Nacido
en Oaxaca, pintor mexicano cuyo estilo combina temas
populares autóctonos con las formas artísticas de la
vanguardia europea como el cubismo.
Rufino Tamayo
estaba entre los artistas amigos de la revista
Contemporáneos de la ciudad de México, la cual buscaba lo
universal de lo nacional y luchaba en contra de la
politización del arte postulada por el muralismo mexicano.
Para Tamayo la politización significaba
emplear recursos no artísticos para hacerlos pasar por
artísticos. Su obra evolucionó de una pintura de pequeñas
dimensiones (con un color insensible a las influencias
posimpresionistas) a un cromatismo mucho más brillante al
servicio de la temática social.
Tamayo también recuperó la
pintura de caballete, que combinó con la pintura mural de
carácter social, como La revolución
(1938, Museo Nacional de Antropología), tras lo cual marchó
a vivir a Nueva York. En obras como Mujeres de
Tehuantepec (1939, Galería Albright-Knox,
Buffalo, Estado de Nueva York), dispone las figuras fuertes
y monumentales del arte tradicional mexicano en una sutil y
compleja composición inspirada en el cubismo francés.
El mexicano llegó a realizar, en los años
40, una pintura que combina rotunda figuras y colores,
llevando al color al predominio total en la obra. Su color
iba de la inspiración popular al refinamiento con riqueza de
matices y elocuentes animismo.
El color devino en ser el
protagonista de su pintura junto a las figuras
antropomórficas que, acentuaron sus proporcione
precolombinas y se tornaron casi símbolos. Sus obras gozaron
de un reconocimiento internacional, que derivó en encargos
para amplias decoraciones murales como
Homenaje a
la raza (1952), en París, o México hoy
(1953, Palacio de Bellas Artes, México). Le siguieron otros
murales como América (1956, Banco
del Suroeste, en Houston), el de mayor envergadura que
ejecutó, y para el nuevo edificio de la UNESCO en París
realizó Prometeo (1958) y,
posteriormente, Eclipse total
(1977).
Muchas de sus obras siguientes en la década
de 1950 desarrollaron esta tendencia hacia la abstracción
unida a un estilo sumamente emocional y violento.
Tamayo fue un gran conocedor del arte prehispánico
y en 1974 donó su espléndida colección de piezas de ese
periodo a su ciudad natal. En la capital mexicana se
encuentra el museo que lleva su nombre y que fue inaugurado
en 1981.
Se trata de uno de los centros de arte
contemporáneo más modernos del mundo en el que se exhiben
obras de más de 150 artistas internacionales. La donación
del museo y de casi la totalidad de su acervo artístico al
pueblo de México representó una de las mayores
satisfacciones para el pintor y artista gráfico.
Además de
sus obras monumentales, la permanencia de
Tamayo
radica en la belleza de los retratos que pintó de su esposa
Olga y en la sensualidad que despiertan sus inolvidables
cuadros de sandías.
Rufino Tamayo incursionó en
las intimidades míticas del componente indígena de su país.
Dejó atrás la bellomanía y el naturalismo propio de
occidente, adoptando trazos primitivos, por ser los
tempranos del Hombre y son precisamente líneas triviales o
comunes en cualquier ser humano.