La pintura del dominicano Alonso Cuevas se hizo
notoria a mediado de los años setenta y continuó siendo un puntal de
referencia para críticos y artistas durante toda la década siguiente
cuando el artista residía en Madrid. Cuevas pertenecía al llamado Grupo
de los 7, junto a Alberto Ulloa,
Manuel Montilla, Kuma, y
otros de su generación que no alcanzaron igual brillo.
De espíritu apacible y reflexivo, la pintura de Alonso Cuevas es una
que busca la magia y el origen en la materia misma de las cosas, como si
de esa materia fuera posible extraer las energías secretas que mueven el
mundo. Desde este presente temporal y desde ese silencioso ángulo, el
objeto ejerce su autoridad, su dominio, e influye poderosamente en la
vida. Esta visión particular de la pintura de Cuevas le ganó una
merecida atención y prestigio, porque además, Cuevas nunca comercializó
excesivamente su trabajo ni lo hizo descender a los niveles de la
decoración agradable y esteticista predominantes en el medio.
Pero plásticamente, la pintura de Cuevas tiene valores inestimables.
En Cuevas se dan los signos del paisaje como un dato visual, como una
estructura horizontal básica sobre la que aparecen detalles geológicos,
restos de civilizaciones antiguas y olvidadas, o simplemente accidentes
del terreno. No es por tanto el paisaje tradicional, sino el
informalista, cargado de elementos premonitorios. El color confiere a
estos paisajes una dimensión insospechada.
Tan cercano a la abstracción como a la figuración, no sabemos si un
promontorio nos conduce a la llanura de un mapa geodésico o si se trata
de alguna forma visceral que surge de pronto, como resultado de una
visión microscópica de la vida y del mundo.
Cuevas celebra esa ambivalencia, esa ambigüedad, esa dislocación ese
ilogismo de la existencia. A veces, Alonso Cuevas permite que un empaste
grueso y rico se superponga a otros de tonalidades semejantes, y
convierta sus lienzos en una intrincada urdimbre visual que es preciso
destejer y desenmarañar para adentrarse poco a poco en su mundo que
señala, con indicios y pequeños signos, el destino del hombre.
FERNANDO UREÑA RIB