Sino
también por aquellos atributos que Ureña Rib como Rubens, el de “Las
tres gracias”, les ha otorgado: La gracia en la autenticidad de sus
movimientos. En la transparencia del colorido como de acuarela. En la
soltura de la línea melódica como de violines. Y en las modulaciones
rítmicas de sus cuerpos danzantes, y efectivamente danzarios, que
materializan en términos de color y movimiento una visión nueva,
moderna (porque la de Rubens es la del siglo XVII) de la belleza
corporal.
Y
sobre todo, por la modernidad de su comportamiento artístico.
Y
aquí volvemos al punto en nos dejó la colección denominada Oceánica:
el punto de la modernidad en la obra de Ureña Rib.
Porque
ahora el maestro da un paso de avance más firme hacia el siglo XXI,
el de la ruptura total y completa con el “lenguaje hablado”,
o discursivo, que allá por los años sesenta había decretado “la
muerte de la Estética” a manos de los lingüistas
(estructuralistas) , y diez años después la “muerte del arte” a
manos de los propios artistas (el manifiesto del arte conceptual
) en 1970.
De
modo que ésta es una anticipación ciertamente vertiginosa, porque
entronca en la presente encrucijada histórica, con ese delirio de la
“globalización” de la comunicación humana que impregna, sin
socialismo y sin teoría sobre el futuro inmediato (pero con
Internet) no la conciencia sino el comportamiento plenamente
humano del hombre moderno..
En
realidad se trata del desenlace del proceso de la comunicación
humana en su conjunto y solo de la comunicación artística,
involuntariamente advertida y utilizada por Kandinsky en su famosa
teorización de la pintura abstracta (Lo Espiritual en el Arte) a
principios de este agónico siglo XX. En 1925, en una obra posterior
como nos lo cuenta Herbert Read, decía el mismo Kandinsky que “El
arte moderno solo puede nacer donde los signos se convierten en
símbolos.” Y así fue
El
arte “moderno” o sea la “pintura abstracta” nació allí donde los
símbolos (con la ayuda de Freud) devoraban alegremente los signos.
Pero Kandinsky, a quien hay que reconocerle el haber avizorado
precozmente la “Teoría de la Información” de Shannon y Weber (que
eventualmente desencadenó en la informática y en última instancia en
el Internet) reducía sus formas superiores (el signo, el
símbolo y la obra de arte) , a una sola de ellas: el
símbolo. Por su parte la lingüística estructuralista también
reducía esas tres formas a solo una: el signo. Y claro, la
consecuencia sería la muerte de la Estética por un lado y la muerte
del arte por el otro.
Afortunadamente
un día también tendría que morir esa modernidad. Morirían el
estructuralismo y el fanatismo del discurso, así como también el
abstraccionismo con su condenación fanática de la figuración. Y,
obviamente la modernidad artística que deberá reivindicar el siglo
XXI no podría ser otra que la de la emancipación de la obra de
arte por medio de la ruptura cabal y completa con la
comunicación lingüística el signo y con la comunicación
simbólica, el símbolo.
Y así
desembocamos en la última muestra de Fernando Ureña Rib. Ya no
quedan en ella las trazas sígnicas o simbólicas que contaminaban el
arte moderno. Solo queda, fulgurante, la obra de arte en su más
prístina y auténtica pureza. Sin embargo, hay que hacer un
señalamiento inevitable porque bien puede sostenerse,
ahora que estamos en el centro de la ruptura de Ureña Rib con el
pasado abstracto, que la belleza estuvo muy lejos de ser la
dominante de la pintura (aunque sí de la Estética) del siglo XX.
Pocos
de aquellos artistas, Kandinsky y su grupo, quizás colocaron la
belleza en un lugar amoroso de sus composiciones pictóricas. Pero en
su mayoría los otros rompieron abiertamente con la belleza. Pero en
su mayoría los otros rompieron abiertamente con la belleza. Y no
solo Picasso, que siempre fue cruel con la figura femenina (y que
dicho sea de paso, ni siquiera en su época cubista abandonó la
figuración).
Y he
aquí que Ureña Rib, al mismo tiempo que rompe con el signo y el
símbolo, lo que significa romper con el abstraccionismo en su
conjunto y con toda la cháchara antiestética y antiartística que
arrastraba consigo, reivindica la belleza. Parecería una
contradicción si no una maldición.