Las repúblicas hispanoamericanas:
Autonomía cultural. ANDRÉS BELLO
El aspecto de un
dilatado continente que aparecía en el mundo
político, emancipado de sus antiguos dominadores, y
agregando de un golpe nuevos miembros ala gran
sociedad de las naciones, excitó a la vez el
entusiasmo de los amantes de los principios, el
temor de los enemigos de la libertad, que veían el
carácter distintivo de las instituciones que América
escogía, y la curiosidad de los hombres de Estado.
Europa, recién convalecida del trastorno en que la
revolución francesa puso a casi todas las
monarquías, encontró en la revolución de América del
Sur un espectáculo semejante al que poco antes de
los tumultos de París había fijado sus ojos en la
del Norte, pero más grandioso todavía, porque la
emancipación de las colonias inglesas no fue sino el
principio del gran poder que iba a elevarse de este
lado de los mares, y la de las colonias españolas
debe considerarse como su complemento. Un
acontecimiento tan importante, y que fija una era
tan marcada en la historia del mundo político, ocupó
la atención de todos los Gabinetes y los cálculos de
todos los pensadores.
No ha faltado quien crea que un considerable número
de naciones colocadas en un vasto continente, e
identificadas en instituciones y en origen, y a
excepción de los Estados Unidos, en costumbres y
religión, formarán con el tiempo un cuerpo
respetable, que equilibre la política europea y que,
por el aumento de riqueza y de población y por todos
los bienes sociales que deben gozar a la sombra de
sus leyes, den también, con el ejemplo, distinto
curso a los principios gubernativos del Antiguo
Continente. Mas pocos han dejado de presagiar que,
para llegar a este término lisonjero, teníamos que
marchar por una senda erizada de espinas y regada de
sangre; que nuestra inexperiencia en la ciencia de
gobernar había de producir frecuentes oscilaciones
en nuestros Estados; y que mientras la sucesión de
generaciones no hiciese olvidar los vicios y
resabios del coloniaje, no podríamos divisar los
primeros rayos de prosperidad. Otros, por el
contrario, nos han negado hasta la posibilidad de
adquirir una existencia propia a la sombra de
instituciones libres que han creído enteramente
opuestas a todos los elementos que pueden constituir
los Gobiernos hispanoamericanos.
Según ellos, los principios representativos, que tan
feliz aplicación han tenido en los Estados Unidos, y
que han hecho de los establecimientos ingleses una
gran nación que aumenta diariamente en poder, en
industria, en comercio y en población, no podían
producir el mismo resultado en la América española.
La situación de unos y otros pueblos al tiempo de
adquirir su independencia era esencialmente
distinta: los unos tenían las propiedades divididas,
se puede decir, con igualdad, los otros veían la
propiedad acumulada en pocas manos. Los unos estaban
acostumbrados al ejercicio de grandes derechos
políticos al paso que los otros no los habían
gozado, ni aun tenían idea de su importancia. Los
unos pudieron dar a los principios liberales toda la
latitud de que hoy gozan, y los otros, aunque
emancipados de España, tenían en su seno una clase
numerosa e influyente, con cuyos intereses chocaban.
Estos han sido los principales motivos, porque han
afectado desesperar de la consolidación de nuestros
Gobiernos los enemigos de nuestra independencia.
En efecto, formar constituciones políticas más o
menos plausibles, equilibrar ingeniosamente los
poderes, proclamar garantías y hacer ostentaciones
de principios liberales, son cosas bastante fáciles
en el estado de adelantamiento a que ha llegado en
nuestros tiempos la ciencia social. Pero conocer a
fondo la índole y las necesidades de los pueblos a
quienes debe aplicarse la legislación, desconfiar de
las seducciones de brillantes teorías, escuchar con
atención e imparcialidad la voz de la experiencia,
sacrificar al bien público opiniones queridas, no es
lo más común en la infancia de las naciones y en
crisis en que una gran transición política, como la
nuestra, inflama todos los espíritus. Instituciones
que en la teoría parecen dignas de la más alta
admiración, por hallarse en conformidad con los
principios establecidos por los más ilustres
publicistas, encuentran, para su observancia,
obstáculos invencibles en la práctica; serán quizá
las mejores que pueda dictar el estudio de la
política en general, pero no, como las que Solón
formó para Atenas, las mejores que se pueden dar a
un pueblo determinado.
La
ciencia de la legislación, poco estudiada entre
nosotros cuando no teníamos una parte activa en el
gobierno de nuestros países, no podía adquirir desde
el principio de nuestra emancipación todo el cultivo
necesario, para que los legisladores americanos
hiciesen de ella meditadas, juiciosas y exactas
aplicaciones, y adoptasen, para la formación de las
nuevas constituciones, una norma más segura que la
que pueden presentarnos máximas abstracciones y
reglas generales. Estas ideas son plausibles; pero
su exageración sería más funesta para nosotros que
el mismo frenesí revolucionario. Esa política
asustadiza y pusilánime desdoraría al patriotismo
americano; y ciertamente está en oposición con
aquella osadía generosa que le puso las armas en la
mano, para esgrimirlacontra la tiranía.
Reconociendo la necesidad de adaptar las formas
gubernativas a las localidades, costumbres y
caracteres nacionales, no por eso debemos creer que
nos es negado vivir bajo el amparo de instituciones
libres y naturalizar en nuestro suelo las saludables
garantías que aseguran la libertad, patrimonio de
toda sociedad humana que merezca nombre de tal. En
América, el estado de desasosiego y vacilación que
ha podido asustar a los amigos de la humanidad es
puramente transitorio. Cualesquiera que fuesen las
circunstancias que acompañasen a la adquisición de
nuestra independencia, debió pensarse que el tiempo
y la experiencia irían rectificando los errores, la
observación descubriendo las inclinaciones, las
costumbres y el carácter de nuestros pueblos, y la
prudencia combinando todos estos elementos, para
formar con ellos la base de nuestra organización.
Obstáculos que parecen invencibles desaparecerán
gradualmente: los principios tutelares, sin
alterarse en la sustancia, recibirán en sus formas
externas las modificaciones necesarias, para
acomodarse a la posición peculiar de cada pueblo; y
tendremos constituciones estables, que afiancen la
libertad e independencia, al mismo tiempo que el
orden y la tranquilidad, a cuya sombra podamos
consolidarnos y engrandecernos.
Por
mucho que se exagere la oposición de nuestro estado
social con algunas de las instituciones de los
pueblos libres, ¿se podrá nunca imaginar un fenómeno
más raro que el que ofrecen los mismos Estados
Unidos en la vasta libertad que constituye el
fundamento de su sistema político y en la esclavitud
en que gimen casi dos millones de negros bajo el
azote de crueles propietarios? Y sin embargo,
aquella nación está constituida y próspera. Entre
tanto, nada más natural que sufrir las calamidades
que afectan a los pueblos en los primeros ensayos de
la carrera política; mas ellas tendrán término, y
América desempeñará en el mundo el papel distinguido
a que la llaman la grande extensión de su
territorio, las preciosas y variadas producciones de
su suelo y tantos elementos de prosperidad que
encierra.
Durante este período de transición, es
verdaderamente satisfactorio para los habitantes de
Chile ver que se goza en esta parte de América una
época de paz que, ya se deba a nuestras
instituciones, ya al espíritu de orden que distingue
el carácter nacional, ya a las lecciones de pasadas
desgracias, ha alejado de nosotros escenas de horror
que han afligido a otras secciones del continente
americano. En Chile están armados los pueblos por la
ley; pero hasta ahora esas armas no han servido sino
para sostener el orden y el goce de los más
preciosos bienes sociales; y esta consoladora
observación aumenta en importancia al fijar nuestra
vista en las presentes circunstancias, en que se
ocupa la nación en las elecciones para la primera
magistratura. Las tempestuosas agitaciones que
suelen acompañar a estas crisis políticas no turban
nuestra quietud; los odios duermen; las pasiones no
se disputan el terreno; la circunspección y la
prudencia acompañan al ejercicio de la parte más
interesante de los derechos políticos. Sin embargo,
estas mismas consideraciones causan el desaliento y
tal vez la desesperación de otros. Querrían que este
acto fuese solemnizado con tumultos populares, que
le presidiese todo género de desenfreno, que se
pusiesen en peligro el orden y las más caras
garantías. . . ¡Oh!, ¡nunca lleguen a verificarse en
Chile estos deseos!
Aniversario de la victoria de Chacabuco. La
espantosa y larga anarquía que ha afligido a casi
todos los estados hispanoamericanos desde los
primeros tiempos de su independencia, nos parece
llega ahora a una crisis favorable, que no puede
menos de conducir a su última solución. No es éste
para nosotros un puro presentimiento, hijo del vivo
deseo que nos anima por la paz y felicidad general
de los estados hermanos; es mas bien una profunda
convicción, fundada en la misma duración del mal; en
los crueles desengaños que ha sembrado por todo, y
en la decisión general en favor del orden, que ha
llegado a ser el tema, hasta de los mismos
desorganizadores de antes.
Que
los estados americanos tienen en sí mismos los
medios de establecer este orden, y de un modo sólido
y permanente, apenas podrá ponerse en duda, en
presencia de los ejemplos y brillantez de dos de
estos estados que marchando por la misma senda,
tropezando con iguales inconvenientes y sin recursos
ajenos o extraordinarios, han llegado felizmente a
establecer un sistema regular político y económico,
que lleva todas las apariencias de estabilidad y
todos los gérmenes de adelantamientos. Estos estados
especialmente favorecidos son, como es sabido,
Venezuela y Chile, que disfrutan de todos los bienes
de la paz pública y del orden legal, a cuya sombra
benéfica se desarrollan entre ellos sus
instituciones, y crecen cada día en moralidad
pública y prosperidad material.
Y,
¡cosa digna de notarse!, Venezuela y Chile se hallan
sin relación alguna entre sí, y colocados en
extremidades opuestas, como para servir de modelo a
las demás repúblicas hermanas, marcando a todas
ellas la diferencia que existe entre el orden y la
anarquía, la exaltación y la prudencia, y para hacer
ver a las naciones extrañas que no debe desesperarse
de la suerte de unos países llamados a grandes
destinos, aunque extraviados ahora de la senda que
conduce a la verdadera felicidad de las naciones por
pasiones muy excusables en la infancia de ellas, y
atendido su origen, inexperiencia y todos los
antecedentes de su existencia política.
He aquí también las causas que han movido nuestra
pluma siempre que hemos tratado de hacer ver las
ventajas de nuestra situación feliz, y que nos han
hecho aprovechar y aun buscar las ocasiones de
inculcar el amor al orden, para hacerlo amar más y
más de nuestros conciudadanos, y atraer sobre él y
sobre nosotros mismos las miradas de los pueblos
americanos, menos felices que nosotros, y
necesitados por consiguiente de los argumentos del
ejemplo y de los hechos. En esta obra, protestamos
que jamás ha entrado la menor parte de vanidad o
jactancia, o el ridículo orgullo de representarnos a
los ojos del mundo como un pueblo excepcional entre
los que tuvieron el mismo origen, o como
especialmente llamado a diferentes destinos que los
demás; semejante superficialidad sería indigna del
carácter del país, y de la experiencia que acerca de
la inestabilidad de las cosas públicas en los países
nacientes, hemos llegado a adquirir a costa de los
grandes sacrificios y desgracias que hemos
arrostrado en común con las nuevas naciones
americanas.
Estamos persuadidos, por el contrario, que lejos de
dar la debida importancia a los hechos salientes de
nuestra historia de ayer y la de ahora, y de
representarlos con el relieve correspondiente, o los
rebajamos a veces nosotros mismos, o dejamos a la
posteridad el cuidado de hacernos la debida
justicia; dejamos, por ejemplo, como olvidada la
última gloriosa campaña de nuestras armas en el
exterior, su grandiosa terminación en Yungay y el
desinterés y magnanimidad de Chile en toda la obra
de la restauración del Perú; acaba de pasar el 20 de
enero sin un recuerdo de estos hechos, y sin que
nadie mencione que Chile adquirió desde su primer
ensayo sobre las fuerzas españolas el dominio del
Pacifico, que ha sabido conservarlo, y que de Chile
y por él se han hecho todas las expediciones
marítimas de importancia, incluso la de la
restauración en beneficio de la causa americana.
Más
extraño parece todavía el que no se fije bastante la
atención acerca de lo que pasa actualmente entre
nosotros, sobre todo después de aquella gran crisis
electoral del año precedente (1841) y en esta misma
estación, que parecía a los ojos de muchos de un
peligro inminente para la paz pública, sin que
faltaran otros que la considerasen como el paso
preliminar de una disolución inevitable, o de
verdadera retrogradación hacia los tiempos de
confusión y desorden. Y sin embargo, Chile y sus
instituciones salieron triunfantes de aquella penosa
prueba; nació de ella misma la obra de la
reconciliación de los ánimos; la paz pública y el
orden legal se cimentaron y establecieron sobre
fundamentos más sólidos que nunca; y se abrió una
nueva era de civilización y adelantamiento, de cuyos
beneficios participan actualmente todos los
chilenos.
Después de esto, y en medio del cuadro brillante de
actividad industrial y de espíritu de empresa que
nos rodea, y del prospecto más halagüeño todavía de
continuada paz, y de mejora y prosperidad
crecientes, tal vez es un signo nada equívoco de
nuestra solidez de principios y sobriedad de
aspiraciones en el orden político, esa misma
modestia que nos hace como olvidar las páginas más
gloriosas de nuestra historia y no dar importancia a
los adelantamientos de todo género que hemos
conseguido a favor de esos mismos principios y del
orden público felizmente establecido. Pero semejante
modestia, compañera inseparable del verdadero
mérito, en los individuos como en las naciones
aventajadas, no debe ser llevada demasiado adelante,
o en perjuicio de los bienes que podrían resultar a
otros y a nosotros mismos, dando a conocer nuestra
situación actual, y los medios por donde hemos
llegado a ella. Importa que la conozcan, lo
repetimos, los pueblos hermanos, por lo mismo que
les deseamos todo el bien posible, porque estamos
seguros de sus simpatías, para con nosotros.
Sabemos además, por experiencia, que las mismas
ideas más o menos acertadas, y aun los mismos
extravíos, han señalado la carrera de sus buenas y
malas fortunas en todas las secciones americanas
desde el principio de su transformación política; y
creemos deberles un buen ejemplo, que será fecundo
en resultados importantes, y que no dudamos será
seguido, como lo fue de una extremidad a otra el eco
de la independencia y el instinto de libertad,
desgraciadamente pervertido o extraviado en todas
partes, y que ya es tiempo de sobra de que sea
moderado por el buen sentido público y dirigido por
la razón y la experiencia.
Por eso, nunca hemos desesperado de la suerte de
estas nuevas naciones, y aun creemos ver cercano el
día de su paz exterior y doméstica, para darse
mutuamente la mano y caminar juntas por la vía del
orden hacia las mejoras sólidas y la mayor dicha
social. Del mismo modo, creemos de suma importancia
que sea conocida nuestra situación actual por las
naciones europeas, en donde el sobrante de capitales
y de una población activa e industriosa, se hubieran
abierto paso hasta nosotros, hace tiempo, sin las
continuas revueltas y agitaciones que nos han
atormentado, y que hacían incierta, por no decir
imposible, toda especulación industrial o cualquier
empresa fundada en la estabilidad de nuestros
gobiernos e instituciones.
Felizmente, el estado y circunstancias de Chile no
han debido escaparse a la observación de aquellas
naciones; y el hecho de ser este país el primero
que, con el pago exacto de la deuda interior y
extranjera, ha dado positivas pruebas de su empeño
por el restablecimiento de su crédito y el
cumplimiento de sus obligaciones, empieza ya a
reanimar las especulaciones de los europeos, y hoy
se hacen a nuestro gobierno proposiciones de
diversos géneros que deben contribuir al desarrollo
de nuestras riquezas naturales, y que no dudamos,
serán realizadas en breve tiempo Sólo falta que las
ventajas de Chile, así en el orden político como en
el orden industrial, se hagan más generalmente
conocidas; y he aquí el cargo de los escritores
públicos, si desean que se apresure la época de los
grandes adelantamientos a que es llamado el país.
Importa, por último, este conocimiento a los mismos
chilenos, para animarles a las empresas útiles,
estimular las bellas acciones con el ejemplo de
nuestros conciudadanos que más se han distinguido en
obsequio del bien público, y formar el carácter
nacional sobre la base del amor al país y a sus
instituciones, trayendo a la memoria los males y
extravíos pasados, y excitando el entusiasmo
público, por medio de los recuerdos gloriosos de
todas épocas, o de los varones ilustres, a quienes
son debidos los bienes de que disfrutamos.
¿Y
qué días más oportunos para estos grandiosos
recuerdos, que los de Chacabuco y la Independencia,
unidos en un mismo aniversario, como lo habían sido
necesariamente por la fuerza de los acontecimientos?
Sí, la jornada inmortal del 12 de febrero de 1817,
que aseguró la independencia de Chile, y aun abrió
la puerta a la de esta parte de América, debía ser
celebrada al año siguiente y en igual día, con la
proclamación y juramento solemne de esa misma
Independencia, perdida en una época fatal de
desavenencias, y por lo mismo suspirada y más
ansiada que nunca. Imponente y grandiosa fue por
cierto la pompa de aquel día, sin igual el
entusiasmo, puros y fervientes los votos del pueblo.
. . El entusiasmo reparó en breve el desastre de
CanchaRayada, y los votos de la Independencia fueron
sellados con sangre chilena en Maipo.
El dominio español cayó para siempre en Chile; nació
nuestro poder marítimo sólo por obra de este mismo
entusiasmo, y con él solo fuimos a desafiar a
nuestros antiguos señores en el mar, y en aquel
imperio de los Incas, centro de todos sus recursos y
empresas. Cuatro años más tarde había terminado en
toda la América la guerra de la Independencia. Tales
fueron en compendio las consecuencias de aquel
famoso día de Chacabuco, o más bien el rápido
encadenamiento de acontecimientos extraordinarios y
gloriosos derivados de él, que lo harán memorable
para siempre, y que no haya un chileno, que deje de
saludar con entusiasmo la vuelta de cada uno de sus
aniversarios. En el presente que vemos realizados
todos los bienes que se proponían los autores de la
Independencia, no podremos menos de volver nuestras
miradas de reconocimiento hacia ellos, y penetrarnos
sobre todo del más religioso respeto para con la
Providencia especial que tan visiblemente nos
protege. ¡Honor y homenaje eterno al 12 de febrero!
Modo de escribir la historia. Es fuerza decir que
aunque el señor Chacón, al principio de su artículo
primero, se ha propuesto fijar la cuestión (que, a
nuestro juicio, bien clara estaba), nos parece más
bien haberla sacado de sus quicios. La comisión,
después de haber dado los debidos elogios al
Bosquejo Histórico, dice que carece de suficientes
datos para aceptar el juicio del autor sobre el
carácter y tendencias de los partidos que figuraron
en la revolución chilena. Juzga con sobrada razón
que sin tener a la vista un cuadro en donde
aparezcan de bulto los sucesos, las personas y todo
el tren material de la historia, el trazar
lineamientos generales tiene el inconveniente de dar
mucha cabida a teorías y desfigurar en parte la
verdad; inconveniente, añade, de todas las obras que
no suministran todos los antecedentes de que el
autor se ha servido para formar sus juicios. Y se
siente inclinado a desear que se emprendan antes de
todo los trabajos destinados a poner en claro los
hechos: "la teoría que ilustra esos hechos vendrá en
seguida, andando con paso firme sobre un terreno
conocido.
No se trata pues de saber si el método ad probandum,
como lo llama el señor Chacón, es bueno o malo en sí
mismo; ni sobre si el método ad narrandum,
absolutamente hablando, es preferible al otro: se
trata sólo de saber si el método ad probandum, o más
claro, el método que investiga el íntimo espíritu de
los hechos de un pueblo, la idea que expresan, el
porvenir a que caminan, es oportuno relativamente al
estado actual de la historia de Chile independiente,
que está por escribir, porque de ella no han salido
a luz todavía más que unos pocos ensayos, que distan
mucho de formar un todo completo; y ni aun agotan
los objetos parciales a que se contraen. ¿Por cuál
de los dos métodos deberá principiarse para escribir
nuestra historia? ¿Por el que suministra los
antecedentes o por el que deduce las consecuencias?
¿Por el que aclara los hechos, o por el que los
comenta y resume? La comisión ha creído que por el
primero. ¿Ha tenido o no fundamento para pensar así?
Esta y no otra es la cuestión que ha debido fijarse.
Cada uno de los métodos tiene su lugar; cada uno es
bueno a su tiempo; y también hay tiempos en que,
según el juicio o talento del escritor, puede
emplearse el uno o el otro. La cuestión es puramente
de orden, de conveniencia relativa. Sentado esto, es
fácil ver que la cita de Barante, en que se apoya
como decisiva el señor Chacón, no toca el punto que
se discute. Barante, a presencia de los grandes
trabajos históricos de sus contemporáneos, dice que
ninguna dirección es exclusiva, ningún método
obligatorio. Lo mismo decimos nosotros poniéndonos
en el punto de vista en que se coloca Barante.
Cuando el público está en posesión de una masa
inmensa de documentos y de historias, puede muy bien
el historiador que emprende un nuevo trabajo sobre
esos documentos e historias adoptar o el método del
encadenamiento filosófico, según lo ha hecho Guizot
en su Historia de la Civilización, o el método de la
narrativa pintoresca, como el de Agustín Thierry con
su Historia de la Conquista de Inglaterra por los
Normandos. Pero cuando la historia de un país no
existe, sino en documentos incompletos, esparcidos,
en tradiciones vagas, que es preciso compulsar y
juzgar, el método narrativo es obligado. Cite el que
lo niegue una sola historia general o especial que
no haya principiado así. Pero hay más:
Barante mismo en el punto de vista en que se coloca
no disimula su preferencia de la filosofía que
resalta como espontáneamente de los sucesos,
referidos en su integridad y con sus colores
nativos, a la que se presenta con el carácter de
teoría o sistema exprofeso; que siempre induce
cierto temor de que involuntariamente se violente la
historia para ajustarla a un tipo preconstituido,
que, según la expresión de Cousin, la adultere.
Véase la prefación de Barante a su Historia de los
Duques de Borgoña, y véase sobre todo esa historia
misma, que es un tejido admirable de testimonios
originales, sin la menor pretensión filosófica.
No
es nuestro ánimo decir que entre los dos métodos que
podemos llamar narrativo y filosófico haya o deba
haber una separación absoluta. Lo que hay es que la
filosofía que en el primero va envuelta en la
narrativa y rara vez se presenta de frente, en el
segundo es la parte principal a que están
subordinados los hechos, que no se tocan ni se
explayan, sino en cuanto conviene para manifestar el
encadenamiento de causas y efectos, su espíritu y
tendencias.
Cabe entre ambos una infinidad de matices y de
medias tintas, de que no sería difícil dar ejemplos
en los historiadores modernos. El juicio de la
comisión no es exclusivo, ni su preferencia
absoluta. No hay más que leer su informe, para
convencernos de que los argumentos aducidos por el
autor del Prólogo son inconducentes: impugnan lo que
nadie ha dicho ni pensado. La comisión no ha emitido
fallo alguno sobre cuestión alguna que tenga
divididas las opiniones del mundo literario, como se
supone.
Ha deseado ni aun tanto. .se ha sentido inclinada a
desear que se nos ponga en posesión de las premisas
antes de sacar las consecuencias; del texto, antes
que de los comentarios; de los pormenores antes de
condensarlos en generalidades. Es imposible enunciar
con más modestia un juicio más conforme a la
experiencia del mundo científico y a la doctrina de
los autores célebres que han escrito de propósito
sobre la ciencia histórica.
Y
más diremos: dado que el punto fuese cuestionable,
la comisión, declarándose por una de las opiniones
controvertidas, no hubiera hecho más que poner en
ejercicio un derecho que los fueros de la república
literaria franquean a todos. ¿Por ventura no es
lícito a todo el que quiera hacer uso de su
entendimiento elegir entre dos opiniones contrarias
la que le parezca más razonable y fundada? ¿Y es el
campeón de la libertad literaria el que nos impone
la obligación de suspender nuestro juicio sobre toda
cuestión debatida, y de no emitir otras ideas que
las que llevan el imprimátur de la aprobación
universal?
El
señor Chacón nos da una reseña del origen y
progresos de la historia en Europa desde las
cruzadas; reseña gratuita para el asunto de que se
trata, y no del todo exacta. En ella se principia
por Froissart; y se le hace encabezar la serie de
cronistas "que en los siglos XII y XIII mezclaron la
historia y la fábula, los romances de Carlomagno y
de Arturo con los hechos de la caballería". El señor
Chacón olvida que Froissart floreció en el siglo XIV,
y parece ignorar que los romances de Carlomagno y de
Arturo habían empezado a contaminar la historia
algún tiempo antes de la primera cruzada. A juzgar
por esta reseña, pudiera creerse que en el primer
período de la lengua francesa (que propiamente no es
la lengua de los trovadores) faltaron historiadores
verídicos, testigos de vista de los sucesos mismos
de las cruzada, como Villehardouin yJoinville. Como
quiera que sea, se hace desfilar a nuestra vista una
procesión de cronistas, historiadores y filósofos de
la historia, que principia en Froissart y acaba en
Hallam. "¿Y se quiere" (se nos pregunta) "que
nosotros retrogrademos; se quiere que cerremos los
ojos a la luz que nos viene de Europa; que no nos
aprovechemos de los progresos que en la ciencia
histórica ha hecho la civilización europea, como lo
hacemos en las demás artes y ciencias que se nos
transmiten, sino que debemos andar el mismo camino
desde la crónica hasta la filosofía de la
historia?"No es difícil responder a este
interrogatorio. Mal puede retroceder elque no ha
hecho más que poner los pies en el camino. No
pedimos que se escriban otra vez las crónicas de
Francia: ¿qué retroceso cabe en hacer la historia de
Chile, que no está hecha; para que ejecutado este
trabajo venga la filosofía a darnos la idea de cada
personaje y de cada hecho histórico (de los nuestros
se entiende), andando con paso firme sobre un
terreno conocido? ¿Hemos de ir a buscar nuestra
historia en Froissart, o en Comines, o en Mizeray, o
en Sismondi? El verdadero movimiento retrógrado
consistiría en principiar por donde los europeos han
acabado. Suponer que se quiere que cerremos los ojos
a la luz que nos viene de Europa, es pura
declamación. Nadie ha pensado en eso. Lo que se
quiere es que abramos bien los ojos a ella, y que no
imaginemos encontrar en ella lo que no hay, ni puede
haber. Leamos, estudiemos las historias europeas;
contemplemos de hito en hito el espectáculo
particular que cada una de ellas desenvuelve y
resume; aceptemos los ejemplos, las lecciones que
contienen, que es tal vez en lo que menos se piensa:
sírvannos también de modelo y de guía para nuestros
trabajos históricos. ¿Podemos hallar en ellas a
Chile, con sus accidentes, su fisonomía
característica? Pues esos accidentes, esa fisonomía
es lo que debe retratar el historiador de Chile,
cualquiera de los dos métodos que adopte. Ábranse
las obras célebres dictadas por la filosofía de la
historia. ¿Nos dan ellas la filosofía de la historia
de la humanidad? La nación chilena no es la ]
humanidad en abstracto; es la humanidad bajo ciertas
formas especiales; tan especiales como los montes,
valles y ríos de Chile; como sus plantas y animales;
como las razas de sus habitantes; como las
circunstancias morales y políticas en que nuestra
sociedad ha nacido y se desarrolla ¿Nos dan esas
obras la filosofía de la historia de un pueblo, de
una época? ¿De la Inglaterra bajo la conquista de
los normandos, de la España bajo la dominación
sarracena, de la Francia bajo su memorable
revolución? Nada más interesante, ni más
instructivo. Pero no olvidemos que el hombre chileno
de la Independencia, el hombre que sirve de asunto a
nuestra historia y nuestra filosofía peculiar, no es
el hombre francés, ni el anglosajón, ni el normando,
ni el godo, ni el árabe. Tiene su espíritu propio,
sus facciones propias, sus instintos peculiares. Sea
en hora buena culpa nuestra haber encontrado
inconsecuencia u oscuridad en ciertos pasajes del
Prólogo. A la verdad, no dejó de ocurrirnos la clave
con que en el artículo primero del señor Chacón se
ha tratado de conciliarlos. Pero la idea nos pareció
demasiado repugnante al sentido común para
atribuírsela. Ello es que ni aun ahora nos atrevemos
a imputársela, y preferimos creer que (por culpa
nuestra seguramente) no hemos acabado de entenderle.
Pedimos perdón a nuestros lectores. Hemos prolongado
fastidiosamente la defensa de una verdad, de un
principio evidente, y para muchos trivial. Pero
deseábamos hablar a los jóvenes. Nuestra juventud ha
tomado con ansia el estudio de la historia; acabamos
de ver pruebas brillantes de sus adelantamientos en
ella; y quisiéramos que se penetrase bien de la
verdadera misión de la historia para estudiarla con
fruto. Quisiéramos sobre todo precaverla de una
servilidad excesiva a la ciencia de la civilizada
Europa. Es una especie de fatalidad la que subyuga
las naciones que empiezan a las que las han
precedido. Grecia avasalló a Roma; Grecia y Roma a
los pueblos modernos de Europa, cuando en ésta se
restauraron las letras; y nosotros somos ahora
arrastrados más allá de lo justo por la influencia
de la Europa, a quien, al mismo tiempo que nos
aprovechamos de sus luces, debiéramos imitar en la
independencia del pensamiento. Muy poco tiempo hace
que los poetas de Europa recurrían a la historia
pagana en busca de imágenes, e invocaban a las musas
en quienes ellos ni nadie creía; un amante desdeñado
dirigía devotas plegarias a Venus para que ablandase
el corazón de su querida.
Esta era una especie de solidaridad poética
semejante a la que el señor Chacón parece desear en
la historia. Es preciso además no dar demasiado
valor a nomenclaturas filosóficas; generalizaciones
que dicen poco o nada por sí mismas al que no ha
contemplado la naturaleza viviente en las pinturas
de la historia, y, si ser puede, en los
historiadores primitivos y originales. No hablamos
aquí de nuestra historia solamente, sino de todas.
!Jóvenes chilenos! aprended a juzgar por vosotros
mismos; aspirad a la independencia del pensamiento.
Bebed en las fuentes; a lo menos en los raudales más
cercanos a ellas. El lenguaje mismo de los
historiadores originales, sus ideas, hasta sus
preocupaciones y sus leyendas fabulosas, son una
parte de la historia, y no la menos instructiva y
verídica. ¿Queréis, por ejemplo, saber qué cosa fue
el descubrimiento y conquista de América? Leed el
diario de Colón, las cartas de Pedro de Valdivia,
las de Hernán Cortés. Bernal Díaz os dirá mucho más
que Solís y que Robertson. Interrogad a cada
civilización en sus obras; pedid a cada historiador
sus garantías. Esa es la primera filosofía que
debemos aprender de la Europa. Nuestra civilización
será también juzgada por sus obras; y si se la ve
copiar servilmente a la europea aun en lo que ésta
no tiene de aplicable, ¿cuál será el juicio que
formará de nosotros, un Michelet, un Guizot? Dirán:
la América no ha sacudido aún sus cadenas; se
arrastra sobre nuestras huellas con los ojos
vendados; no respira en sus obras un pensamiento
propio, nada original, nada característico; remeda
las formas de nuestra filosofía, y no se apropia su
espíritu. Su civilización es una planta exótica que
no ha chupado todavía sus jugos a la tierra que la
sostiene. Una observación más y concluimos. Lo que
se llama filosofía de la historia, es una ciencia
que está en mantillas. Si hemos de juzgarla por el
programa de Cousin, apenas ha dado los primeros
pasos en su vasta carrera. Ella es todavía una
ciencia fluctuante; la fe de un siglo es el anatema
del siguiente; los especuladores del siglo XIX han
desmentido a los del siglo XVIII; las ideas del más
elevado de todos éstos, Montesquieu, no se aceptan
ya sino con muchas restricciones. ¿Se ha llegado al
último término? La posteridad lo dirá. Ella es
todavía una palestra en que luchan los partidos: ¿a
cuál de ellos quedará definitivamente el triunfo? La
ciencia, como la naturaleza, se alimenta de ruinas,
y mientras los sistemas nacen y crecen y se
marchitan y mueren, ella se levanta lozana y florida
sobre sus despojos, y mantiene una juventud eterna.