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ARTE DOMINICANO |
Fernando Ureña Rib
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Cuando conocí a Leo Núñez, me impresionó su manera
gentil y poderosa, que reúne al mismo tiempo un temple sosegado e
intenso, apasionado y feliz que adquieren las personas de gran madurez.
Abría sus manos, grandes, y entregaba con ellas un cálido gesto. Él era
muy joven, por supuesto y lo único que sabía de él lo había percibido
del untuoso oficio de sus óleos, bosques profundos de raíces y ramajes
contemplados desde la perspectiva de un niño asombrado.
Pero entonces me llevó a su taller, en Santiago. Me fascinaron sus
esculturas, sus trabajos en metal y madera, su búsqueda incesante de
nuevas formas de expresión plástica, sus novedosas soluciones para las
antiguas y siempre vigentes problemáticas del artista investigador,
consciente, creativo.
La obra de Leo Núñez, ido a destiempo, queda como un testimonio de esa
labor intensa y poderosa y que permanecen como un resonante canto a la
memoria.
FERNANDO UREÑA RIB
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AUTO BIOGRÁFICA |
De
noche solía perderme en el bosque, cuando aún era niño. Baitoa era
entonces una pequeña aldea rodeada de montañas. Al salir de allí
nunca imaginé que uno se lleva entero el paisaje de su infancia. Así
ando yo, con ese pueblito mágico colgado, no en mi hombro, sino en
mi alma.
Por consiguiente, mi espacio, aquél que late mi propio eco, es en
verdad un recinto interior; un universo íntimo lleno de metáforas
visuales. Pero, al mismo tiempo, una realidad descodificada, nutrida
de fuentes tradicionales. Espacio que traza un camino más hacia un
obrar que nos identifique, lejos del punto de vista antropológico o
histórico. No obstante, tiene la pretensión de ser un lavado de
todas esas visiones esenciales de nuestra tierra.
Y es que entre las imágenes fantásticas y la esencia tropical habita
el jardín eterno, cosmos místico que sensibiliza y trasciende la
materia. Una zona sagrada, pura; donde el blanco es luz y la luz un
símbolo de ascensión, espiritualidad, expresión sublime del barro,
del fuego purificador. Por ello trabajo el concepto de la
convergencia entre lo material y lo espiritual; lograr que habiten
en una sola voz.
Así, la pureza de la tierra, con todos sus elementos, es más que un
pretexto para la creación. Es un ritual. Ritual que vivo día a día
al enfrentarme a ese universo laberíntico lleno de puertas. Donde
cada puerta es un jardín secreto que, cuando se abre, me da las
llaves para trasladarme hacia otro sendero. Es una especie de puesta
en abismo: una puerta dentro de una puerta, ventana que mira hacia
otro campo; el paisaje que abre otro paisaje y éste a su vez
contiene ese otro paisaje que siempre va más allá del horizonte, en
un eterno retorno al origen.
En fin, en mi bosque palpita un corazón. Posee la espiritualidad de
incidir en los sentidos con su remanso de paz, tranquilidad y
curiosidad suspendida. La magia imprime su sello personal al paisaje
que, en todo caso, es naturaleza que no representa lo visible, sino
que hace patente lo visible, lo provoca. Exaltado en su luz, el
trópico aparece convocado por los sepias, los ocres, los umbrías,
los tierra de Siena tostados, los minerales; colores que emanan del
mismo corazón de la tierra; colores quemados bajo la luz divina del
cielo. Ahí la noche y el día, el ocaso y el alba se fusionan para
cantar las melodías de aquellos monjes ancestrales, que es otra
presencia oculta, otra dimensión de mi obra.
Cansado de los “neo” y los “post” surgidos y resurgidos en este fin
de milenio donde las nuevas estéticas escasean, la mía la defino
como una figuración fantástica. O tal vez, como un simbolismo mágico
que se nutre de la fertilización de la tierra, lo onírico, lo
sensual y lo real. El retorno en síntesis a lo puro y lo mágico en
el territorio de lo sagrado.
En consecuencia, me encuentro sumergido en dos mundos. Asunto que se
resuelve mediante el planteo de una pregunta: ¿Cómo plantear una
realidad ajena a mi tiempo, la gótica y la barroca, siendo caribeño?
Esa inquietud la vivo y trato de expresarla en obras como Retablo
Caribeño, Volviendo a la Vida, Sinfonía Ancestral, Templo de
Huellas, Reliquias, entre otras. Expresan remontándose a un nivel
poético esa fantasía del isleño rodeado de agua y de sueños, de
cábalas y mitos, de deidades y santos. Por consiguiente, narran en
su dimensión vital al isleño atravesado por el trópico, por la selva
densa y misteriosa entre lo gótico y lo barroco o entre lo místico y
lo caribeño. Es ahí donde residen las pautas de mi labor creativa.
El artista vive su mundo de sueños, de recuerdos, en un estado
conciente-inconsciente, potenciando la cualidad catártica del ser,
esa sublime expresión del instante. Evocar el tiempo en la materia.
Sin embargo, debo advertir sobre la autonomía de la creación. La
independencia de lo creado que tiene su propio lenguaje, su propia
lógica, su propia expresión, la cual se muestra al finalizar la
obra: uno es ajeno a ella. Con todo, queda la impresión de si acaso
fuera hecha por un poder de creación mayor, por una poderosa fuerza
que mantiene el orden del cosmos, esa energía esencial de la vida.
Por eso creo en lo bello sin llegar a lo decorativo; en lo sensual
sin caer en lo porno. Estoy convencido de que el arte puro es
sutileza, evocación, ensueño. Pienso que la pintura no debería de
perder ese grado, esa instancia, ese tono de musicalidad, esa
atmósfera celestial. La monocromía juega su papel: atrapa el
silencio, el ritmo, la quietud de la selva, esa alquimia subyugante
que posee el bosque.
La nostalgia dejó atrás el recuerdo y con sus huellas esculpió el
presente. El tiempo es eterno en el presente del presente. Estoy
donde mi obra alcanza el grado intemporal, que persigue la
cautividad del espacio. Estoy preso en los anhelos de la existencia,
en la serenidad terrenal que me lleva al sueño, a ese paraíso
embriagante de senderos infinitos.
La noche se acerca y me dejo seducir por los viejos recuerdos;
seguiré perdiéndome en mi bosque de leyenda.
Leo Núñez
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