Una
tarde de marzo, la mujer del
pulpo,
engalanada y feliz, se sentó afuera sobre una roca espléndida del
fondo marino e ignorando sus maliciosos depredadores habituales se
dedicó a atrapar anémonas y orandas, succionándolas en las ventosas
de sus tentáculos y devorándolas con particular agrado. Poco antes,
el Señor Pulpo
había salido a dar un paseo por las inmediaciones. Le dijo a su
mujer que, de paso, iría a hacer algunas apuestas en el casino
oceánico y que regresaría antes que las sombras. Pero ella sabía que
lo que él en realidad deseaba era exhibir, muy orondo, aquel traje
viscoso y gris que estrenan los pulpos al llegar la primavera.
Para ir al casino era preciso descender hasta
unos pasadizos vigilados por las orcas asesinas y por tiburones
voraces. No tenía miedo. Ella sabía que no era difícil para su
marido, ni para sus amigas, las rayas, escabullirse entre las rocas
o la arena, pasar desapercibido y luego disfrutar unas horas jugando
perlas, que es lo que generalmente los pulpos apostaban en las
ruletas de aquel casino. Eso pensaba ella tranquilamente mientras
gozaba de unas ovas de sábalo. Sin embargo, cuando la pulpa entró de
nuevo a la casa notó con horror que su marido había olvidado sobre
la mesa el atado con las perlas. ¿Qué haría? Solo había dos
alternativas. O esperaba en casa a que su adorado marido regresara,
derrotado, o iría ella misma a llevarle las dichosas perlas.
Una fría corriente atlántica atravesó el
salón. Entonces pensó en una tercera alternativa: La púrpura.
Algunas veces la pareja de esposos se había comunicado de esa
manera. Pero con lo de la púrpura había que tener cuidado y hacer
cálculos precisos a fin de aprovechar el vaivén de la marea y la
buena dirección de las corrientes. La púrpura era un molusco común
en aquellas aguas y ella solo tenía que cortarle la áspera valva,
succionar y derramar poco a poco en la corriente un hilo hecho con
sus tintes, y esa señal bastaba para que nuestro querido cefalópodo
se enterara de que había una emergencia y debía regresar a casa
cuanto antes.
Pero la señal no funcionó. Al contrario. El
hilo de púrpura subió y subió en vez de descender a las
profundidades del casino oceánico y quienes divisaron la señal
fueron unos avispados buzos gallegos que merodeaban en la
superficie, solazándose en un bote pesquero y tomando vino de
agujas. "El vino de agujas va muy bien con los pulpos" dijo el
capitán "y según veo aquí abajo hay unos cuantos." Dicho y hecho. El
buzo se zambulló y el cocinero comenzó de inmediato a preparar el
agua hirviente, el ajo, el pimentón, el azafrán y el aceite de
oliva. Pesaba ocho kilos.
FERNANDO
UREÑA RIB
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