La pintura de la dominicana Luz Severino, quien ahora reside
en la isla caribeña de Martinica es, fundamentalmente, un elogio y
una memoria de la niñez. Las imágenes fragmentadas y yuxtapuestas nos
traen juegos, delirios y temores en sus ingenuas, pero contundentes,
expresiones plásticas.
Más allá del objeto o de la narración, sin embargo, Luz Severino
propone un universo complejo de relaciones oníricas. La luz solar en
estas imágenes es preponderante y bajo esta luz, todo un andamiaje de
símbolos sutiles, que el espectador es capaz de destejer como si se
tratara de un ilusorio rompecabezas, de un acertijo, de un
calidoscopio cromático y luminoso.
Fernando Ureña Rib