Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

 

 

ARTE ECUATORIANO

 

 

ANIBAL VILLACÍS

CAMILO EGAS

ENRIQUE TÁBARA

EDUARDO KINGMAN

ESTUARDO MALDONADO

JORGE ARTIEDA

LUIGI STORNAIOLO

MARIA VERÓNICA LEÓN

MARCELO AGUIRRE

OSWALDO VITERI

OSWALDO GUAYASAMÍN

VOROSHILOV BASANTE

 
 

 

UREÑA RIB

PICTÓRICA

ABSTRACCIONES

ALEGORÍAS

AMAZONAS

CRISÁLIDAS

DIBUJOS

FIGURACIONES

FORTUNA

IMÁGENES FULGURANTES

ONÍRICA

LITÚRGICA

LÚDICA

ORÁCULOS

OBRAS

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OTOÑO

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OCEÁNICA

ORGÁNICA

 

UREÑA RIB

CUENTOS

LA INICIACIÓN

CELAJES

MALENANORADA

EL NAHUAL

PULPO A LA GALLEGA

LA PORTEÑA

LA TOSCANA

LA PUTANA DE PERPIGNAN

LA TORRE VIGILADA

LA SOLUCIÓN EN EL OMBLIGO

LA VENUS DE TABOGA

VIENTOS DEL NORTE

LA VINDICACIÓN DE OMAR

EL ABRAZO

 

 

 

ARTE ECUATORIANO

 

EL VÉRTIGO DE LA PASIÓN

Voroshilov Bazante

 

 

 

          

 

LA PINTURA IMPULSIVA DEVOROSHILOV BAZANTE

 

El vértigo de la creación

Escribir sobre vida y obra de Voroshilov Bazante (Quito, 1939), con un lenguaje que no sea el de la pasión, sería, por lo menos, inauténtico. Para Bazante los poderes del arte y, por cierto, los de la vida, son sinónimo de pasión, y ésta, en su cota más empinada y tensa, no es sino expresión plástica en estado de pureza caótica: libertad desaforada, poesía.


El artista tuvo una niñez muy difícil, pero algo en la fibra más íntima de su ser (un ángel, un demonio, un espejo de obsidiana, de aquellos que nuestros antepasados usaban para afanarle la energía al sol), impidió que este período de su vida lo impregne de amarguras o flaquezas, al contrario, lo fraguó en el metal más altivo y tenaz, pero a la vez noble, generoso, sensible. Bazante, iconoclasta, apasionado, vehemente, capaz de armarse de una navaja de barbero y en plena inauguración de una Bienal solemne y acartonada, desgarrar su lienzo como símbolo acusatorio del oficialismo cultural, o zampar por los aires a un hombretón vacío y fatuo que osó mofarse de algunos de sus malabares, es también el mismo que convoca a los famélicos perros del vecindario para darles de comer de su mano.

Su padre, Atahualpa Bazante, militar renombrado, valeroso, bizarro, de ideales revolucionarios, lo llevó de un lado a otro por el país junto a su segunda esposa a quien, el artista, la creyó su madre durante largo tiempo. En la Base Militar de Galápagos, vio, fascinado, la saga filmográfica de Tom Mix y otros héroes legendarios del viejo oeste norteamericano. La figura del caballo que completaba la de estos íconos se le grabó para siempre.

Ella sería una de sus obsesiones. La ha hecho y deshecho -recuérdese su estupenda y extraña Disección de las formas de un caballo en la cabeza de toro, 1982-; la ha plasmado de mil y un maneras; la ha dotado de brío, frenesí, magia (Bazante pinta un caballo en cuarenta segundos, ¿para qué bocetar, por qué, si todos los temas que asume Bazante están coadunados a su propia sangre?); la ha amado hasta la extenuación, succionándole todo su encanto, fuerza, instintividad, grandeza. Actos tumultuosos de amor -como toda la obra Bazante- sus caballos únicos, irrepetibles, galopan en la intemporalidad.

Por 1947 residía en Tulcán. Un portaviandas que debía llevar a algún sitio por disposición de su madrastra se le cayó de las manos provocando un incidente familiar. La primera estampida de Bazante -no escape, no huida, la reciura irrefrenable de su temperamento no le da para acciones represadas en la medianía y esta impronta marca el itinerario de su arte, compulsivo, pujante, extremoso, cargado de presagios (Voroshilov se adelantó al Pop-Art, pero aquí generó sarcasmos a sus espaldas; a inicios de los ochenta incorporó postulaciones cibernéticas a su pintura y casi al mismo tiempo, planteaba simbologías propias del realismo maravilloso), sabiduría: entre los pintores de su generación no hallo para su abstracto no solo en Ecuador sino en América Latina.-

Por más de un año erró el futuro artista solo, ganándose la vida de limpiabotas o voceador de periódicos hasta que fue recogido por una familia norteña y llevado a una hacienda de su propiedad. Allí amó el paisaje, los ambientes bucólicos, los caballos, la hermosura de las campesinas.

En estos vastos espacios -sol, piedra, viento, agua- sintió por primera vez el deseo indetenible de cautivar de algún modo los prodigios que lo rodeaban: valles y montañas, la estampa del caballo (su libertad, su dignidad), el desnudo agreste de las campesinas que se bañaban en el río. Un día arreó un caballo con desmaño y el resultado fue la muerte de cuatro vaconas. Su segunda estampida. Bazante, trashumante empedernido, eufórico, alborotador, duende del arte y de la vida, ha pasado su tiempo yéndose -¿de él mismo?- de un lado a otro por los cinco continentes; jamás ha estado quieto, al punto de que en nuestra larga, irrevocable amistad, ha habido ocasiones en que, al despedirme de él, he preferido no volver la cara, sentía miedo de verlo difuminarse en el aire. Ahora, a sus sesenta y un años, parece, al fin, anclado en una casa de San Rafael, junto a su compañera, Raquel Camacho, artista también, y a su hija Valeria. "Me he evadido de los límites demasiado oscuros / Y no puedo volver/ He cubierto de sal los trazos de mi rostro / Busco en el sol / Busco en las tinieblas / Y busco en tu corazón un eco imposible..."

A Pasto fue a parar en esta nueva aventura Voroshilov y en ese lugar fue descubierto por su familia adoptiva. Después de arduas pesquisas lo devolvieron a su verdadera madre, en Ambato, mujer fuerte y talentosa, una de las primeras abogadas del país, quien se hizo cargo de su educación. Bazante concluyó la escuela pero a los doce años ganó un concurso de dibujo. A partir de allí a dibujar y pintar bajo una premisa que forja a los grandes: jugar, revelar todos los aspectos de su personalidad sin encerrarse en la celda de su inconsciente, sin temer a la libertad, ni siquiera a la posibilidad de liberarse de los apremios de su inconsciente.

Volatinero, burlador, escurridizo, Bazante dice sí a la angustia de crear, pero más, mucho más a su éxtasis. El ha jugado a pleno, ha echado hasta su último céntimo sobre la mesa para arruinarse o hacer saltar la banca, pero a sabiendas que iba a ser ganador. Por lo demás, un niño inquieto y prodigioso bullirá siempre en él, ahora mismo solo piensa en dónde y cómo adecuará su tren y sus barcos que nunca lo han abandonado -piezas maestras salidas de sus manos- en su nueva casa. "No es preciso ir más lejos / Las joyas han quedado presas en mí / Las mariposas negras del delirio / Remueven sin saberlo las cenizas del pasado...."

El pintor fue conocido en todos los colegios de Ambato, ninguno de ellos pudo lidiar con él. A los diecisiete años trabajó con ingenieros planos y dibujos técnicos y se vinculó al grupo de intelectuales más lúcidos de esa ciudad. Pero fue Méntor Mera quien más lo influyó. Hombre sabio, conocedor profundo de Marx, Lenin y de la gran literatura universal, lo inició en la lectura, otra de las pasiones de Bazante.

Ya había dibujado y pintado bastante. Apenas conoció que iba a realizarse una Bienal en Sao Paulo trabajó tres obras y vino a Quito para presentarlas a Benjamín Carrión, Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. No convenció al maestro el arte de Bazante y lo instó a que trabajara más. Irascible, Voroshilov, arrojó sus cuadros a un basural y retornó a Ambato pregonando que había sido aceptado. Solo él asumió íntegramente su fracaso, pero su avasallador coraje no se detuvo, siguió trabajando sin pausa. Oleos, telas, pinceles, tintas, cartulinas, corrían a cargo de su abuelo devenido en Mecenas.

Todo comienzo es difícil


La primera exposición individual de Bazante concitó interés pero también acerbas críticas: su figurativismo zozobraba en procesos dibujísticos deficientes. Pero en él había un artista, qué duda cabe, y, paralelo a sus viajes -de manera repentina, otra vez el sello de su ciclónico carácter, se convirtió en trotamundos- empezó a dibujar y pintar con mayor denuedo. Voló a Brasil, Bolivia, Colombia, España. En cada ciudad, en cada puerto, ejecutaba fulminantes paisajes o retratos que los vendía a buenos precios, pero, al margen de estos ejercicios, estudió, averiguó, ensayó, miró -mirar de verdad supone un arte, para acceder a él es preciso mirar mucho y comparar, Bazante pasaba días y noches en museos o talleres de pintores- y el resto del tiempo zahondaba en su oficio. Desasosiegos y vacilaciones lo atormentaban, pero su voluntad de superación es inextinguible.

El adiestramiento ardoroso y creador atraviesa la vida de Voroshilov y este le ha dado virtudes de profundidad. Todo en él ha convergido hacia el horizonte de una obra en crecimiento perpetuo. Instante a instante esa compleja urdimbre de dación absoluta al arte se ha cerrado más en su vida de trabajo, convirtiéndole en un maestro.

Entrega en cuerpo y alma a su obra, tomar y retomar a cada lienzo, a cada cartulina, a cada papel una meditación de su arte para que estos soportes sean la cabal expresión de su espíritu insondable, he allí el secreto del destino creador de Voroshilov Bazante. Y rodeándolo todo -o quizás conformado su esencialidad- su vitalismo exorbitante: perplejidades, saberes, exploraciones, desmesuras, recorridos subitáneos e intensos por todos los infinitos humanos.



TOMADO DEL DIARIO LA HORA, EL ECUADOR

 

 
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