Asistimos, en José Luis Cuevas, a los
funerales de un extraño personaje cuyo destino no es posible determinar
con precisión a simple vista y cuya alma vemos debatirse entre limbos de
horror y fatídicos pasajes infernales. Los atavíos, las máscaras, los
rituales, las fieras, y los símbolos del poder desfilan en estos
funerales con o sin atuendos, con rostros
propios de Dante o de Fellini,
y una que otra vez el reiterado niño que mira con ojos de asombro y de
miedo la procesión de monstruos sagrados y el aquelarre perturbador de
la inocencia.
Pocos artistas conocen como
Cuevas los caminos sinuosos del horror y pocos han sabido explorarlos
con tan deleitable suspicacia. José Luis Cuevas no se aterra, su
antorcha prevalece iluminando la oscuridad circundante y aterrando, eso
sí, a los incautos y a los poco valientes. Una urdimbre de trazos atrapa
las deformaciones y distorsiones anatómicas con particular encanto y el
color, secundario, sirve apenas de vórtice catalizador de las tórridas
escenas.
Para José Luis Cuevas el
rescate de la humanidad no es ya posible y nos queda, simplemente,
familiarizarnos y aprender a amar ese horror.