| ARTE COLOMBIANO |
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TRIUNFO DE LA JUVENTUD EN LA PINTORA
COLOMBIANA
DEBORA ARANGO
FERNANDO UREÑA RIB
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Picardía y vitalidad emanan
sutilmente de las obras de la hoy nonagenaria pintora colombiana
Debora Arango, quien en 1996 presentara una exposición retrospectiva
de en la prestigiosa biblioteca Luis Ángel Arango, adscrita al Banco
de la República en Bogotá. En las más de 260 obras se permitía
apreciar la riqueza de su anecdotario y la profundidad de su óptica
pictórica. Óptica que nunca elude una cierta ironía, un humor
soterrado y crítico con el que atrapaba el ojo inquisitivo del
espectador y revela las entrañas de la sociedad colombiana.
Debora Arango afirmaba ""La
vida con toda su fuerza admirable no puede apreciarse jamás entre la
hipocresía y el ocultamiento de las altas capas sociales: por eso mis
temas son duros, acres, casi bárbaros [...] me emocionan las escenas
rudas y violentas".
De hecho, Debora
Arango fue uno de los artistas que en febrero de 1944 firmó en
Medellín el "Manifiesto de los artistas independientes de Colombia",
dirigido a los artistas de las Américas y en el que figura al lado de
los antioqueños Pedro Nel Gómez, Rafael Sáenz, Gabriel Posada, Octavio
Montoya, Jesusita Vallejo (1904), Gabriela Sierra, Maruja Uribe y
Laura Restrepo. Este manifiesto causó conmoción en su momento, y
aunque estaba repleto de ideas ingenuas, sirvió para definir una
actitud y estimular una acción impostergable del artista y del
espectador frente a los males de la sociedad.
Debora Arango pintaba
desnudos cuando aquello era un escándalo mayúsculo, causando disputas
acaloradas en los círculos sociales y culturales. Finalmente su visión
del arte se impuso, triunfó la juventud de aquella época que reclamaba
el derecho de abordar cualquier tema hasta las últimas consecuencias.
Hoy, a sus noventa y tantos años, esa juventud y esa tremenda
vitalidad se manifiesta en los lienzos, en las acuarelas y en los
diálogos de esa gran pintora colombiana del siglo XX.
Fernando Ureña Rib
Reacondicionamiento crítico - El género del desnudo en la obra de una
mujer
La
problemática de la mujer artista y el tratamiento del desnudo están
profundamente vinculados en el caso de Débora. Hacia 1938, ya existía en
Medellín la intención de dejar a un lado los bodegones y los paisajes.
El escritor José Mejía y Mejía denunció en varias oportunidades "la
indocta pupila colombiana ... atascada en los lagos, atardeceres y
ganado vacuno, material pictórico inconfundible, de los pintores Zamoras",
y criticó "las castas retinas centenaristas, secularmente habituadas a
los cromos agropecuarios de Leudos y Zamoras".
Débora recuerda cuando
Pedro Nel Gómez les habló a sus siete alumnas, después del éxito que
obtuvieron en una exposición en julio de 1938: "Nos motivó para que nos
soltáramos, pero sobre todo para que superáramos la etapa del paisaje y
de la naturaleza muerta. Abiertamente nos planteó que nos introdujéramos
en el desnudo, que era a su juicio en ese momento [...] lo más bello de
la pintura. Mis compañeras se espantaron y enfáticamente rechazaron
asumir esta temática [...] por moralismo. Por esta razón me dediqué a
pintar sola".
¿Qué significó para
Débora el desnudo? La máxima consagración de un artista. "El desnudo es
un paisaje en carne humana", afirmó tempranamente. Débora trató el
desnudo a escala 1:1, con una naturalidad sin límites, con voluptuosidad
y en busca de la expresión. Sus hermanos médicos, Tulio y Luis Enrique,
fueron sus maestros de anatomía artística. Su hermana Elvira, una
muchacha caleña y una escritora le sirvieron de modelos.
El tratamiento original
y antiacadémico que le dio a este género, la distanció de su maestro
Pedro Nel Gómez y la aproximó a Carlos Correa (1912-1986), un artista
que al decir del crítico Casimiro Eiger, demostraba "una originalidad
tan auténtica, de vocación tan profunda, pintor sufrido y desgarrado de
una síntesis imposible".
Con la exposición en el
Club Unión de Medellín, en 1939, vino el primer escándalo; en la del
foyer del Teatro Colón, en 1940, el siguiente; en 1942 otro y así
sucesivamente. El motivo: sus desnudos. Los términos mujer y desnudo son
aún tabú en la sociedad colombiana. Siempre ha desconcertado que este
género sea tratado por una mujer, como si ello constituyera una amenaza
a las costumbres, al punto que el obispo de Medellín llamó a Débora para
reconvenirla y aclararle que Pedro Nel Gómez sí los podía pintar porque
era hombre.
Los escritores se
aproximaron a este tipo de obras de Débora, de distinta manera. Luis
Vidales habló de "masculina potencialidad en el modelado y audacia en el
trazo". Otros se preguntaron si se trataba de una mujer varonilizada. El
Liberal la encontró "encantadora, sencilla, íntegramente femenina [...]
una mujer como casi todas las mujeres colombianas, pero que se
diferencia de ellas en que tiene una virtud admirable: el valor".
El arte de Débora
Arango puso en evidencia la ambigüedad moral de una sociedad que insinuó
que pintaba esos temas porque los había vivido. El diario La Defensa
habló de "pinturas al déshabillé [...] de falta de higiene moral" . En
el discurso de presentación de la obra de Débora Arango en el foyer del
Teatro Colón, César Uribe Piedrahíta afirmó: "Quién iba a suponer que de
un rincón de la montaña austera, de un ambiente timorato e hipócrita
viniera una niña artista, pintora de grandes desnudos e iluminada con
clara luz de la naturaleza inocente ... Esta exposición de pintura ha de
servir para rasgar el velo de falso pudor y de hipócritas prejuicios
tras el cual se esconden maliciosamente moralistas corrompidos".
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¿Cómo nos mira Débora Arango?
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¿Cómo la miraban sus contemporáneos y cómo la miramos hoy, nosotros,
gente de final del siglo y del milenio??? Tal parece una buena
perspectiva para evaluar y dilucidar el sentido de su obra, hoy colgada
en la Luis Ángel Arango.
Inquietante en sus distintas significaciones de imágenes, formas,
colores, materiales, interpelaciones. Polifónica por los caminos
escogidos: el retrato, el desnudo, lo social, lo político. Figurativa y
expresionista por la semántica de los lenguajes pictóricos. Realista
crítica y testimonial por las tendencias conceptuales y de escuela en
que se manifiesta su arte.
Débora Arango forma parte sustantiva de la historia del arte colombiano,
así no figure en algunas de sus historias, ni se destaque su
importancia. Paradójicamente, este hecho, la censura, el veto, le dan
nuevas y profundas valoraciones.
Hay que decir que es la pintura de una artista-mujer o de una
mujer-artista. Esto le da una significación distinta, peculiar por la
perspectiva de su trabajo, de su exploración visual, de su mirada. Es lo
femenino viendo lo femenino desnudo. El cuerpo y el alma en su desnudez
presentados por Débora Arango. Pues no es sólo que un desnudo lo pinte
una mujer. Que la condición humana de los miserables, humillados y
ofendidos, de los infames, como dice Foucault, los pinte una mujer. Que
el 9 de abril, las violencias, la protesta estudiantil, la dictadura
militar, la crítica y caricatura de Alberto Lleras y Guillermo León
Valencia los pinte una mujer. Ni que una mujer satirice ácidamente a
otra mujer, como en el caso de doña Berta. Porque bien hubiese podido no
suscitar reacción alguna.
Lo que produce una censura y reacción tan enconada de Laureano Gómez
como dueño de la moral, la tradición, el orden, los valores y el partido
conservador es que Débora Arango es una artista, con todas las de la
ley. Con los cánones de formación académica, estudios, disciplina y
trabajo. Con obra hecha y por hacer, en pleno proceso de madurez, de
fortalecimiento espiritual, de búsqueda e imaginación. Es la misma razón
por la que curas y arzobispos la censuran y la estulticia de exponentes
de las clases altas se escandaliza ante su obra. Ahí está el detalle. En
esa combinación de ciertos temas, lenguajes, simbolismos, escuelas y
quien lo hace. Una mujer-artista.
La artista podrá expresar su estética: "Un desnudo no es sino la
naturaleza sin disfraces, tal como es, tal como debe verlas el artista:
un desnudo es un paisaje en carne humana". "Mis temas son duros, acres,
casi bárbaros, por eso desconciertan a las personas que quieran hacer de
la vida y de la naturaleza lo que en realidad son". "Mi especialidad es
la figura, naturalmente, y más que la figura la expresión", y este
aforismo que Débora inscribe como divisa y lo es de todo artista y todo
arte genuinos: "Yo tengo la convicción de que el arte como manifestación
de la cultura, nada tiene que ver con los códigos de la moral. El arte
no es amoral, ni inmoral. Sencillamente su obra no intercepta ningún
postulado ético".
Débora Arango gozó del aprecio y reconocimiento de otros. De Jorge
Eliécer Gaitán, quien como ministro de Educación promovió una exposición
suya en el Teatro Colón de Bogotá, que tuvo que ser cerrada ante la
ruidosa oposición de Laureano Gómez. De los periodistas liberales y de
izquierda, los escritores, sus colegas, pintores y escultores. El arte
de Débora Arango polarizaba, provocaba, interpelaba. Rasgaba los velos
de la hipocresía, los dogmas y la mojigatería.
Una pintura de lo prohibido y de lo escandaloso. Lo que se muestra es lo
más nocturno, como la prostitución, y lo más cotidiano de la existencia.
Allí en esa pictórica hay una estética de lo social y de lo popular,
toda una violencia concentrada, también gestual, toda una ofensa, una
humillación que ninguna pintura o muy pocas y también pocas literaturas
han podido asumir. ¡Era lo que sentía esta artista y de qué forma!!!
Ella penetra en la vida oscura, el prostíbulo, la soledad del desnudo,
el sexo expuesto y expósito. La prostituta es el personaje de Débora,
como mujer desnuda o puesta en escena, como en Amanecer y en Amargada. Y
ese cuadro de hombres viciosos y grotescos, verdaderamente infames, que
nos lleva a la presencia de las ausentes en el prostíbulo: Los que
entran y los que salen.
Darío Ruiz Gómez, en El icono de lo Marginal, ha escrito: "Sirvientas,
borrachos, prostitutas constituyen lo que es asocial o antisocial en la
media en que están fuera del código, —normas, principios, modelos— de la
sociedad establecida. El escándalo que acompaña a su obra no se debe
tanto a la fealdad de su temática, a sus deformaciones, sino a esta
violencia que está implícita en el color liberado, en la manera como
llega a conferir carácter de iconografía a ese mundo que la institución
quiere olvidar".
El desnudo es maravilloso en todas las épocas y circunstancias del arte.
Es volver a la verdad de lo humano. El más democrático de los motivos
según escribe en El erotismo en el arte el crítico Gilles Néret.
Hay que decir que la pintura política en Débora Arango es otra cosa.
Trae relación y está en el contexto de su inventario, de su repaso de
retratos, desnudos y mundo de la vida de las gentes humilladas y
desesperadas. Es distinta de la crítica social. La hay como testimonial
alegórica en su abigarrado Gaitán. Satírico a la manera del Burundún
Burunda como en 13 de junio, La justicia, Melgar; La huelga de los
estudiantes y Junta militar. Drama y tragedia a la manera de Viento
seco, como en Tren de la muerte y El cementerio de la chusma o mi
cabeza.
Patricia Gómez, Alberto Sierra y Beatriz González han elaborado las
presentaciones de contexto, influencias y significados en el catálogo de
esta exposición retrospectiva. Jorge Orlando Melo ha escrito el mayor
elogio: "[...] la obra de la más importante y significativa artista
colombiana del siglo XX, y cuya vigencia depende tanto de sus innegables
cualidades estéticas como de su peculiar relación con los procesos
culturales de su tiempo".
La clave de la actualidad de la pintura, de la permanencia, es para mí,
la expresión, la mirada de sus desnudos y personajes. La clave me la dio
volver a ver ¿Qué hay de nuevo?, de Gauguin.
RICARDO SÁNCHEZ
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