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MAL ENAMORADA

RELATO

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

 






MAL ENAMORADA


El lunes dos de septiembre la enterramos. Lucía todavía su corona de azahares y su rostro lívido recordaba el de esas vírgenes puras en las imágenes antiguas de la catedral. El pelo le ondeaba en bucles sobre el cuello espigado y sus manos con anillos de plata se cruzaban sobre el delgado talle de su vestido blanco, inmaculado.

Un crucifijo luminoso bendecía su pecho. Sentí la tentación de acercarme y besar sus labios por última vez pero un gesto del Cardenal me lo impidió. "Debe descansar, ahora," me dijo, "sería un sacrilegio más y han sido ya demasiadas las desgracias para su corta edad."

Me senté en un rincón de la capilla, inundada de sus aromas, incapaz de articular palabra o pensamiento alguno. Intenté orar, pero la ofuscación me impidió acercarme a Dios. Prefería recordar dulcemente el día en que la vi por primera vez, en la eucaristía, muy cerca de la capilla donde la velábamos. Fue en el altar mayor. Ella levantó sus ojos, me miró y abrió sus labios para tomar la hostia y mis dedos rozaron con un leve temblor aquella boca tierna que parecía un milagro.

Luego vinieron las confesiones cada tarde, al terminar la misa de las seis. Ella se arrodillaba en mi confesionario y decía, con voz casi divina, abrigar en su pecho un amor tan hermoso como imposible, que la torturaba y le impedía dormir, que se metía en sus sueños y la alzaba y la ponía a rondar la noche como a alma en pena. Su madre la encontraba vencida, hacia el filo del alba, echada al tronco de un gran naranjo en el jardín, cubierta de azahares. Y ese olor de azahares se abría paso entre las rejillas del confesionario y embriagaba mi cuerpo casi tanto como sus suspiros.

 "Estás mal enamorada, Alina", le advertía, "muy mal enamorada. Y uno se enamora de alguien sólo si uno mismo se lo permite; Si uno admite esos pensamientos ellos crecen dentro de uno y se expanden y te recorren el cuerpo entero y penetran tu corazón y tu piel y tus instintos. Y ya ves, ahora tus sueños están siendo invadidos por ese deseo poderoso que no te deja vivir, que te deja ansiosa y angustiada."

Lloraba. No valieron ayunos, penitencias, letanías. Padecía de estados febriles, desfallecía al subir las escalinatas de la catedral, estaba débil, ausente. Le dije que tenía la voz más hermosa que jamás había escuchado y era recomendable que ella se inscribiera en uno de los grupos corales de la catedral. Fue un alivio.

Nada como las liturgias para levantar el ánimo y la fe. Al final de los cantos venía a verme y sonreía feliz, con el pecho henchido por la gracia divina. Nos quedábamos charlando largo rato en la sacristía o la invitaba a subir y ver la ciudad morir en el atardecer desde la altura de los campanarios. Su aspecto mejoró y sus mejillas retomaron el leve tono rosado de la primera vez. Una tarde, en el campanario y como premio a sus progresos le regalé un anillo de plata, de esos que venden los buhoneros de la catedral.

No sé cómo ella habría interpretado el significado de aquel gesto, porque sin que yo pudiera evitarlo ella se echó sobre mí y me besó en los labios con esos labios suyos, inevitables, que contenían el sabor de la gloria del cielo. "Es un regalo de de la Providencia", me justifiqué yo, mientras seguí probando de sus mieles.

Luego de aquellos besos fui yo quien atravesó un período de crisis, de penurias y de dudas, como San Agustín. Mientras ella se presentaba cada tarde más hermosa y florecida que la corona de azahar que traía en el pelo y que inundaba el atrio de un olor a campo y a futuro; yo languidecía.

Me reproché acremente el desliz y aumentaron mis contradicciones. Mi vocación está en juego, razoné. Alimentar ésta pasión nos conducirá irremisiblemente al sexo y ahí, en el sexo está Dios, porque en él se anidan tanto el poder de la vida como el poder de la muerte. El sexo es un lugar sagrado. No puede uno acercarse allí con las manos o el corazón inmundos. Si cedía a sus deseos o a mis propios instintos jugaba a destruir un alma preciosa que Dios me había encomendado y a la que amaba hondamente. También corría el riesgo de cometer un pecado que pudiera condenar la mía. Recordé aquello de San Agustín: "el pecado nos acerca a Dios" y eso redoblaba mis dudas.

No tenía alternativa que pedir consejo a mi propio pastor, el sagaz Cardenal. Hice arreglos para la confesión. En el mismo reclinatorio donde se apoyaron las rodillas de Alina, estaban ahora las mías, temblorosas. Fue tajante. Aquello tendría que terminar aquella misma tarde. Yo era su mano derecha y mi conducta empañaba la suya. Él no podía abrigar a su lado un material tan explosivo como el romance referido. No. Además en este caso no valía la discreción. Alina era hija de una adinerada familia dedicada a la perfumería y a las esencias y el escándalo social e incluso político, serían mayúsculos y las ondas expansivas de una explosión similar alcanzarían al Papa.

Me quité el crucifijo, lo puse en las manos de Alina, apretándolas entre las mías. Con gran dolor y de la misma manera como habló el Cardenal se lo expliqué aquella tarde, contemplando la ciudad y a su alma morir, en aquel campanario, ahora triste y desolado, que llevaba siglos repicando gloria. Ella me oyó sin pronunciar palabra. De sus ojos no brotó una lágrima. Bajó corriendo la espiral de las escalinatas. No regresó al coro ni al confesionario y no volví a verla hasta el lunes, el día que velamos su cadáver en la capilla ardiente.

Ese día su madre me dijo que le volvieron todos los síntomas del mal de amor. No comía, no dormía, era atacada por estados febriles y alucinaciones y en las noches volvió a vagar por el jardín, casi desnuda, recogiendo azahares, sonámbula y embriagada de amor. Un desconocido atravesó los muros y penetró el jardín, la noche del domingo. La encontraron lívida, desgarrada y sangrante al pie del gran naranjo. Sus manos empuñaban el crucifijo que yo le había entregado. Ella murió, desangrada, al filo de las seis.



FERNANDO UREÑA RIB
MEXICO.21 DE SEPTIEMBRE 2003


 

 

 

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