Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

Fernando
UREÑA RIB

 

 

 

CUENTOS

 

RELATOS DOMINICANOS

 

LA PORTEÑA

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

La Porteña, Buenos Aires, Argentina, Tango y Milonga en San Telmo

 

 

Ayer tarde, poco después de las dos, limpié de toda posible migaja una prosaica bolsa de plástico y, con toda la intención de devolverlos, coloqué en ella aquellos libros de Jacques Lacan que tomé prestados de la Biblioteca hace unos meses. Para no olvidarlos de nuevo enganché la funda repleta ahí, justo en ese manubrio de bronce de mi puerta, donde los he vuelto a colgar esta mañana.

El pesado manubrio bien podría ser una pieza de colección de un imaginario Museo del Kitsch. Lo compré en un mercado de pulgas en Moldavia y luego no sabía qué hacer con él. Tiene forma de puño, con manga y gemelos, y un índice acusador que me sirve para colgar las llaves o para poner allí algún recordatorio. Debido al intenso calor que proviene del mar o de los arenales, me vestí ligeramente y puse suficiente dinero en mis bolsillos pues sabía que habría de pagar a la Bibliotecaria (con una mezcla de dolor y placer) los recargos correspondientes.

No me importaba. Habían sido muchas las horas en que olvidaba las pesadas cargas de mi soledad en la playa o sentado en un andén del puerto, tratando de dilucidar aquella oscura madeja de palabras y de adentrarme en la no siempre lúcida sicología del psicoanalista. Creo que debo aclarar esa declaración que podría parecer presuntuosa: Después de leer la interpretación que Lacan hace de Freud se requiere que uno relea a Freud (tan eficaz y luminoso) para a su vez conciliarlo con las tortuosas interpretaciones de Lacan a las cuales es preciso volver a referirnos una vez releído Freud, lo cual solo confirma la verdad de los ‘círculos viciosos’ de que hablaba Freud y que en mi opinión no son otros que aquellas ‘eternas recurrencias’ de Nietzsche.

Una enredadera de llamadas telefónicas (entre ellas una obscena) me impidió salir hasta pasadas las tres. En uno de los andenes del puerto, camino de la Biblioteca, descubrí una fonda de pescadores y marinos, desierta a aquella hora. A pesar del olor acre de sardinas y de orines que me asaltó en la puerta decidí entrar y tomar un refrigerio. Escuché unas milongas y fue entonces cuando recordé haber oído que suelen tener allí una buena bodega de vinos traídos de contrabando. Me ajusté con las liguillas negras mis pequeños lentes ovales para lectura (que me aportan un cierto aire distante e intelectual) y me dispuse a dar una última ojeada a Lacan, como para derrumbar, consolidar o adoptar definitivamente sus oscuros criterios sobre la libido, el delirio y el narcisismo.

Era esa hora vaga e indefinida antes del atardecer en la que el día no resulta ser ni una cosa ni la otra y que los ingleses aprovechan para tomar el té. Pero el té en estas altas temperaturas no se justificaba. Aunque no solía beber solo, desde hace ya unos meses la soledad era precisamente mi excusa para acercarme sigilosamente a una taberna y escurrir unas cuantas copas. Pedí un tinto que no tardó en traerme un señor bajo, calvo y de bigotes que trajinaba en el trasfondo, con camiseta y vozarrón de anunciador de partidos de fútbol. Recubierto de plástico transparente, el mantel de tela a cuadros rojos y blancos de la fonda me producía reverberaciones ópticas que dificultaban la lectura, situación que se agravaba con una repulsiva sensación de desaseo, al pegárseme el plástico a la piel del antebrazo, como si fuera la viscosa gelatina del pescado o la albúmina del huevo. Protesté. Pedí que enviaran la muchacha de inmediato a limpiar concienzudamente el mantel que interfería físicamente en mi comprensión de los textos.

Ella no tardó en llegar con un paño húmedo y mirando por encima de mi hombro preguntó: "¿Lacan? ¿Vos leés a Lacan?" Ni a mí me fue posible disimular el asombro que me causó su pregunta ni a ella su típico acento porteño. "¿Sos profesor?" Siempre me pareció que más que un acento, aquellas argentinas inflexiones de la voz, revelaban una actitud extravagante que quizás no era otra cosa que un reprimido orgullo o una mezcla de autocomplacencia y quejido. Eran una manera de percibir el mundo y como ocurre en el tango (y hasta en ciertas regiones del hipotálamo) exageraban ampulosamente el dolor y el placer. Pero esta joven, a pesar del fuerte acento, no sonaba petulante ni arrogante, como general y ligeramente suele pensarse de los argentinos. "Estudiante." Mentí luego de algún titubeo, suponiendo que aquello me acercaba estratégicamente a la edad de la atractiva mujer que ahora aparecía justo frente a mí con su boca rosada, su frente despejada y los ojos claros, luminosos, que se quedaron fijos en los míos durante una ínfima fracción de tiempo que bastó para establecer una conexión inmediata, una complicidad.

" ¿Otra copa de vino? Esperá que ya vuelvo." Se alejó por el estrecho corredor entre las mesas. Era alta, espigada, de belleza contundente. La falda breve revelaba unas piernas firmes y trabajadas, robustas desde el calcañar hasta las pantorrillas, como las de las bailarinas. Hubiese querido que se quedase allí un instante, detenida, aunque sin dejar de mover así las caderas que se cimbreaban resueltamente al ritmo de una milonga. Por algún momento permanecí ensimismado o ausente recreándome en el dulce placer de la contemplación de esa gracia femenina que todo lo cambia, que te atrapa y no te suelta, como las amarras de ciertos barcos. Se sabía hermosa y observada de modo que andaba casi con la ostentación y la insolencia de quien se cree en posesión del mundo. Sentí un calor o un delirio que en ese instante no era posible atribuir solo al vino. Aun dentro de mi ofuscación momentánea me resultaba evidente que esa chica no pertenecía a aquel lugar.

Me trajo otra copa de vino y luego volvió con aire triunfante y un extenso manuscrito. Era un estudio comparado sobre Freud y Lacan que ella dijo preparar diligentemente para su tesis en la Universidad. Fui hosco: "No me gusta Lacan, " le dije, "lo detesto. " Ella protestó: "¿Por qué decís tal cosa? ¿Y por qué lo leés si no te gusta? Andás con por lo menos siete libros de Lacan. " "Verás", dije. "Él afirma que el amor es una forma de suicidio, por ejemplo, y no estoy de acuerdo con esa insistencia suya en comparar el amor y la muerte." Al decirlo noté una extraña afectación en mi propia voz. La ye de suya no era la mía. "Mirá. El acento porteño se contagia como la mala suerte, " notó ella riendo. Imitando deliberadamente su manera de hablar le pedí una tercera copa de vino y dije con picardía: "¿Me acompañás? Detesto beber solo." Ella me advirtió que no le era permitido alternar con los clientes, pero que su turno se agotaba a las cinco y que tendría un par de horas libres. Nos sentaríamos en algún lugar a discutir los problemas entre Lacan y Freud.

Al abandonar el establecimiento oímos las maldiciones del anunciador de fútbol, ella rió de nuevo y como conocía mejor el área me dejé guiar por su auspicio. Caminamos largo rato. Me dijo que estaba muy cansada de aquel trabajo fastidioso, que exigía permanecer largas y dolorosas horas de pie, lidiando con marineros necios, de manos atrevidas. Como quien se habla a sí misma para convencerse de la validez de una decisión tomada previamente, explicó que las únicas conveniencias de aquel trabajo eran el parentesco con su cuñado ( el hincha del Buenos Aires) y la cercanía del pequeño apartamento donde vivía sola, a unos cuatrocientos metros.

Hacía calor. Nos sentamos en una barcaza abandonada, ya cerca de los arenales y de la playa. Según ella este era su lugar favorito por lo espectacular del crepúsculo que se veía desde allí. El puerto quedó atrás y se veía desolado. No sé si por el salitre del mar, por el rumor de las aguas o por el graznar de los alcatraces y las gaviotas, sentí que desde esa perspectiva el sol, la ciudad y el mundo se hundían en la lejanía. Éramos ella y yo solos y unidos como si nos perteneciéramos desde la eternidad. Habló de lo providencial y del destino (noto que las mujeres no pueden evitar hablar sobre el destino) y de lo feliz y significativo de nuestro encuentro. «Nada es coincidencial ni fortuito. Todos los hechos del mundo se relacionan y ocurren por una razón particular», me dijo contemplando el horizonte que la humedad hacía brumoso.

Ella sacó de un bolso de hilo amarillo su manuscrito, una botella de vino, un descorchador y dos copas que yo me ocupé en llenar. Era un buen tinto, de Mendoza. Poseía un aroma sensual, casi corpórea. Mientras ella leía observé lo hermosos que eran sus pies descalzos: el arco leve, los talones enrojecidos, los dedos alargados... Notó que la miraba y Splash! Metió los pies en el agua y siguió leyendo: "si bien Freud afirma que todo deseo es sexual, Lacan va mas lejos..." Me quedé contemplando la manera en que nuestras imágenes se deshacían y se rehacían en el vaivén del agua.

El sol parecía una torta de maíz o una rojiza e inmensa yema de huevo. Tendré hambre, me dije mientras ella leía: "...nadie sería capaz de negar la fuerza motivadora del deseo, ya que en el siglo primero San Pablo afirmaba que ‘ el deseo de la carne y el deseo de los ojos’ en lo que puede entenderse como principio de acción que..." La imagen reflejada de nuestros cuerpos en el agua se fundía con las últimas luces del atardecer. Sin darme cuenta mis pies estaban ahora también dentro del agua fresca y buscaron y encontraron los suyos. "...pero el deseo es una carencia del yo, una sustitución... ".

Se había mojado su falda con el jueguito ese de los pies y mis pantalones también estaban empapados. Me miró furtivamente y sus ojos (ahora intensos) volvieron rápidamente al texto que leyó distraída o mecánicamente, perdiendo casi su fuerte acento porteño: "...el amor envuelve pues una renuncia, una negación del yo." No recuerdo el instante preciso en que nuestros cuerpos se zambulleron en la profundidad del agua. Nadamos, jugamos, nos abandonamos y nos hundimos el uno en el otro.

Aunque nunca pregunté, por su lozanía y por la espontaneidad y arrojo de sus palabras y gestos diré que no tendría la muchacha más de 23 años. Es esa edad disyuntiva y determinante en que las mujeres suelen ser fervientes, resueltas, sabiendo lo que quieren, tornándose osadas y absolutamente poderosas. Nos reímos y me miró fijamente, como buscando algo. Sus ojos claros eran inevitables. Sentí frío. Un puñal hondo y placentero atravesaba mi pecho. Nos miramos largo rato, en silencio. A su mirada asomaron preguntas que yo adiviné y respondí con abrazos que ahuyentaron sus dudas.

Como había mencionado su apartamento no estaba lejos. Subimos y nos secamos. Era un piso pequeño al final de unas escaleras interminables. Estaba organizado, nítido. Con ungüento de aceite de tortuga le di un masaje a sus pies adoloridos por la larga jornada. Comimos algo improvisado, discutimos, peleamos, y exploramos sobre el terreno las sutiles alegaciones freudianas sobre el deseo y el sueño en un diálogo que, no sé si por la influencia del vino o de los masajes, se había hecho gradualmente apasionado, incontrolable, intenso, tierno, apasionado... apasionado.

Inferí que la suposición lacaniana de que el amor es un acto narcisista era no solo contradictoria sino inexcusable. Ella reprochó: "¡O buscás el yo en el otro o no amás! Es simplícimo. La única razón por la que uno ama a otros es porque uno se ama a sí mismo.

Terminamos el vino y la noche como náufragos felices. Tomamos mate y arropamos nuestra desnudez en unas cálidas frazadas de cuadros blancos y rojos cuyas reverberaciones cromáticas no alteraron en lo mas mínimo mi grata percepción de aquella beatitud, de aquel inesperado regalo de la vida, pero sí la de mi sueño:

Un reloj desproporcionado machacaba dolorosamente cada segundo. El amor era un tablero de ajedrez enorme como el escenario de un teatro, con espectadores en derredor y solo ella y yo, el rey y la reina, éramos las fichas vivientes en aquel campo de batalla. La angustia del sueño consistía en que debíamos transformarnos después de cada movida; siendo alternada y sucesivamente peón o alfil o caballo o torre o dama como sucede en el trayecto de una vida. Mi angustia aumentaba por la presión del sonido del reloj y la rapidez con que era preciso cambiar de indumentaria. Sin darnos cuenta el tablero se convirtió en escalones gigantes (como en las absurdas perspectivas de Eyscher) por los cuales debíamos subir o bajar sin que volviéramos a encontrarnos. Al despertar, no sé por qué, Lacan empezó a parecerme razonable.

Regresé esta mañana a casa invadido de sus olores y del placentero recuerdo de su presencia. Su cantar porteño adorna hoy cada palabra que pienso. Siento el vaivén de sus ecos. Pero me siento drenado, aniquilado, exhausto. Me llamó a las dos. Dijo que tiene que volver a verme esta tarde, a las cinco. Ahora es ella quien ha empezado a dudar de Lacan, mientras yo finalmente empiezo a entender todo aquello del amor y la muerte, del suicidio, de la renuncia y de la negación. Me siento tan contagiado de Lacan como de la bendita joven porteña. Esta tarde, sin embargo, no dejaré que nada me distraiga en mi camino a la Biblioteca y prometo solemnemente entregar de una vez por todas esos malditos libros de Lacan que he vuelto a colocar en una bolsa que he limpiado cuidadosamente de todo vestigio de arena y que he colocado sobre el dedo acusador, del pesado manubrio de la puerta. 

 

Fernando Ureña Rib

 

 

 

Ureña Rib has seen his work exhibited around the World and holds a prominent position on the Art scene in his own country, but he admits to be particularly drawn to Montreal, which he visits annually. Renting a studio in the downtown Belgo Building, he immerses himself enthusiastically in the creative and diverse atmosphere of Montreal producing here his works.

FERNANDO URENA RIB

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Revisado: May 26, 2013
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