JORGE SEVERINO
es un pintor de contrastes. Por un lado encontramos un
dibujo preciso contra fondos de colores limpios, nubios, y por otro la
imagen de una mujer negra cuidadosamente estudiada, que esconde siempre algo y que seduce
el ojo por la aventura que suponen sus misterios.
No se fíe. Es
preciso un resguardo. Es preciso ver las pinturas de
Severino
indagando aquello inefable e intangible que ocultan. Las figuras, femeninas
casi siempre, están cubiertas de tules apenas trasparentes.
Sobre
el cuerpo desnudo, el velo blanco, bajo los encajes de holanda, detrás de una supuesta
magnificencia se desliza un sueño, un deseo que urge por ser reivindicado.
Es la historia de la negritud, inventada quizás, de un pasado glorioso
que es más cercana al futuro anhelado que al pasado al que invoca.
Pero esas figuras reposadas, sedentes, también ocultan sortilegios,
augurios, encantamientos. La clave puede residir en un dije o una
ajorca, en ese pendiente o en aquel azabache. A veces es una
serpiente que se enreda al cuello de una matrona sabia y poderosa.
Y ahí está usted...reverente, ante la fuerza de su embrujo.