Manolo Pascual,
el escultor español, premio de Roma, se encuentra entre nosotros. Es
el mismo al cual celebró la critica francesa (Jean Cassou, Jean
Camps) y quien inventó la escultura en estaño, directa, por medio de
soldador.
Vino con sus ambiciones
de arte, con su ansiedad de trabajo. Pocas palabras y mucho deseo de
producir. De su labor anterior fecunda e intensa, no pudo traer
consigo sino unas pocas fotografías, y la fuerza del arte tentándole
las manos, bulléndole los ojos.
Un escultor trabaja con
las materias nobles de donde el dios hizo los hombres, con las que
los hombres se acercan a los dioses: Adán y Galatea. De lo inanimado
saca un mundo nuevo, con fluencias semejantes a las de la propia
vida. Talla la madera, esculpe la piedra, modela el barro. Sus manos
fungen de viadoras y a través de ellas baja hasta lo inerte el que
Prometeo robó a los inmortales.
Toda la multiforme
expresión de asombros humanos ante lo creado mitologías, ensueños,
intuiciones -, nos posee el espíritu frente a la obra de los
escultores. Algo taumatúrgico, bíblico, misterioso, sacude el ánima
y la exalta al contemplar el ritmo de los mundos inmateriales
fluyendo del mármol, de la tierra, de los aserrados árboles. Y
parece verdad el mito. Y la religión se transforma en conciencia. Y
el alma deviene materia palpable.
Manolo Pascual
tiene un mundo creado a golpes de cincel, a presión de ágiles dedos
iluminados. Sus demuestran cómo él puede infiltrar su espíritu
artista a lo aparentemente inmóvil muerto. Se piensa que las
estatuas miran lo infinito. Pero a la infinitud que ha cambiado. Los
procesos científicos evolucionaron. Una aspiración moderna destruye
la tradición y fija la vivencia del átomo, electrón, insufla a la
piedra actividades, bucea en las entrañas de la nada y pone a
palpitar el universo, desde el ígneo resplandor de una catástrofe
cósmica hasta su realización planetaria, hasta la superación de su
evolucionante materia.
El espíritu reina. No viene a conquistar,
invadiéndolos, reinos desconocidos, porque surge del seno de ellos,
donde estuvo ignorado, esperante conservador. La fábula de Pygmalión
adquiere novedad. O si se prefiere, se convierte en absurda: La
invocación a lo divino no es ya necesaria, por que el artista mismo
puede infiltrar movimiento a la relativa inanidad de lo inanimado.
La continuidad de lo vital hace clímax. Y las estatuas andan,
piensan, sufren, giran arrastradas por el ritmo universal. No se
interdice el movimiento en sus moléculas. No hay negaciones de
verdad en sus líneas. Y su cuenca en reposo no está más vuelta
contra una eternidad silenciosa. Voces y armonías agitan el seno
insondable. Los hombres al fijar sus emociones, no rompen con la
continuidad creadora.
¡ Que emoción nuestro
pensamiento, y como aflora la piel donde la sangre bate
aceleradamente! ¡Que hondo terror sagrado! De repente ante la
potencia del fuego, comparacemos, desnudos y miserables,
esperanzados e ignorantes, sorprendidos y creadores. Un pensamiento
voraz, casi tan viejo como el mundo, descontrasta con lo que el ojo
ve, con lo que la inteligencia nuda presiente.
Esto, después de haberlo
visto trabajar, nace en uno junto a la obra de
Manolo Pascual.
La llama de su espíritu se trasmuta a lo inamovible y lo inerte
sacude su molicie y cobra excelencias y sonoridades de lo
consciente.
Las características de su
arte son fuerza y movimiento. Sus esculturas a pesar de lo modernas
que son, tiene esa majestad y belleza de la gran escultura antigua,
pudiendo asegurarse que junto a la expresión propia del artista,
español y joven, conllevan el ritmo y la gracia de lo neoclásico.
Hay una relación directa entre su creacionismo y la seguridad de la
estatuapiración. Hasta en él retrato de él mismo artista, él mismo
creador. No hace concesiones y respeta la gran belleza que es forma
de perfección.
Hace talla directa en
madera y en piedra, y modela maravillosamente, el barro. Asegura,
que el barro cocido le apasiona. Su labor, ahora dispersa, España,
Italia , Argentina, Francia, quizás, perdida en parte, por lo
numerosa y por la
e están en aumento, lo cual permite esperar una superación de su
obra, digna ya de todo elogio. A nosotros puede correspondernos esa
gloria.