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arte colombiano

 

fernando botero

escultor COLOMBIANO EN PIETRASANTA

Juan carlos botero

 

 

 

 

FERNANDO BOTERO  (1932)  

Botero visto por Botero
Crónica de su hijo, Juan Carlos Botero
Tomado de "Revista Diners"

Cuando Dios creó la cordillera de montañas, que se extiende desde Pietrasanta hasta Carrara, en el noroeste de la conocida región de la Toscana, decidió hacerla de mármol maciso. Sin embargo, cuando la obra quedó finalmente concluida, la blancura resultó demasiado destellante para su gusto. Entonces les ordenó a sus ángeles que cubrieran el mármol con una fina capa de tierra, según dice la leyenda, al menos para disimular un poco.

En efecto es tal la abundancia del mármol en la zona, que al vislumbrar las montañas desde la playas cercanas del Medit
erráneo, las cumbres parecen nevadas por el resplandor de la piedra blanca. Y por esa razón, el pueblo de Pietrasanta ha traído escultores desde los tiempos remotos del renacimiento.

Allí vivió Miguel Ángel durante meses,  colaborando con el corte y el transporte de los bloques de roca hasta Florencia para la iglesia de San Lorenzo. Y buena parte del mármol que cubre las fachadas de iglesias en ciudades vecinas como Lucca y Pisa, ha provenido de Pietrasanta. No obstante, a pesar de la incesante minería sostenida durante siglos, las canteras parecen nuevas. Lo cual es sorprendente, pues el mármol está hecho de conchas marinas utilizadas, y la mente se crispa al pensar que toda la región, con sus montañas colosales y sus colinas ondulantes, estuvo cubierta bajo agua hace milenios.

Pietrasanta está ubicado a
45 minutos de Florencia en automóvil. El pueblo aún conserva parte de la muralla antigua que lo protegió durante el Imperio Romano y está construido al pie de la montaña, a sólo un par de kilómetros del mar.

Al igual que en el Renacimiento, el comercio de la comunidad sigue girando  en torno del arte. Abundan talleres fundiciones y marmolerías, y eltrabajo sigue siendo artesanal familiar, con los secrttos del oficio, heredados de generación en generación. Sin duda, por eso llegan tantos artistas a Pietrasanta.

Sin embargo, el artista más importante que no es italiano, sino colombiano. Y un detalle que refleja su importancia, es que la escultura monumental de bronc, colocada en la entrada principal del pueblo, es el Guerrero romano de Fernando Botero.
Pero no se trata de una casuaidad, porque Botero se traslada a llí tres meses cada año para trabajar en sus obras mundialmente conocidas.

Botero es uno de los artistas más prolíficos del siglo
XX. Por lo general, a diferencia de lo que sucedía en el Renacimiento, el artista moderno es escultor, pintor, dibujante  o acuarelista. Botero, en cambio, semejante a otro caso excepcional, Picasso, parece una locomotora de trabajo que no cesa de buscar nueva formas de expresión.

En efecto, pocos se mantienen tan activos en campos tan diversos. Y la forma en que lo logra, es que labora durante todo el año, pero reparte su tiempo en lugares distintos para trabajar en técnicas diferentes.

Así, cuando está en París, en su estudio de la Rue du Dragón, trabaja en óleos sobre lienzos de gran formato; cuando se traslada a Nueva York, donde tiene un apartamento sobre Park Avenue, labora en óleos de formato pequeño y mediano; en Montecarlo tiene un bello estudio con vista al puerto y realiza acuarelas y dibujos en pastel, sanguina o carboncillo.


El invierno lo pasa en una playa mexicana donde se concentra en dibujos y bocetos para obras mayores. Pero es sólo en el verano y en Pietrasanta donde hace sus esculturas
, las cuales han sido expuestas en las avenidas más importantes del mundo, incluyendo, entre otras, los Campos Elíseos de París, Park Avenue de Nueva York, el Paseo de la Castellana de Madrid, y los jardines públicos de Montecarlo.

En Pietrasanta, el día de Botero gira alrededor de una obsesión: el trabajo. Vive con su esposa, la escultora griega Sophia Vari, en una casa hermosa pero sencilla, construida en la montaña, a la misma altura del campanario del pueblo.

La casa es típicamente toscana: de dos plantas, con la fachada  color terracota, un bello jardín que emana aroma de albahaca, romero y lavanda, y una terraza de lajas de piedra. Al lado de la propiedad hay un bosque de olivos centenarios, y la luna queda atrapada entre las ramas cuando se asoma en las noches de verano.

La vista desde la terraza es preciosa: si el visitante se para al lado de la Venus, la escultura de bronce  de Botero, que tiene el tamaño de un hombre, puede apreciar  el pueblo tendido a sus pies, con las tejas de las casas de barro cocido, la torre del campanario de ladrillo del siglo XIII, la línea del ferrocarril que atraviesa el poblado, y, a lo lejos, la vasta plancha de acero del mar, con una franja en llamas por el sol del ocaso.


Botero y Sophia se despiertan temprano, desayunan un café con frutas en la cama, y el maestro lee, sin falta, su diario favorito, “The Herald Tribune”. En seguida se enrolla una toalla en la cintura, y sale a bañarse en una ducha externa que él mismo construyó en la parte de atrás de la casa, entre los árboles, con paredes de estera y un fuerte chorro de agua refrescante.

Se viste de manera informal y desciende por la escalera de piedra que serpentea entre el jardín hasta llegar a su estudio.Ingresa a él a las nueve pasadas, y no vuelve a abrir la puerta sino cuando sale a almorzar, casi a las dos de la tarde.

Si uno observa al artista a escondidas, por la gran ventana que ilumina el estudio, lo ve absorto en su trabajo. Labora concentrado en el barro que va moldeando con las manos a una velocidad sorprendente sobre un banco alto que gira cada rato para estudiar la figura desde otro ángulo. El resto del estudio impacta por el desorden. Hay una mesa oculta bajo montañas de papeles, cuadernos abiertos con bocetos hechos a lápiz, y faxes procedentes de todas partes del mundo.

El piso está cubierto con el polvo de los yesos que el artista pule y pule hasta quedar satisfecho. Hay una caneca llena de barro, un atomizador con agua para que el barro no se seque, y una colección de utensilios de trabajo, como instrumentales de cirugía, desgastados por el uso. En las paredes hay fragmentos de pintura al fresco. Estos son ensayos que Botero realizó, con un esfuerzo brutal por dominar la técnica original del siglo
XIV, para pintar dos frescos enormes. "El cielo y el infierno" y "La puerta del paraíso", en la iglesia de La Misericordia.

Como se sabe, el humor es parte esencial de su obra, y en esa ocasión el maestro incorporó en la caldera del infierno su propio retrato, así como el de Sophia, e incluso el de Mario, el jardinero de la casa que le ayudó a preparar los muros de la iglesia.Cuando Botero sale a almorzar, se dirige con Sophia en su pequeño vehículo a la playa para reunirse con la familia que lo visita en el verano. Llega en diez minutos a Rossina, el balneario donde el artista alquila un par de tiendas para la temporada. Este bagno o balneario es uno de los tantos sobre los kilómetros de playa de la Spezia. Cada uno es de un color diferente y tiene sillas de lona bajo tiendas en la arena, perfectamente ordenadas, y toallas del mismo color del establecimiento. Hay cabinas pintadas de azul y blanco para ponerse el traje de baño, y duchas de agua tan fría que corta el aliento.

La familia en pleno se instala en el restaurante informal del lugar, en sillas rústicas de madera bajo una pérgola de bambú, y ordena platos típicos y ligeros: “Focaccia con prosciutto" y "mozzarella", pasta con almejas, o ensalada fresca de tomate y atún. Después, todos ellos se dirigen a las tiendas para conversar, reposar el almuerzo o bañarse en el mar, y mientras sus hijos leen y hablan en voz baja, Botero hace siesta de una hora. Al final, Sophia lo despierta, y los dos regresan a la casa a seguir laborando.


Por lo general, la jornada de trabajo se extiende sin pausa hasta las ocho de la noche. Sin embargo, hay tardes en que Botero sale en vespa, las pequeñas motos que abundan en Italia, para visitar las fundiciones y averiguar cómo van sus esculturas.

La técnica de los talleres es la misma que se ha empleado desde los tiempos de la antigua Grecia: la escultura que el maestro ha creado de barro, primero es convertida en yeso, y luego que el artista vuelve y redondea la figura, puliendo el yeso con rastrillos diminutos en su estudio, la obra pasa a manos de los fundidores
. El proceso que sigue es largo y difícil.

Los artesanos sacan un molde de la escultura, y después, en varias etapas de trabajo minucioso, lo funden en bronce. Unos vierten en los moldes los chorros de metal derretido como si fuera lava ardiente; otros sueldan con sopletes las piezas de las esculturas monumentales, y otros más, bañan las figuras con capas de químicos para que la oxidación produzca la pátina verde, negra o marrón deseada. Botero es amigo de los orfebres, y charla con ellos sobre el proceso y se asegura de que las cosas marchan a la perfección.


A la salida, el maestro se dirige casi siempre a su otro estudio, semejante a un gran depósito, donde guarda sus obras colosales. Está ubicado cerca de las funderías, y tiene un salón enorme donde yacen los bronces monumentales que le han dado la vuelta al mundo, y otro donde reposan los yesos que parecen gigantes derrumbados en el piso. El estudio es como una especie de bodega, y la imagen de las esculturas de todos los tamaños, amontonadas en un mismo recinto, es simplemente abrumadora.
Entonces Botero regresa a casa, y sigue trabajando hasta la hora de cenar.

Uno de los planes favoritos del artista es salir a comer con su familia o amigos. Pietrasanta, como toda la Toscana, es famosa por su comida exquisita. Botero es un hombre puntual, y a las nueve salen todos de la casa y descienden por la
loma empinada que desemboca en la plaza del pueblo.

De noche, la plaza hierve de actividad. Con frecuencia hay esculturas de artistas locales expuestas al público, y los niños  corren alrededor de las obras; los  jóvenes se reúnen en las escaleras  de mármol la iglesia, y atrás, sobre  la montaña, se ven las ruinas de la  muralla romana iluminadas en la noche. Botero atraviesa la plaza, y no parece notar que la gente lo reconoce. No advierte a los artistas, sentados en los cafés, que se codean y lo señalan con admiración, y sigue su camino, charlando y riendo, hasta llegar al restaurante. Hay varios, estupendos, en el pueblo. Cada uno tiene una especialidad distinta, pero en todos la comida parece un banquete, y el maestro la acompaña, sin falta, de un excelente vino tinto de la región.

Después de la cena, Botero sugiere un licor antes de dormir, y regresa conversando con sus invitados a la plaza, donde buscan el café menos lleno, y se acomodan en el que queda al pie del teatro del pueblo, o en el que lleva el nombre de Miguel Ángel porque en esa casa se hospedó el famoso escultor cuando vivió en Pietrasanta.

Botero siempre ordena "grappa", el licor que caldea las entrañas con su sabor fuerte a madera seca, semejante al aguardiente. Es común en esos momentos que la conversación gire alrededor del arte. El es un hombre de opiniones sólidas, se mueve como pez en el agua por la historia de la pintura, y de la misma manera que resalta la grandeza de las obras de antaño, creadas por maestros como Giotto, Bellini o Piero dellaFrancesca, lamenta la aridez del panorama actual, y no es raro que afirme con cierta indignación: "este fin de siglo es el más pobre y estúpido desde el punto de vista de la creación artística".

Pasada la medianoche, es hora de dormir, y comienza el lento ascenso hasta la casa.

Botero se despide con Sophia del resto de la familia, y poco a poco se van apagando las luces de las habitaciones. Hace calor en el verano, y por las ventanas abiertas resuenan los bronces del campanario del pueblo, y se oye el distante temblor de un tren que se pierde en la noche. El artista duerme, pero al día siguiente madrugará de nuevo para seguir creando y buscar nuevas soluciones a los eternos problemas del arte.

Obras poco vistas son exhibidas en nueva ala del Museo de Antioquia

Un total de 300 obras recopilan parte de la historia del arte del país. Coleccionistas privados y entidades públicas se unieron para la exposición.

La nueva ala, de 1.500 metros cuadrados para exposiciones, fue inaugurada esta semana con un paseo por cerca de un siglo del arte en Colombia.

El Museo, abierto hace tres años, es conocido por contener parte importante de pinturas y esculturas de Fernando Botero. La nueva sección tuvo un costo de alrededor de 1.800 millones de pesos. Con la adición el área total es de 14.000 metros cuadrados.

Para Pilar Velilla, su directora, si la entidad pudiera adquirir la colección ideal, seguramente se acercaría mucho a la que exhibe para la ocasión en 35 de sus salas.

‘De lo privado a lo público, arte para todos', recoge 300 pinturas, fotografías y esculturas de artistas colombianos, cedidas o prestadas para la ocasión.

“Aunque tenemos cerca de 3.500 piezas, un museo usualmente muestra el 40 por ciento y el resto es reserva para rotar. Esta es una muestra ideal para conformar la colección”, dice la Directora.

La colección del Museo adolece de vacíos que para esta ocasión fueron llenados en parte por coleccionistas y compañías como Suramericana, Fabricato, Coltejer y la Nacional de Chocolates, que facilitaron sus obras.

También participaron entidades como el Museo Nacional, el Banco de la República, el Palacio de la Cultura, el Museo de arte Moderno de Medellín y la Casa Museo Pedro Nel Gómez.

Al final se tiene un recorrido por la historia del arte colombiano y antioqueño entre finales del siglo XIX, con los oscuros retratos al óleo de la época, hasta finales de los años 80.

“Son 100 años de arte en el país y aunque tenemos más de unos artistas que de otros, quien aprecie las obras queda enterado de lo que ha sido el arte en Colombia”, dice el curador Alberto Sierra.

Lo que sí queda claro es que, aún con ausencias, es la oportunidad de ver obras a las que la mayoría no ha podido acercarse por estar en oficinas o colecciones privadas de Bogotá, Cali, Tunja, Cartagena y otras ciudades.

Obregón, Grau, Débora Arango, Epifanio Garay, Andrés Santa María, Luis Alberto Acuña, Saturnino Ramírez, Pedro Nel Gómez, Humberto Chaves, Maripaz Jaramillo y Pedro Alcántara, son nombres que están colgados en las paredes.

Si bien hay joyas como una decena de cuadros de flores de Francisco Antonio Cano, pocas veces vistos juntos, lo importante en realidad es el recorrido colectivo, que con juicio, tarda cerca de hora y media.

Por ser temporada de vacaciones, el Museo de Antioquia abrirá diariamente hasta la tercera semana de enero, con excepción del 31 de diciembre y el primero de enero. La entrada cuesta 6.000 pesos y con carné de estudiante 4.000. Los niños entran gratis.

Medellín

 

Ficha de Museo

Ficha del Museo

FERNANDO BOTERO (1932)

Fernando Botero, pintor colombiano, . Nació en 1932 y comenzó su trabajo como ilustrador. En 1950, parte a Europa, en donde asiste la Academia de San Fernando en Madrid, y estudia a Velásquez y  Goya, copiando sus obras en el Museo del Prado  y estudiando luego los maestros de Florencia.

Vivió en  México en 1956-57 y la experiencia del Muralismo mexicano ejerce  una influencia perceptible en su carrera  pictórica.

En su propio trabajo, Botero introdujo las formas infladas, soplando hasta figuras humanas exageradas de un tamaño, características naturales, y objetos de todas las clases, celebrando la vida dentro de ellas mientras que de imitación su papel en el mundo. Él combinó lo regional con lo universal, refiriéndose constantemente a su Colombia nativa y también creando las parodias elaboradas de obras de arte a partir del pasado - si Dürer, Bonnard, Velázquez o David. No sin humor, los símbolos de la energía y la autoridad por todas partes - los presidentes, los soldados y los sacerdotes - todavía se apuntan en sus ataques contra una sociedad infantil en su comportamiento.

 

 

 

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