ARTE ECUATORIANO

 

ANIBAL VILLACÍS

CAMILO EGAS

ENRIQUE TÁBARA

EDUARDO KINGMAN

ESTUARDO MALDONADO

JORGE ARTIEDA

LUIGI STORNAIOLO

MARIA VERÓNICA LEÓN

MARCELO AGUIRRE

OSWALDO VITERI

OSWALDO GUAYASAMÍN

VOROSHILOV BASANTE

 

CUENTOS

LA INICIACIÓN

CELAJES

MAL ENAMORADA

EL NAHUAL

PULPO A LA GALLEGA

LA PORTEÑA

LA TOSCANA

LA PUTANA DE PERPIGNAN

LA TORRE VIGILADA

LA SOLUCIÓN EN EL OMBLIGO

LA VENUS DE TABOGA

LA SALAMANDRA

VIENTOS DEL NORTE

LA VINDICACIÓN DE OMAR

EL ABRAZO

 

ABSTRACCIONES

AMAZONAS

ANATÓMICA

CRISÁLIDAS

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DESNUDOS

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FORTUNA

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LÚDICA

METAMORFOSIS

MISTERIOS SALINOS

NINFAS

ONÍRICA

ORÁCULOS

OCEÁNICA

ORGÁNICA

RETRATOS

 

PINTURA ECUATORIANA
 

EL VALLE DE LOS DIOSES EN LOS DESGARRAMIENTOS PICTÓRICOS DE
 
JORGE ARTIEDA
 

 




D
e entrada se advierte el ardid. Sospecha que podría ser usted (el espectador) el blanco de un ataque visual inesperado. Intuye que es usted la víctima propiciatoria. Notará que se le apunta desde un eje, que desde un punto central le disparan sin yerro fuerzas concéntricas, magnéticas, telúricas. Primero le golpearán en el rostro estas osadas imágenes de Jorge Artieda. Luego le sacudirán las vibraciones, le asaltarán como dardos los agudos contrastes, las afiladas aristas y le caerán encima rombos y círculos saturados de fino polvo de mármol y de engrudo. Se sentirá atrapado entre tensas cadenas, liado en las redes de algún naufragio. Advertirá los alambres de un fuselaje y creerá ver en las imágenes mapas geodésicos, planes bélicos, la memoria de hegemónicas transiciones.

De alguna manera sabrá que no le será posible ya escapar al asedio. No le será posible volver atrás. Usted sabe que habrá de enfrentar esta obra concienzudamente.
Si se decide por auscultar meticulosamente el espinoso terreno descubrirá cuerpos ocultos, minas, trincheras solitarias. Vestigios de una guerra que no le es ajena. Usted toca estas imágenes a su propio riesgo. El peligro no está, sin embargo, en las texturas irisadas, punzantes y alteradas. El secreto no está en las oxidaciones, ni en grumos oscuros que se desprenden de los muros, ni en las grises superficies tratadas con la sustancia misma de la que se construye el tiempo. El enigma va más allá de toda esa rica y espesa materialidad desbordada.
 

La clave , el entendimiento, está entre usted y él. Y él está probablemente lejos, en el borde mismo de la línea equinoccial, en otras altitudes, a cinco mil metros sobre el nivel del bien, sobre el nivel del mal. Allá en el Valle de los Chillos, que para los indios, en quechua, significa el Valle de los Dioses. Escondido en un bunker Artieda pinta a la sombra de pacíficos álamos y milenarios sauces. Se llega a su estudio con el paso aletargado por el soroche.

Un camino empinado, recortado y estrecho se sigue bajo la lluvia fresca. Se sube al taller como quien sube a un templo ancestral. Las paredes blanquísimas y en el alto techo enormes claraboyas de luz que transforman la lluvia de la tarde en cristales de luna . Allí la obra le golpeará de nuevo con intensidad. A pesar del frío y de la altura siente usted el bullir de las calderas. La obra de Jorge Artieda se cuece sin prisa. Usted advierte que ocurre una alquimia transformadora en el trasfondo. Como en los lugares sagrados, el tiempo deja de existir en el taller de Artieda.
 

Una vez que ha aceptado usted con unción y reverencia las cláusulas rituales, no declinará el haber sucumbido a las tentaciones preliminares de Artieda: una mancha blanca que irrumpe iridiscente, un círculo fulgurante, una señal de alerta. Porque gracias a ellas descubrirá que esta obra no se trata de una simple estratagema ni de un ligero artificio de atracción visual. Usted percibirá que detrás del aparente bombardeo visual subyace no solo una sólida estructura compositiva, matemática y a veces algebraica, sino que hay en estas pinturas un armazón estricto, un andamiaje en el que cada elemento responde a un orden cuidadosamente prescrito; y se asombrará de que more en ellas, palpitante, vital la confluencia dos mundos. La confluencia a veces chocante, de dos mundos poderosos.
 

El primero, el que salta a la vista, no es de difícil conjetura: Es el mundo racional de la contemporaneidad plástica, de la abstracción occidental, europea, que conquista el viejo anhelo de reducir el mundo a ciertos principios esenciales. Sin embargo, el campo de batalla está delineado ahí. Ahí mismo están las marcas, las señales, las cruces. De un lado los bastiones, las adargas y del otro las lanzas, el pecho abierto, el corazón henchido, la sangre derramada. Se ve el dolor, el desgarramiento. Se ve con claridad desde la altísima visión del cóndor. Se ve sobre la estructurada geografía de los valles o sobre las altas sierras de pendientes austeras. Se ve el otro mundo, el primigenio. El que nos apunta desde la sombras. Es el que se resiste al olvido. Es un mundo primordial, ancestral y remoto cuya digna presencia justifica poderosamente la obra certera de Jorge Artieda, desde la tupida vegetación del Valle de los Dioses.

Fernando Ureña Rib

 

FERNANDO URENA RIB

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Revisado: May 06, 2013
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