
"Los presidentes latinoamericanos deben saber que o
nos juntamos o estamos
fritos"
Irene
Contreras/Araceli Varela.
Pontevedra.
Rebelión /Tempos Novos
Su libro Las Venas
Abiertas de America Latina
describe los procesos de
dependencia económica y
colonialismo de América
Latina. Desde que lo
escribió hasta ahora la
situacion mundial y en
Latinoamérica ha cambiado
mucho. ¿Cuáles son
actualmente los mecanismos
de dominación económica y
política?
Escribí ese libro hace más
de 30 años, es decir, es un
libro escrito a finales del
1970. Yo no sabía un pito de
economía, pero me metí en
esas profundidades
pantanosas tratando de
entender y ayudar a entender
lo que ocurría. Es un libro
de divulgación, lo que
podría ser una
contrahistoria, que en el
caso de ese libro está sobre
todo centrada en la economía
política. En los años
siguientes intenté abarcar
otras zonas de la realidad,
pero la verdad es que ese
libro me dió a mí un buen
piso para caminar. Y no sólo
no me arrepiento de haberlo
escrito, sino que después el
libro me enseñó que tenía
buenas piernas, porque
anduvo mucho camino a lo
largo de estos treinta y
pico años y sigue
funcionando, lo que
demuestra que algunas de las
cosas, de los datos, de las
informaciones que el libro
contenía, siguen teniendo
alguna vigencia, es decir,
siguen teniendo algo que ver
con el mundo de hoy. Y
también quizás prueba que el
punto de vista no estaba del
todo equivocado. En todo
caso el libro planteaba hace
ya treinta y pico años
algunos cuellos de botella
de lo que en aquel entonces
se saludaba como una gran
promesa de desarrollo de los
países latinoamericanos,
como por ejemplo,
concretamente, el tema de la
deuda externa, que en
aquella época no era casi
mencionado, no se hablaba de
eso. Y yo, que siempre me
llevé tan mal con los
números, pero que había
conseguido aprender
dificultosamente la regla de
tres simple y la regla de
tres compuesta, haciendo
unos calculitos elementales
que nacieron del puro
sentido común, me di cuenta
de que se nos venía encima
una bola de nieve y que eso
iba a acabar provocando una
situación como la que
tenemos ahora, en la que los
gobiernos dejan de gobernar
porque están siendo
gobernados por sus
acreedores. Es decir, son
los acreedores los que
deciden hasta la velocidad
de vuelo de las moscas en
cada uno de los países.Y
esto implica una
aniquilación de la soberanía
por parte de una dictadura
financiera internacional que
en aquel tiempo ya existía,
pero que no era ni la sombra
de lo que es ahora. Es
decir, las instituciones
internacionales nacidas al
final de la Segunda Guerra
Mundial ya tenían poder,
pero no era ni sombra del
poder que tienen ahora. Son
el gobierno del mundo. El
Fondo Monetario
Internacional -llamado
Internacional- está manejado
por cinco países, sobre todo
por uno, que es EEUU, y
cuatro más. Y el resto de
los países ni pincha ni
corta, porque los votos son
proporcionales al capital
aportado. Según la cantidad
de dólares, es el peso del
voto. Y el Banco Mundial
está dirigido por siete
países, aunque se llama
mundial. Son 7 los que
deciden y los que imponen a
los demás, junto con el
Fondo Monetario, que es el
hermano gemelo, sus
programas llamados de
ajuste, las privatizaciones
obligatorias, el
desmantelamiento de los
servicios públicos y todo lo
que sabemos que ocurre hoy
por hoy. Y la verdad es que
ese libro lo escribí
intentando hacer un
manual... Sentía la
necesidad, contra los
consejos de casi todos mis
amigos, que me decían que
era un disparate semejante
cosa, de poner al alcance
del público no especializado
una serie de informaciones
que estaban guardadas bajo
siete llaves en los cofres
de la literatura escrita en
código por los economistas,
los sociólogos, los
politólogos... los “ólogos”
en general. Y yo no era
ólogo de nada, entonces,
¿quién me autorizaba a mí a
acometer semejante tarea?
Pero yo creo que mereció la
pena hacerlo, porque fue la
manera de que la gente
tuviese acceso a una enorme
cantidad de información que
estaba ahí guardadita. Lo
que hice yo fue revelarla en
un lenguaje que pudiese ser
comprendido.
Pero hay algunos sectores
que odian mucho ese libro.
Las Venas Abiertas de
América Latina fue muy
odiado y muy querido a la
vez.
Sí. Los mejores elogios,
aparte de algunos elogios
críticos, creo que fueron
los que el libro recibió de
las dictaduras militares que
lo prohibieron, que fueron
muchas. Y creo que era la
prueba de que no es un libro
que se pueda leer
impunemente, que es lo que
uno desea para los libros
que escribe, lo que los
libros quieren ser. Quieren
ser libros capaces de tocar
al lector y sacudirlo y
llenarlo de preguntas.
Entonces, en ese sentido
cumplió una función, porque
ayudó por lo menos a que la
gente se planteara alguas
preguntas que eran las
preguntas que me empujaron a
mí a escribirlo. Sobre todo
la pregunta fundamental, ¿en
qué se parecen un niño y un
enano? Que a primeira vista
son la misma cosa, pero
visto más de cerca resulta
que no. Los llamados países
en desarrollo no son países
que viven una edad infantil
en el camino de su vida
adulta para cuando crezcan,
sino que son países
subdesarrollados por el
desarrollo ajeno. Son países
arrollados. Subdesarrollados
dicen los expertos, digamos
arrollados por el desarrollo
ajeno. Es decir, no son una
etapa del desarrollo, sino
un resultado del desarrollo
ajeno. Entonces, una cosa es
un niño y otra un enano. Son
países muy deformados por la
función de servidumbre que
la economía global en los
comienzos del mercantilismo
capitalista les dió, y desde
su articulación pasaron a
proporcionar brazos y
productos al servicio de los
intereses ajenos. Estos
temas fueron tocados sobre
todo desde el punto de vista
económico-político por un
ignorante total como yo, que
además considero que la
economía es una de las cosas
más aburridas con las que
los dioses nos castigaron en
este mundo, pero fui capaz
de digerir ahí una enorme
cantidad de libros, de
informes... Yo creo que
algunos de esos textos los
leyó el autor y nadie más
que yo, que ni la familia
tuvo el coraje.
En estos momentos en
América Latina, con el
gobierno de Lula da Silva en
Brasil, Lucio Gutiérrez en
Ecuador, la resistencia de
Hugo Chávez en Venezuela...
¿Le parece que la izquierda
latinoamericana está
viviendo de alguna manera
momentos cruciales?
Está viviendo tiempos de
cambio, o de voluntad de
cambio, digamos, de parte de
gobiernos que expresan una
voluntad de cambio que viene
de abajo, de la gente que
los votó. El problema es que
los espacios se han reducido
muchísimo por obra de esta
dictadura internacional que
os digo. Los espacios
democráticos reales están
muy reducidos, muy encogidos
en el mundo de hoy. Ya en
estos años que
transcurrieron desde la
publicación del libro hasta
ahora, como que nos
acostumbramos a aceptar como
la cosa más normal del mundo
que los gobiernos de
nuestros países tengan que
pedir permiso a estos
supremos sacerdotes de las
altas finanzas
internacionales para
designar a un portero de un
ministerio. No digamos para
cumplir con sus promesas.
¿Y qué problemas podrían
surgirle a Lula y a su
programa de gobierno, tanto
de la izquierda como de la
derecha?
El problema fundamental es
ese: la soga al pescuezo de
la deuda externa acumulada.
Aunque no creo que esta sea
una fatalidad del destino...
La historia está hecha por
la gente y por la gente
puede ser deshecha y
cambiada. Yo no tengo una
concepción de la historia a
la griega de algo que desde
el Olimpo baja, pero es muy
difícil cambiarla, y en todo
caso lo que uno puede desde
el sentido común opinar es
que solos, no podemos. O nos
juntamos o estamos fritos. Y
parece una cosa obvia, pero
que no se acaba de entender.
Tendrían que reunirse sobre
todo los presidentes
latinoamericanos que tienen
intereses distintos a los
del norte, para adoptar
políticas comunes por lo
menos en las cosas
elementales, como por
ejemplo hacer frente juntos
a la gran banquería
internacional, es decir,
reprogramar los pagos de la
deuda externa para no acabar
pagando y pagando y debiendo
más cuanto más pagan, porque
merecemos todos una lápida
que diga: Vivió pagando y
murió debiendo. Y también la
defensa de los precios en
los mercados
internacionales. Es decir,
juntarnos para defender los
precios de los productos.
Casi todas las
organizaciones que defendían
esto, por ejemplo la del
café, han muerto. Queda la
OPEP, que supongo que ahora
no va a poder resistir este
golpe mortal que sufrió con
la guerra de Irak –estamos
hablando cuando recién
terminó la carnicería.
Juntarse para defenderse. Es
una cosa que sabe cualquier
señora de barrio, no hace
falta ser un ilustradísimo
profesor de ninguna
universidad para darse
cuenta de que es por ahí que
va la cosa, pero como dice
la gente, y con razón, el
sentido común es el menos
común de los sentidos, y
nosotros somos la prueba
viva de que eso es así.
¿Y en qué situación se
encuentra el Uruguay, del
que apenas se escucha
hablar?
El Uruguay es un país en
acelerado proceso de
desintegración. Ahora están
desandando la ruta de sus
abuelos los nietos de los
que llegaron desde Galicia,
por ejemplo, o desde otros
lugares de Europa, pero
muchos de Galicia. Y ahora
desandan, o intentan
desandar, porque les meten
mil trabas y problemas. Los
nietos hacen el viaje al
revés, expulsados por la
falta de trabajo y también
en gran medida por la
desesperanza. Una posible
esperanza es el desarrollo
de las fuerzas alternativas,
sobre todo en el plano
político, porque dentro de
un par de años habrá
elecciones y... bueno, la
izquerda tiene según las
encuestas, en las que yo
mucho no creo, pero en este
caso me parece que pueden
reflejar la realidad, tiene
más de la mitad de los votos
posibles. Dentro del
limitado margen de maniobra
que el mundo de hoy te deja,
se hará algo, por lo menos
para que el país no deje de
ser país, que está en
acelerado proceso de dejar
de serlo. Es un panorama muy
triste el que mi país ofrece
hoy por hoy. Colas enormes,
enormes, larguísimas, de
gente que busca pasaporte
para irse. Puertos y
aeropuertos llenos de gente
que se va. La gente joven,
sobre todo, se va y sólo
quedan los viejos para regar
las plantas alrededor de las
tumbas en el cementerio. Es
una perspectiva lastimosa
semejante a la de muchos
pueblos, muchas aldeas
abandonadas de Galicia.
Entonces va a haber que
trabajar mucho para
recuperar a este país
moribundo que está como en
agonía, y devolverle la
energía perdida. Y es muy
difícil por este problema de
que los pocos jóvenes que
quedan se van. Y, claro,
tienen derecho a irse, nadie
les puede negar ese derecho,
pero para el país es una
sangría terrible. Es un
panorama muy desalentador.
Yo vivo en el Uruguay porque
es el país que elijo, no
porque haya nacido allí. A
estas alturas yo ya vivo de
lo que escribo y puedo darme
el lujo de elegir mi lugar
en el mundo, y mi lugar es
ese, lo elijo, porque me
gusta, porque me siento muy
entrañablemente ligado a la
tierra que me hizo. Me
parece que es un país
cariñoso, cordial, que
merece mejor destino.
En Patas
Arriba, en la Escuela
del Mundo
al Revés, usted
habla de los alumnos. De los
niños ricos despojados de
identidad, de los niños
pobres a los que el mundo
trata como basura, y los
niños del medio, atados a la
pata del televisor...
Sí, lo que yo digo es que
los niños ricos son tratados
como si fuesen dinero, los
niños pobres son tratados
como si fuesen basura, y los
del medio viven atados a la
pata del televisor,
acorralados por el pánico,
así que es muy difícil ser
niño en el mundo de hoy, que
dicho sea de paso, ahora que
pronunciais la palabra
alumnos, me acordé, a
propósito de lo que
hablábamos en la parte
anterior, que justo cuando
se desencadenó la guerra de
Irak, el portavoz del Fondo
Monetario Internacional
salió a felicitar a los
países latinoamericanos y
usó esa expresión. Dijo
“Tenemos cada vez mejores
alumnos en América Latina”,
o sea que los países son
tratados como menores de
edad que acuden a la
escuela, y la verdad es que
los menores de edad no son
muy bien tratados en el
mundo de hoy, así que
imagínate los países.
Nosotras nos
preguntábamos, hablando de
los niños del medio, qué
papel tiene la clase media
en Latinoamérica.
Yo no tengo la menor idea.
Eso habría que preguntárselo
a los sociólogos, que son
los que miden las emociones
y las ideas de cada una de
las clases y los sectores.
Nunca hablo en esos
términos, porque siempre me
pareció que era falso. Son
esos planteamientos que
nacen de las encuestas, y
las encuestas mienten, nadie
dice la verdad, yo nunca
conicí a una persona que
diga la verdad cuando
contesta una encuesta. Todos
estos sociólogos que se
basan en las encuestas
cometen una pifia tras otra,
se atribuyen esa arrogancia
de poder definir que es lo
que piensa o siente una
clase social, o un sector, o
hasta un país... Las
encuestas mienten.
Pero, ¿es quizás un
problema de la clase media
en Latinoamérica la
costumbre de mirar siempre
hacia fuera, hacia EEUU o
hacia Europa, a donde mandan
a sus hijos a estudiar,
donde ponen su dinero... en
lugar de mirar hacia dentro
y tratar, como dijo usted
antes, de unirse y buscar
soluciones?
Ojalá fuera un privilegio de
la clase media esa
alienación, esa incapacidad
de mirar hacia dentro y ese
desprecio del mundo de
adentro. Ojalá fuera un
privilegio de la clase
media, porque eso nos
permitiría ser mucho más
optimistas. Pienso que eso
es transversal a las clases,
que ocurre en todas,
lamentablemente. Hay una
alienación cultural
creciente que hace que nos
miremos cada vez más con los
ojos del amo en toda la
escala social. Y esta
especie de colonialismo
cultural fue muy acelerado
en los últimos años por el
desarrollo tecnológico.
Estamos todos más o menos
sometidos a la sociedad de
consumo que genera
despilfarro y violencia. Y
el despilfarro, claro, es
simétrico a la miseria
creciente de los que no
tienen derecho al
despilfarro, y que son
candidatos a recibir una
bala, porque para eso existe
la máquina de guerra, para
proteger los privilegios. Y
esta cultura es una cultura
que hoy por hoy abarca todo.
La clase media está en
crisis. Eso está más allá de
las encuestas, se ve a
simple vista. Está en crisis
en todas partes. Y fue muy
brutalmente despojada de sus
certezas de estabilidad por
una situación que se volvió,
en la mayor parte de los
países latinoamericanos, muy
feroz. Hay un dibujito de un
excelente caricaturista
brasileño que se llama
Jaguar en el que aparece un
mendigo en una esquina con
un sombrerito pidiendo
limosna y pasa un señor con
aspecto de clsse media que
lo mira con indiferencia o
desprecio, y el mendigo le
dice: Yo soy usted mañana.
Me parece que es algo más
que un chiste.
La memoria está presente
en casi toda su obra de una
u outra manera. En la
trilogía Memoria del
Fuego usted escribe:
“Ojalá Memoria del Fuego
pueda ayudar a devolver a la
historia el aliento, la
libertad y la palabra”. ¿Por
qué considera tan importante
la memoria?¿Cuál es el poder
que tiene la memoria?
Tiene poder cuando se escapa
de los museos. Cuando anda
libre suelta por las calles
y es capaz de cometer las
locuras que cometemos los
seres vivos. Cuando la
encierran ya es menos
peligrosa; de todas maneras
da testimonio de lo que
ocurrió, pero pienso que la
memoria que más me interesa,
la que más me mueve, es la
que opera como catapulta, no
la que te fija como un ancla
a una identidad que se puede
guardar en una vitrina y
cerrar con llave. Hay una
ceremonia que yo sabía que
se practicaba entre los
indígenas de la costa
noroccidental de las
Américas, es decir, en esas
islas que hay en la frontera
entre EEUU y Canadá, donde
está Vancouver... hay una
cantidad de islas donde hay
algunas costumbres indígenas
que sobrevivieron. Después
descubrí que la misma
ceremonia se practica en
Chiapas, así que supongo que
también se debe practicar en
otros lugares, por estas
extrañas coincidencias que
ocurren en las costumbres,
en los mitos y en la
transmisión de la memoria
colectiva; son coincidencias
raras que se dan,
científicamente
inexplicables. Esta
ceremonia que a mí me parece
muy reveladora consiste en
que el maestro del oficio de
la arcilla, es decir, el
maestro alfarero, cuando ya
está viejo y cansado y se le
nubla la vista y le tiemblan
las manos, transmite su
lugar al alfarero joven, al
que llega. Y la ceremonia es
muy interesante, porque lo
que le da es su obra
maestra, su vasija más
perfecta. Entonces el
alfarero joven recoge esa
maravilla, y en lugar de
guardarla para poder
comtemplarla en una repisa,
la estrella contra el suelo.
La vasija se hace pedazos,
mil pedacitos. El alfarero
joven recoge los pedazos y
los incorpora a su arcilla.
Esa es la memoria en la que
creo, la memoria como
continuidad de la vida. No
la memoria muerta que nos
invita a contemplar el
pasado como se invita a
contemplar una mariposa
clavada en la pared.
Algo en lo que incide
estos días es en la
necesidad de afirmar el
derecho de autodeterminación
de los pueblos. Decía usted
que “hay derechos sagrados,
más allá de las
conveniencias políticas de
cada sector, y que tendría
que ser en esa dirección que
caminara este deslumbrante
movimiento pacifista” que
parece ahora tan vivo. Para
nosotras, como gallegas,
esta idea de
autodeterminación de los
pueblos es algo que también
nos interesa mucho...
Sí, para mí es fundamental
afirmarlo ahora más que
nunca, porque ya habeis
visto que las declaraciones
de todos los personajes
importantes del goberno de
los EEUU coinciden en que lo
de Irak fue un laboratorio
para guerras posteriores,
así que se vienen otras
guerras más... Convirtieron
al mundo en un gran campo de
tiro al blanco donde se
desató con una impunidad
asombrosa la cacería de
países. Hay que ver en qué
lugar del mapa ponen el
dedo, qué país descubren que
existe y que es necesario
conquistar porque tiene
petróleo, o porque tiene
agua –yo creo que las
guerras dentro de veinte o
treinta años van a ocurrir
por el agua más que por el
petróleo, o tanto como por
el petróleo. Y entonces es
necesario, creo,
salvaguardar la sacralidad
–yo creo que es sagrado el
derecho de autodeterminación
de los pueblos- del derecho
que cada país tiene de
decidir su destino. Y pienso
que es un derecho que no
debe ni puede ser limitado,
aunque en los hechos lo es,
porque a veces... sí,
autodeterminación sí, pero
hay una tiranía opresora y
ocurre una matanza, entonces
vienen las grandes potencias
a pacificar a los muertos.
Esto es así no sólo en un
plano militar. Hay que
defender también el derecho
a la autodeterminación,
recogerlo como bandera,
multiplicarlo frente a esta
dictadura universal del
dinero, que no siempre
dispara balas, a veces mata
de maneras más secretas,
menos espectaculares, más
difíciles de combatir...
Poco antes de la guerra de
Irak murieron 33 bolivianos
asesinados por el FMI. El
Fondo le dio la orden al
gobierno de aplicar un
impuesto a los sueldos –que
son famélicos en Bolivia. La
gente se levantó y mataron a
33. Y mucha más gente muere
de hambre por los planes de
ajuste y por la organización
desigual del mundo, que es
cada vez más desigual porque
a ella contribuyen de manera
decisiva estos programas de
ayuda que nos vende la
tecnocracia internacional
que son salvavidas de plomo
ofrecidos a los pueblos que
ahogan.
El mundo está patas
arriba... ¿Cómo podemos
hacer para darle la vuelta?
No tengo la menor idea. Y,
además, si alguien me viene
a vender una receta, lo
echo, porque me parece que
es un farsante. El mundo
está lleno de canallas que
ofrecen soluciones mágicas,
mentirosos que hacen el
comercio de la mentira,
venden esperanzas como si la
esperanza se pudiese vender.
La esperanza es una cosa que
se conquista cada día con
mucha dificultad y que cada
día se cae y se levanta
cuando está viva de verdad.
Como todos nosotros, que nos
tropezamos, nos caemos,
dudamos, nos damos contra la
pared, fracasamos, morimos,
volvemos a nacer... esa es
la única esperanza digna de
fé. Entonces no hay recetas
ni soy quien para hacerlas.
De lo que sí estoy seguro es
de que la única manera de
cambiar la realidad consiste
en verla. Si no comenzamos
por verla no podemos
cambiarla, y ese es hoy por
hoy el problema más grave:
estamos ciegos de la
realidad. No la vemos porque
la realidad viene mentida,
viene enmascarada, viene
trampeada, y el desafío más
importante es revelarla para
poder cambiarla. Y otra
certeza profunda que tengo
es que los cambios, cuando
son verdaderos, ocurren
desde abajo y desde dentro.
¡Porque también hay recetas
que se venden en el mercado
internacional! Yo creo que
vienen desde abajo y desde
dentro y que no pueden
imponerse desde arriba y
mucho menos desde afuera.
Los procesos de cambio,
cuando son verdaderos, van
madurando muy lentamente,
difícilmente se asemejan a
lo que los profetas anuncian
y a lo que los expertos
clasifican como correcto o
incorrecto, porque, por
suerte, la historia humana
conserva –tantas cosas ha
perdido, pero algunas
conserva- una viva capacidad
de asombro, es decir, es
infinita la cantidad de
conejos que aún salen de las
galeras. Y esa sí es una
fuente de esperanza creible:
la capacidad de asombro. Que
está más allá de los
esquemas que los
intelectuales acostumbramos
construir para... decimos
que para interpretar la
realidad, pero la verdad de
la milanesa es que los
hacemos para guardar a la
presa.
¿Y podemos poner una nota
alegre si preguntamos por el
Peñarol?
¡El Peñarol es mi enemigo,
yo soy hincha del Nacional!
No, también el fútbol está
en crisis, el fútbol
uruguayo está en crisis
total, es parte del
derrumbamiento del país. Es
interesante como se dio ese
proceso en el fútbol. Los
años de alta gloria de un
país tan chiquito –fíjate
que los uruguayos somos
ahora 3 millones y algo,
nada más, menos que un
barrio de Buenos Aires o de
Sao Paulo, ni que hablar de
Ciudad de México-, sin
embargo en la década de los
años 20 –cuando aún no había
lo que se llama ahora Copa
Mundial de Fútbol, o
Campeonato Mundial de
Fútbol, eran Olimpíadas- el
Uruguay fue campeón en dos
olimpíadas. Fue campeón del
mundo en el primer
campeonato mundial, en el
30, y volvió a ser campeón
del mundo en el 50, pero ya
ahí la cosa iba para abajo,
ya el tobogán comenzaba a
vislumbrarse. Y ahora ni
figuramos, ni siquiera nos
clasificamos, o si nos
casificamos es a duras
penas, para perder al poco.
Y esto es también parte de
un panorama general de
crisis del país. Porque ¿por
qué se daba ese milagro? Yo
sé que los milagros no
tienen explicación, pero a
veces hay por lo menos algo
semejante a una explicación
posible. ¿Por qué floreció
el fútbol a esos niveles tan
altos en aquellos años, en
los años 20, 30? Bueno, pues
en gran medida –aunque yo no
soy de los que dicen “esto
ocurre por tal cosa”... no
creo que la vida humana
pueda resolverse en términos
aritméticos de que dos más
dos son cuatro...- eso
obedeció a una política
estatal de profundo sentido
social que el Uruguay llevó
adelante en los primeros
años del siglo XX cuando fue
un país de vanguardia. Mi
abuela era divorciada. En el
Uruguay se nacionalizaron
los servicios públicos
esenciales hace más de un
siglo, se separó la Iglesia
del Estado, la enseñanza fue
gratuita, laica y
obligatoria para todos a
principios del siglo XX.
Entonces, ese país que
estaba a la vanguardia, que
tuvo esa energía creadora
tan tremenda, y que hoy está
como viviendo el epílogo
triste de aquel bello
prólogo, de aquel prólogo
lleno de energía y de
hermosura, llevó adelante
programas de educación
popular impulsados por el
Estado, es decir, planes
públicos de educación
popular que no se dirigían
sólo a la cabeza, sino
también al cuerpo, con un
sentido integral de lo que
somos. Hubo unos programas
de educación física
tremendos y había campos de
deporte en todo el país. Y
esto explica el
florecimiento de tantos
atletas, buenos futboleros,
en un país tan chiquito que
era capaz de enfrentarse a
los grandes y derribarlos
uno por uno. Yo no digo que
llega con que un país tenga
programas públicos de apoyo
a la educación física para
que se convierta en campeón
mundial de nada, no tengo
esa visión mecánica y tonta
de las cosas, pero digo que
esas cosas ayudan mucho, que
a veces una educación
pública, desde los poderes
públicos -cuando los poderes
públicos se identifican con
la gente que los elige- por
lo menos influye mucho sobre
el destino de la gente; no
lo decide, pero influye
mucho en una dirección
positiva. No sólo para
ganar, porque yo no soy de
los que cree que se viva
para ganar. Yo no creo en la
vida como una pista de
atletismo, de carreras,
donde un elegido o dos gana
para que todos los demás
pierdan. Ni en el deporte ni
en nada. A mi me gusta el
deporte, me gusta mucho el
fútbol, yo soy futbolero de
alma, escribí un libro sobre
fútbol, Fútbol a Sol y
Sombra, pero porque creo
en la alegría de jugar, no
en el deber de ganar. El
deber de ganar es enemigo de
la alegría de jugar. Lo que
pasa es que el fútbol
uruguayo perdió la alegría
de jugar, porque está metido
en el circuito internacional
del fútbol elevado –o
reducido, porque eso no es
ninguna elevación- al nivel
de industria, al nivel de
producto industrial, en un
mundo que mercantiliza todo,
y el fútbol está
completamente
mercantilizado. Entonces en
esas competencias siempre
nos va mal, pero por el
camino además se perdió la
alegría de jugar, casi nos
ponemos los 11 en el arco
para que no nos hagan gol,
es un fútbol triste,
aburrido, opaco, feo. Eso es
lo que me duele. No que
pierda. Me duele que es un
juego que se entristeció. Es
increíble hasta qué punto
operan las políticas
públicas. Fíjate... un país
que no gana al fútbol -la
verdad es que no gana nada
nunca- como Finlandia, en
cambio le da una lección al
mundo en cosas que el mundo
ignora que existen y que
serían probablemente
inaplicables dado lo que es
la dictadura del mercado hoy
por hoy en todos los
niveles, en todos los campos
de la actividad humana, pero
que es lindo que exista. En
Finlandia existe en el
fútbol juvenil algo que se
llama la tarjeta verde.
Nadie sabe que existe la
tarjeta verde, y seguramente
si se aplicara en el fútbol
profesional sería el
hazmereir de las tribunas.
La gente está tan
embrutecida por los medios
masivos de incomunicación,
está tan deseducada por la
educación que recibe... La
tarjeta verde es un invento
finlandés muy lindo. Si sois
de Bota, de la
Iglesia de la pelota, de
esta blanca esfera mágica
que trota sobre los campos
del mundo, sabréis que
existe en el fútbol una
tarjeta amarilla que
advierte al pecador, y una
tarjeta roja que lo condena
al exilio. Es decir, el juez
expulsa a los jugadores que
reinciden en el mal. Y en
Finlandia inventaron la
tarjeta verde, que existe
además de la tarjeta roja y
de la tarjeta amarilla, que
son tarjetas de castigo. La
tarjeta verde recompensa al
jugador que actúa
noblemente, al jugador que
es leal, al que levanta al
adversario caído, al que
reconoce una falta que
cometió, al que advierte al
juez que se equivocó, sí,
cobrando ese gol que acaba
de hacer, que en realidad
estaba fuera de juego. Esos
jugadores nobles, capaces de
nobleza, capaces de lealtad,
capaces de solidaridad,
reciben la tarjeta verde.
Sería lindo que el mundo
fuera así.