Un acercamiento a la joven ganadora del
primer lugar en la categoría libre de la recién finalizada III
BIenal de Arte Paiz.
Ella es un ser interesada
por el juego, por el redescubrimiento de lo “sencillo” como un
estilo de vida. Ella, Alexia, nacida de la danza y adoptada por
muchas artes, ganó recientemente 2 mil dólares en la Bienal de
Arte Paiz y siguió demostrándose muchas de las cosas que un día
decidió seguir.
Estudió danza en la Escuela Nacional Morena
Celarié. En 1996 decidió estudiar Letras y Filosofía en México,
pero el devenir de esa nueva vida le refirió el gusto por todas
las artes, por las instalaciones, por el teatro. “Hice mi propia
carrera, metí materias que no debía y al final egresé de
Humanidades, no de Letras”, dice, sonriente.
Regresó con pareja e hijos y se interesó pronto
por la pedagogía: actualmente, da clases en la Fundación Teletón
pro Rehabilitación (FUNTER). De ese contacto con la educación
con los chicos y del hecho de convertirse en madre le sobrevino
el cambio inmenso hacia lo lúdico. “Me encanta jugar,
evolucionar hacia un estado sencillo, que es un factor que se ha
perdido por estar bastante predeterminada nuestra vida, con
reglas y demás.”
De calidades y otros discursos
Roberto Huezo, laureado pintor nacional, fue
jurado de la bienal. Al ser cuestionado sobre los discursos de
los ganadores, se refirió a Alexia y al entorno: “Ella bien pudo
haber concursado como artista invitada, por la calidad que
posee”, dijo, y se refirió a las tendencias de las artes que
ella y los demás ganadores promulgan: “Son parte de una
generación ya establecida, con discursos similares”. Igualmente
los considera así Armando Solís, otro artista consagrado en
nuestra cultura, pero hace la crítica: “El tipo de arte que
practican (las instalaciones, los performances) es efímero: lo
ponen y lo quitan. Pero la pintura (en su sentido estricto) no
lo es, sobrevive y es eterna”.
Alexia efectúa performances (muestras que se
basan en un concepto y que lo presentan con diversos géneros del
arte pictórico o escultórico), pero, contrario a lo que piensan
sus colegas ganadores, la violencia no es su musa: “Mi principal
inspiración soy yo, mis cambios, mi maternidad. En mi motor de
creatividad constantemente me expongo a mí misma a múltiples
situaciones de la vida, emocionales, espirituales y de
pensamientos (crisis, catarsis, encuentros de soledad y
contemplación)”.
“Yo soy mi musa”
Alexia Miranda se ha sentado con las piernas
cruzadas sobre una de sus pinturas. Esta es deplegable y abarca
varias realidades a partir de cómo se la coloque.
Adentro, su última hija duerme, y una mesita en
donde hay recortes y dibujos (recordemos, ella es maestra en
FUNTER) nos observa, tranquila.
Un columpio de mimbre, fabricado en Nahuizalco,
nos observa coqueto mientras ella muestra dibujos que hace junto
a “un grupo” de amigos, quienes juntos pagan a una modelo.
Ganó el primer premio de categoría libre en la
Bienal de Arte Paiz, vive en una zona en donde el bullicio de la
ciudad es poco perceptible (“pero hay un templo cristiano que
hace un bullón”, dice) y su casa es, como la de muchos artistas,
una pequeña galería de su obra. Es Alexia, la instaladora, la
creadora de performances... la profesora de niños con
capacidades especiales en FUNTER.
¿Cuál es su percepción sobre tomar tanto el
tema de la violencia en las obras de tus contemporáneos?
Es que hay cuestiones que uno no puede dejar
pasar. Yo los respeto; sin embargo, lo mío es jugar bastante con
mi cuerpo, con mis cambios y con lo que representa mi vida. Es
como que si yo fuera mi musa de verdad, y creo que lo soy.
Hábleme de los discursos de su obra.
(Lo piensa unos segundos) intento buscar lo
lúdico, las experiencias humanas. En mi vida, los cambios han
dado giros tremendos a mi manera de percibir el mundo, como
cuando me convertí en madre. Un día antes de dar a luz a mi
último bebé, le dije a mi marido que me tomara unas fotos con la
panza pintada, fue hermoso. Mis discursos son esos, tienen que
ver con el juego, con mis cambios...
¿Pero por qué tanto el juego si...?
(Interrumpe) es que hemos perdido la sencillez,
esa emoción tan primaria. Hemos perdido el asombro, apreciar el
mero gesto de mirar a alguien cuando dobla en una esquina,
saludar... Es tan bonito que nos respetáramos, pero que
igualmente pudiéramos hacer lo que quisiéramos y como
quisiéramos.
Sé que tiene una obra que critica reglas, y
ahora me dice esta cuestión. ¿No le parece que sin reglas habría
desorden?
Es que no digo que deba dejar de haber reglas,
una estructura, en eso no estoy en desacuerdo. Lo que planteo es
que haya cierta libertad de movimiento, de no seguir un rumbo,
de ser más sencillos y libres.
Usted plantea cuestiones bastante
existenciales en sus obras, crítica los tipos de sistemas,
aunque no lo haga directamente.
Yo creo que es importante cuando uno se
construye su “yo irresuelto” a través de eso “otro” del ser
amado, el vecino, el sistema, el mundo, etc., y que sin una
constante experimentación de nosotros mismos en este ejercicio o
proceso de vivir la experiencia artística queda reducida a una
forzada imitación conceptual del proceso artístico orgánicamente
gestado digerido y transgredido por otros.
¿Qué opinión le merece la relación entre el
mercado y las propuestas culturales? A muchos jóvenes artistas
les va bien con la empresa privada.
Pues sí, pero creo que en mi caso particular,
las cosas no son tan así. Yo no voy a hacer un cuadro por
encargo, no soy decoradora. Ya si alguien viene y quiere comprar
mi obra, pues bienvenido sea, pero no lo hago porque quiera
vender.