos
contemporáneos.
El bestiario es limitado -caballos, leones, toros, asnos, peces-
aunque tratado con gran conocimiento anatómico y despliegue de
sensibilidad. Al reinventar los cuerpos zoomórficos, los dota de los
movimientos pertinentes, los esquematiza -unas veces más, otras
veces menos-, y los convierte en emblemas del mestizaje indoibérico.
El repertorio ornitológico aparece más rico en especies y en
interpretaciones formales. Unas mas realistas, otras más
simplificadas. Unas construidas con estructuras tubulares, otras con
bronce repujado, en ocasiones combinando los cuerpos de cerámica con
plumajes metálicos y fragmentos de azulejos. Cóndores, guacamayos,
aves marinas, gallos y palomas se cuentan entre las aves
reconocibles. Y son multitud las alusivas a la morfología del pájaro
y el vuelo. Algunas alcanzan dimensiones monumentales y engalanan
sitios públicos. En Quito hay dos de estas, una en el parque de la
Carolina -un cóndor- y otra en el sector de la Villa Flora, regalo a
su barrio del pintor Guillermo Muriel.
Los oficios de
Delfín son casi tan variados como las técnicas existentes. Sin
embargo, la reputación que le ha brindado la escultura ha
conspirado, hasta cierto punto, contra la que merecería como
dibujante, pintor de caballete y monumentalista, grabador,
cartelista, escenógrafo, diseñador de joyas y tapices. Como pintor
es ubicable dentro de anchurosos márgenes de un expresionismo
fluido, somero y colorista; se destaca en el retrato y el desnudo,
género éste en el que se constata la expresión de una alegría de
vivir y de pintar poco frecuente. En el grabado y en algunos lienzos
se manifiestan sus convicciones sociales.
Artista culto y artesano iluminado, ha acumulado una obra de gran
plasticidad y estricta lealtad a un ideario definido por la
necesidad de renovar el arte andino sin traicionar las raigambres
indígenas y populares.